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Domingo de Ramos, una fiesta poco duradera

OLIVE BRANCH
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Me rompo en mil pedazos buscando ser feliz

Siempre me impresiona la multitud de este domingo reunida a las puertas de Jerusalén. Una muchedumbre que aclama a Jesús:

“Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo. Los que iban delante y detrás gritaban: – Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David. ¡Hosanna en el cielo!”.

Al pensar en ellos me entra la curiosidad. ¿Quién se reuniría ese día para aclamar a Jesús? Imagino que sus discípulos. No sólo los doce, sino ese grupo más amplio de seguidores que acompañaban a Jesús. Hombres y mujeres.

Estarían su madre y los más cercanos. Imagino que también estarían los que habían sido curados por Jesús. Estaban agradecidos.

Sus amigos de Betania, Lázaro que hacía sólo unos días había vuelto a la vida. Tal vez algunos fariseos como Nicodemo o José de Arimatea que habían optado por reconocer a Jesús como Mesías y creían en Él. Tal vez habría otros que, entusiasmados con la resurrección de Lázaro, esperaban la liberación de Israel.

 

Jesús entra en Jerusalén montado en un borrico prestado: “Se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, y Jesús mandó a dos de sus discípulos, diciéndoles: – Id a la aldea de enfrente y, en cuanto entréis, encontraréis un borrico atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta por qué lo hacéis, contestadle: – El Señor lo necesita y lo devolverá pronto”.

Es la aparente victoria de un rey montado en un pollino. Es la pobreza de un rey que no entra con sus huestes montado a caballo. Entra humilde. No parece que vaya a cumplir las expectativas.

Muchos esperan ese día que Jesús establezca su reinado definitivo. No quieren oír hablar de derrotas, ni de fracasos. Han sufrido quizás ya muchos reveses en sus vidas. Ahora han apostado a caballo ganador.

Jesús no puede fallar. Ha hecho milagros prodigiosos. Lo último resucitar a un muerto. Alguien así no puede tener miedo a morir. Es invencible. Nunca será la muerte el final. No puede ser derrotado. ¿Cómo no creer en un líder tan poderoso?

El poder siempre atrae seguidores. Es muy goloso. Porque cuando tengo poder o estoy cerca del que lo tiene sé que puedo conseguir casi todo lo que deseo. Pierdo el miedo a la derrota. No puede fallar aquel en quien confío.

Arthur Ashe, jugador de tenis y ganador en Wimbledon, escribe cuando se está muriendo de sida: “¡Los dolores te mantienen humano! ¡El fracaso te mantiene humilde! Sólo la fe te mantiene en marcha. A veces no estas satisfecho con tu vida, mientras que muchas personas de este mundo sueñan con poder tener tu vida. Un niño en una granja ve un avión que le sobrevuela y sueña con volar. Pero, el piloto de ese avión, sobrevuela la granja y sueña con volver a casa. ¡Así es la vida! Disfruta la tuya”.

Muchas veces estoy descontento con lo que tengo. Y sueño con que venga alguien y lo cambie todo. Haga realidad mis sueños de grandeza y aleje de mí la enfermedad, la derrota, el fracaso.

Y cuando no ocurre así me lleno de rabia, de ira, de frustración. La ira no me hace bien. Me enferma por dentro. La rabia ante la frustración me hace infeliz. No siento que mi vida sea plena. Me comparo. Me lleno de rabia. Y no soy feliz con lo que tengo.

Por eso tantos se vuelven buscando en Jesús la esperanza para sus vidas. Por eso yo mismo me frustro y busco en otro lugar fuera de mí la salvación que espero. Y no tengo tanta fe en un Dios impotente montado en un pollino. Su debilidad me incomoda. Imposible que venza.

 

Hay alegría sincera el Domingo de Ramos: “Llevaron el borrico, le echaron encima sus mantos, y Jesús se montó”. Los que quieren a Jesús de verdad se alegran al verlo entrar aclamado.

Es la fe en el hombre que ha resucitado a un muerto. Es la alegría pasajera de un momento. Unos ramos, unos gritos de alabanza, una fiesta poco duradera. Pronto pasará la efusividad de ese día.

Los días siguientes hasta el jueves serán días normales. Por la mañana va al templo a predicar. Por las tardes va a orar al monte de los olivos. Por las noches regresa a Betania a descansar con los suyos. Del Templo al Monte. Del monte a Betania. Y de ahí de nuevo al pueblo, a dar la vida.

La tensión aumenta en Jerusalén. Hace días que planean su muerte. Pasa la euforia del domingo. Parece que Jesús no va a imponer su reino en medio de los hombres. Un reino definitivo que acabe con la opresión de los romanos, con la injusticia.

Tantos lo esperan. Jesús sólo echa a los mercaderes del templo. Y sigue predicando a la luz del día. ¿Hará algún milagro? Todo sigue su curso hasta esa cena el Jueves Santo. Llega la hora.

¿Dónde queda la alegría del domingo de ramos? Desaparecen lentamente la euforia y las expectativas. ¿Qué sentirá Judas que esperaba tanto de Jesús? ¿Frustración? ¿Miedo al fracaso?

Jesús no hace nada. No manifiesta su poder. No cambia nada. Todo parece demasiado normal. No hay novedades. Falta una alegría duradera que nada pueda alterar. Eso lo que yo quiero.

No me bastan las alegrías cortas. Son importantes, es verdad. Son gotas de agua que calman la sed un momento. Me gusta alegrarme con las cosas sencillas de la vida. Disfrutar de un encuentro. Sonreír ante una puesta de sol, al escuchar una canción, o unas palabras de apoyo.

Las alegrías sucedáneas no son la verdadera alegría, pero ayudan. Siempre y cuando no deje de aspirar a una alegría plena en Dios.

Decía el padre José Kentenich: “El hombre busca instintivamente profundas satisfacciones sucedáneas y, en la mayoría de los casos, se equivoca en su actuar”[2].

A veces busco la alegría en lugares equivocados. La busco fuera de mí y no dentro. Y me esclavizo, dejo de ser feliz. Me rompo en mil pedazos buscando ser feliz.

Quiero saborear las alegrías que la vida me da en domingos de ramos. Momentos de paz, de euforia pasajera. Tal vez por cosas pequeñas, o grandes. Pero si sólo me quedo ahí, y no profundizo, acabaré viviendo triste, con amargura, con frustración.

Del Domingo de Ramos quiero llegar al Domingo de Gloria. Una alegría plena que sólo Dios me da. Eso es lo que deseo. Acepto las alegrías pequeñas sólo como impulsos, como una ayuda. Pero no pongo mi corazón en ellas. Son pasajeras. Y al acabarse me dejan inquieto, incompleto, en búsqueda.

Quisiera que mi alegría plena estuviera anclada en Dios. Me quiero educar en una alegría sana. Las alegrías del camino son pequeñas flores que ayudan a caminar.

Pero el alma desea más. No se da por satisfecha con pequeños momentos de Domingo de Ramos. No bastan. Pero sí me ayudan a vivir.

Quiero comenzar la Semana Santa saboreando y agradeciendo mis ramos. Mis momentos pasajeros de paz y alegría. Esos momentos que deseo a veces que sean eternos. Como la entrada en Jerusalén. Pero pasan y mueren. Y permanece el vacío en el alma.

Quiero caminar con Jesús pasando por el Viernes Santo. Y sueño con que Dios me regale una alegría eterna. Una alegría plena que me llene el alma.

 

[1] Kentenich Reader Tomo 1: Encuentro con el Padre Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus

[2] J. Kentenich, Las fuentes de la alegría sacerdotal

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