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Cuando no se merece el perdón

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 15/03/18

Si me aman no es por mi valor, es porque Dios permite un amor imposible en mi vida, es por misericordia, todo es gratuidad

Me duelen las infidelidades. Las mías y las de tantos. Me duele el mal, el rencor, el odio, el pecado. Me duele mi propia debilidad, no me enorgullece. Porque no he aprendido todavía a ser niño.

Me duele caer y no estar a la altura de lo esperado. Me llena de tristeza la derrota, sueño con la victoria.

Todo parece cuestión de distancia. Esa distancia que hay entre el cielo y la tierra. Entre el mañana y el ayer. Entre lo que es y lo que pudo haber sido. Entre mi caída y lo que pudo evitarla. Entre ese segundo en el que decido, aunque me equivoque y el segundo siguiente, cuando ya no hay remedio.

De nada sirve llorar al pie de la leche derramada. Sigo adelante. No me asombro de mi carne débil.

Dios siente compasión de mis caídas, según muestra la Biblia: “En aquellos días, todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades. El Señor, Dios de sus padres, les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su morada. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas.

Dios es misericordioso. Su misericordia me conmueve. Ve mi pecado, no se escandaliza, tiene compasión. Y me manda profetas para que me avisen y pueda yo cambiar de vida.

Me doy cuenta de lo que necesito la misericordia de Dios cada día. Miro mi infidelidad. Me duele. Jesús me mira y me toma en sus brazos, como a esa oveja perdida. Me consuela en mi dolor.

Sabe que soy frágil. Que quiero el bien y hago el mal. Que deseo amar y hago daño. Pero me quiere así. Torpe, desaliñado, herido, inocente, apasionado. Quiere al niño necesitado y dependiente que ve dentro de mí al mirarme a los ojos.

Sé que la misericordia de Dios es lo que me salva. Es lo que me hace feliz de verdad. Porque es inmerecido el perdón que recibo.

Siempre es gratuidad. Cuando me dan algo que no merezco, es gratuidad. Cuando me tratan con misericordia cuando creo que merezco un castigo, es un don. Cuando en lugar de escasez recibo abundancia sin haberlo conquistado, es un regalo. En esos momentos toco la gratuidad de Dios.

El otro día leía sobre la mentalidad que hoy impera: “Una posible consecuencia de la abundancia excesiva, del tenerlo todo aquí y ahora, sin coste alguno y hasta sin esfuerzo, es que el joven deja de reconocer el valor de las cosas, su precio, y de ese modo se corre el peligro de ponerlo todo al mismo nivel. Este tipo de mentalidad conduce a perder de vista la gratuidad de las cosas, su carácter de don y, por lo tanto, el sentido de la gratitud, que constituye un elemento fundamental de la vida”[1].

La misericordia y la gratuidad van siempre de la mano. El perdón no es algo merecido. No lo consigo después de mucho esfuerzo, como una conquista. Es una gracia que se me concede cuando la pido de rodillas. Un don que no merezco.

Vivir la gratuidad me ayuda a ser más misericordioso conmigo mismo y con los hombres: “El estupor y la gratuidad reconocen, además, el carácter esencialmente imprevisible de la vida”[2]. La sorpresa ante lo inesperado. El don que baja del cielo sobre mi vida y me hace creer en lo imposible. Cuando parecía todo perdido.

A veces toco con dolor mis infidelidades y yo mismo me cierro la puerta del perdón. Y me olvido que esa puerta sólo la abren los niños que creen en la misericordia. Porque es muy pequeña.

Tiene el tamaño de la inocencia. La poca altura de esos niños que se abrazan a la misericordia de Dios como única esperanza. Y entienden que la sorpresa es ser perdonados.

Es un don con el que yo no cuento. Ni lo exijo. Ni lo pretendo. En mi debilidad entiendo que no puedo más de lo que consigo. Y no puedo pagar el perdón por lo que he hecho. Lo tengo claro.

A pesar de todo, en medio de mis tensiones y angustias, puedo contar siempre con una gracia divina. Es algo que no puedo exigir. Sólo lo puedo implorar. Y si lo recibo, mi corazón se alegra.

No puedo comprar la felicidad. Tampoco la paz del alma. Ni el abrazo después de la carrera. Ni el amor de aquel a quien amo. No lo puedo exigir. No me lo merezco.

Si me aman no es por mi valor. Es porque Dios permite un amor imposible en mi vida. Es por misericordia. Todo es gratuidad.

Como dice el papa Francisco: “El amor puede ir más allá de la justicia y desbordarse gratis, sin esperar nada a cambio(Lc 6,35), hasta llegar al amor más grande, que es dar la vida por los demás”[3].

El amor de Jesús es así. Un amor de misericordia que desciende sobre mi vida y la llena de paz. Así quiero aprender a amar yo.

Como dice san Pedro Crisólogo: “Si espera alcanzar misericordia, que él también la tenga; si espera obtener favores de Dios, que él también sea dadivoso. Es un mal solicitante el que espera obtener para sí lo que él niega a los demás. Sé para ti mismo la medida de la misericordia. Tan sólo es necesario que tú te compadezcas de los demás con la misma presteza y del mismo modo”.

Quiero ser más misericordioso con el pecado de aquel a quien amo. Con la infidelidad del que me había prometido fidelidad eterna. Con las caídas del débil que me hacen daño.

Miro mi vida y veo que yo soy débil. No merezco el perdón, y lo recibo. Sé que sólo puede amar más quien ha sido amado. El que no se sabe amado no logra amar bien. Yo quiero amar con un amor generoso, sin límites.

Comenta Jean Vanier:Jesús nos dice algo importante. Sed compasivos como mi Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados. Perdonad y seréis perdonados. Es el gran mensaje de Jesús escondido en dos palabras: la compasión y el perdón”.

Quiero amar con un amor que se rompa por los que me necesitan. Un amor que se parta. Un amor sin medida.

Sueño con perdonar siempre al que me ofende. Ese perdón lo logra Dios en mi corazón. Es un milagro. Yo solo no puedo.

Quiero obtener el amor de Dios. Por eso me decido a amar. Quiero que la generosidad de Dios colme todos mis deseos de infinito.

Entonces yo seré generoso con el que nada tiene, con el que está herido, con el que más necesita. Es la misericordia lo que Dios quiere. Anhela que me parta por los demás. Es el único camino.

[1] Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad

[2] Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad

[3] Papa Francisco, Exhortación Amoris Laetitia

Tags:
misericordiaperdon

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