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Aunque pierdas la memoria sigues siendo tú

WOMAN HELPING ON OLD ONE

© Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 16/03/18

En el corazón tengo guardada toda la vida que Dios me ha dado, y allí conecto con Aquel que tanto me ha amado

Hay un lugar oculto en su memoria en la que se conecta con la realidad. Súbitamente sonríe y entonces todo parece tener sentido. Como las agujas del reloj roto que parece funcionar al menos dos veces al día.

Reacciona a una pregunta. Responde a una sonrisa, o a una carcajada, o a una caricia. Se queda mirándome desde dentro sin que yo apenas sepa hasta dónde me ve.

Es como si de repente se abriera una grieta en su olvido y recordara todo, o una parte al menos. Como la luz a través de las nubes que acaban con la tiniebla. Y se ata de repente a la vida presente. Se conecta por un instante que pasa rápido al olvido.

Me dice que me quiere sin palabras. En esos momentos vuelve a ser ella misma. En realidad nunca deja de serlo.

Me gusta velar sus silencios. Acompañar su sueño. Escuchar sus palabras inconexas. Reírme con sus risas. Y pensar que está, que no se ha ido. Y en sus caricias percibir su amor más hondo y verdadero.

La cuido como ella un día cuidó mis pasos. En mis recuerdos prendido yo de su mano. Así son los recuerdos que guardo muy dentro.

El corazón se aferra a lo que ha vivido. Y acaricia el presente desgranando pasados. Descifrando un futuro que se hace hoy para caer luego en el olvido.

Es la memoria capaz de traerme lo que más quiero. Y al mismo tiempo hacerme vivir de nuevo lo que más he sufrido. No olvida lo que me ha hecho daño. Ni tampoco el daño que yo he hecho. O quizás lo olvida para poder seguir caminando.

Leía el otro día sobre la lluvia amarilla que cubre mi pasado: ”El tiempo es una lluvia paciente y amarilla que apaga poco a poco los fuegos más violentos. Pero hay hogueras que arden bajo la tierra, grietas de la memoria tan secas y profundas que ni siquiera el diluvio de la muerte bastaría tal vez para borrarlas. Uno trata de acostumbrarse a convivir con ellas, amontona silencios y óxido encima del recuerdo y, cuando cree que ya todo lo ha olvidado, basta una simple carta, una fotografía, para que salte en mil pedazos la lámina del hielo del olvido”[1].

No sé si recordaré siempre lo que ahora recuerdo. Tengo mala memoria. Y la genética influye. Pero sé que no quiero olvidar las cosas más sagradas, las más bellas.

Sé que ella también las guarda, bajo una lluvia amarilla. Una lluvia de olvido. La lluvia amarilla con la que otoño tras otoño el suelo se tiñe por las hojas caídas.

Ian Sane CC

No deseo perder las mejores escenas de mi vida. Esas color sepia en las que me recreo a menudo, sonriendo por dentro. Porque me dan alegría.

Me gusta recordar los momentos en los que viví el cielo en la tierra. Con una sonrisa. No los olvido.

Quisiera egoístamente olvidar lo que me hizo daño, lo que me hizo sufrir. Para que no se repita el dolor que siento.

Tal vez es fuerte el miedo a no tener lo que he tenido. Y cuando me falta siento que quisiera una vida más corta, para sufrir menos. O mejor el olvido. Pero tampoco es cierto.

Cuando he amado queda una herida abierta que nada cubre. Se abre entre el velo de la ausencia una luz que todo lo llena. Me ato a la vida.

Es el recuerdo de haber amado el que sigue vivo. Y así logro seguir amando en un lugar escondido, muy dentro de mi alma. No quiero olvidar nada de lo vivido. Tampoco lo que más me duele.

Es verdad que las alegrías me gusta tenerlas más vivas. Pero las ofensas incluso, esas que me han herido, decido no olvidarlas.

Guardo cada palabra, cada ofensa, cada agravio. No para guardar rencor, ni para querer vengarme. Eso me hace daño. Tampoco para echarlas en cara, cuando mejor me venga. Eso no me hace feliz.

Si las recuerdo es porque son parte de mi vida. Y mi historia es sagrada. Y si un día deja Dios que caiga la lluvia amarilla del olvido sobre mi vida, haciéndome olvidar todo lo vivido, no importa. Habré vivido.

Y en algún rincón oculto de mi alma, en ese lugar eterno en el que vivo, allí no dejaré nunca de ser yo mismo, con mis recuerdos, con mi vida, con la luz de mis pasos.

Y no importará tanto el tiempo fugaz en esta vida. Porque mi vida no se perderá nunca en las manos de Dios. Él todo lo recuerda, lo guarda siempre, tiene memoria eterna. Y en Él mi vida, llena de momentos sagrados, estará grabada para siempre.

Y el cielo, eso lo intuyo, será un vivir acariciando los momentos de luz de toda mi vida. Pasaré mis manos con cuidado, sorprendido, por las horas de vida que me ha dado. Recorreré el álbum de todos los recuerdos. Agradecido por tanto recibido.

Me gusta pensar que los recuerdos son los rayos de luz que guarda el alma. Y aunque parezca un día que me he ido. En la penumbra del olvido. No será así.

Porque en el corazón tengo guardada toda la vida que Dios me ha dado. Y allí conecto con Aquel que tanto me ha amado.

Y tal vez, por momentos, se abrirá en mi alma una grieta de luz conectándome a la vida. Por un instante. Y se verá muy claro entonces, que dentro de mi alma, sigo amando.

[1] Julio Llamazares, La lluvia amarilla

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