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Cuando sufro y temo quiero ver a Jesús

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Cuando de verdad amo, lo demás poco importa

Quiero ver a Jesús. Quiero verlo en mi vida, en las dificultades, en las alegrías. Quiero verlo al rezar, al callar, al cantar.

Quiero encontrarme con Él en lo más cotidiano de mi camino. Cuando no logre saber el camino. Cuando crea que tengo certezas.

Quiero ver su rostro, sus manos, sus pies. Oír sus palabras con su voz clara. En mi alma, muy dentro.

Quiero ver su rostro y no siempre lo veo. A veces no me siento digno. Y me escondo con temor o pido que otros me lo muestren.

Tal vez temo su reacción al verme. Su ira o enfado con mis caídas. Cuando sepa todo lo que he hecho. O lo que he dejado de hacer por pereza, por desidia.

Y me alejo de los que creo que están más cerca de Jesús. Me da miedo su juicio y su condena. Yo creo que soy ciego y no veo a Jesús. Me cuesta ver su rostro, sus huellas en mis pasos.

Quiero amar tanto a Jesús que necesito verlo. Sí, ese amor cambiará mi vida. Me hará ciego para todo lo que no sea de Dios.

Decía el padre José Kentenich: En la medida en que amo a una persona, dejo de ver el valor de las demás cosas. Si tengo un apego interior muy profundo a Dios y Dios quiere que realice una tarea, ¡qué ciego me volveré entonces para todo aquello que no tenga que ver con esa tarea! Me esforzaré, y realmente de forma seria y esclarecida, por amar más, aunque sólo sea a través de un mayor anhelo. Si todavía no siento tanto afecto por Dios, quisiera tenerlo”[1].

Cuando de verdad amo, lo demás poco importa. Las cosas de verdad importantes serán las que cuenten en mi vida. Las otras no me importarán. Las de Dios tendrán más fuerza y dejarán mi alma llena de deseo.

Quiero ver a Dios. Quiero amarlo. Porque a veces siento que me detengo en todo lo que no es Él. Lo busco entre las piedras y me apego a la vida. Como si lo importante fuera lo accidental y no la esencia de las cosas.

Me preocupa lo que a todos les preocupa. Y me apasiona lo que al mundo le apasiona. Igual que a todos. ¡Qué pequeño es mi amor!

Pero en el fondo de mi alma quiero ver a Jesús. Quiero verlo en todo lo que hago. Ver su huella, su amor, su caricia, su mirada. Escuchar su voz que me dice que está a mi lado.

En el Jordán Dios lo reconoció como su hijo predilecto y escuchó esa misma voz desde el cielo. También sucedió en el monte Tabor cuando el futuro se cernía gris ante sus ojos.

De nuevo se escucha una voz del cielo cuando se acercan los días de la Pascua. Jesús va a morir, pero su Padre ya lo ha glorificado. Ya lo ha amado. Ya lo ha salvado. Esa voz de lo alto sostiene a Jesús en sus miedos.

Yo también quiero ver a Jesús y quiero oír la voz del cielo que me reconozca como su hijo amado. Quiero sentir su abrazo en medio de mis miedos.

Quiero saber que va conmigo cada día de mi vida. Levantando mis pies para que no tropiecen. Temo quedarme solo.

Me da miedo el sufrimiento, el mío y el de los míos. ¿Quién llorará mi partida? ¿Quién sentirá mi suerte?

No quiero tener miedo. Quiero ver su rostro que me asegure hacia dónde van mis pasos. Y que me diga que mi vida merece la pena y que mis esfuerzos tienen un sentido.

Mis miedos son menos cuando Dios me dice al oído que me ha elegido para siempre, que me ha amado desde el comienzo del camino. Me siento más seguro así.

Como si escuchara las mismas palabras que aparecen en un trozo del recordatorio que escribió Enrico en el funeral de su hijo que tan sólo alcanzó a vivir unas horas: “Vete, amor mío. Vas a ver qué hay detrás de la montaña. Te espera una bonita sorpresa”[2].

Espero una bonita sorpresa al otro lado de la montaña. Cuando Jesús venga a buscarme. Cuando ya no haya motivos para la pena. Y tenga sentido todo lo que he hecho.

Pero mientras tanto ese anhelo habita en mi alma. Confío en ese Jesús que camina conmigo a lo largo de mi vida. De forma especial en el tiempo de Cuaresma.

Quiero ver a Jesús. Lo quiero ver en los que están más cerca de Él. Y también en los que están más alejados.

Jesús me viene a ver en la indigencia del hombre. En su dolor, en su pena, en su angustia. Me habla Dios como a Jesús en medio de su turbación: Ahora mi alma está turbada”.

En medio de mi tristeza viene Jesús a verme. Yo quiero verlo, es verdad, pero a veces me ciegan otras pasiones, otros amores.

Jesús siempre quiere verme a mí. Viene a mí cuando mi alma está turbada. Viene a mí para levantarme cuando no soy capaz de ver su amor, su sonrisa, su esperanza.

Cuando no soy capaz de mirar más allá de la tormenta que detiene mis pasos. Cuando no quiero seguir luchando porque estoy cansado.

Quiero tener esa confianza que Jesús tuvo. Y quiero dejarme mirar por Él en medio de mi cansancio. Quiero que venga a verme. Quiero poder verle. Cuando esté turbado.

 

[1] J. Kentenich, Textos pedagógicos

[2] Chiara Corbella, Nacemos para no morir nunca

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