Recibe Aleteia gratis directamente por email

¿No estas preparado para donar?

Aún así hay otras 5 maneras como puedes ayudar a Aleteia

  1. Reza por nuestro equipo y por el éxito de nuestra misión
  2. Habla de Aleteia en tu parroquia
  3. Comparte el contenido de Aleteia con tus amigos y tu familia
  4. Desactiva el bloqueo de publicidad cuando nos visites
  5. Suscríbete a nuestra newsletter gratuita y leenos a diario

¡Gracias!
El equipo de Aleteia

Suscríbete

Aleteia

Cine para menores de edad y mayores acompañados: ¿Tan malo era Disney?

ALICE
jan svankmajer
Comparte

Una reflexión sobre cómo la tecnología ha hecho poco por el cine infantil, al dejar poco resquicio a la imaginación

Es extraño que, al fijar nuestra atención en un niño tumbado sobre la hierba y mirando las nubes, a menudo nos preguntemos qué ve, como si para nosotros -los adultos- se tratase de algo inimaginable. Digo que es extraño porque al fin y al cabo también nosotros fuimos niños y deberíamos ser capaces de imaginárnoslo. Sin embargo, no es así. Con los años dejamos de ver igual, nos exiliamos de nosotros mismos para ser otros, avanzando en un sentido y en el otro dejando que nuestras huellas en el tiempo se borren.

Una genial metáfora visual sobre todo esto podría ser la genial Up (2009, Pete Docter y Bob Peterson):

 

Víctor Erice casi siempre ha hecho películas a partir de esas pérdidas que sufrimos. Historias para adultos interpretadas muchas veces por niños: El espíritu de la colmena (1973), El sur (1983), Alumbramiento (2002) o La morte rouge (2006). En ellas los niños suelen ir al cine por primera vez y descubren la ternura de los monstruos, la identidad de sus padres, o a fantasmas que salen de la pantalla para invadir el territorio de lo real.

En estos enlaces se pueden ver Alumbramiento (11 minutos) y La morte rouge (31 minutos):

http://www.dailymotion.com/video/x2y188m

 

Viven entre el asombro y la confusión, mientras afuera el mundo va a lo suyo, entre guerras, dictaduras y agravios; viven una transformación que debería hacerlos más sabios y fuertes gracias a los superpoderes de la imaginación, que luego poco a poco -y por desgracia- van desvaneciéndose, convirtiendo a Spiderman en Peter Parker, a Superman en Clark Kent y a Kick Ass en un pringadillo.

 Buzz Lightyear se niega a aceptar que por ser un juguete no sea capaz de volar, en Toy Story (1995, John Lasseter):

https://www.youtube.com/watch?v=EWLrTjG7te8

El cine infantil nunca fue inocente, si por inocente se entiende ingenuo, paternalista o amable. Al contrario. Siempre ha estado poblado por brujas, monstruos y mala gente que camina, en países lejanos y casas solariegas, entre guerras e incendios, con personajes de todas las especies, que a veces muerden.

A continuación pongo una serie de enlaces a las primeras versiones cinematográficas de grandes clásicos de la literatura supuestamente infantil, que borran de una manera tajante la frontera entre las edades y que pueden resultarles estimulantes a cualquier lector a quien el corazón aún le palpite y cuya curiosidad siga bien engrasada. También las películas que sugiero pueden ser vistas por cualquier espectador, porque sus imágenes se ajustan a todo tipo de miradas y son capaces de proporcionar todavía hoy diversión, encanto y belleza a quienes se dejan doblegar por el poder de la magia.

Primera versión de Alicia en el País de las Maravillas (Alice in Wonderland, 1903, Percy Stow y Cecil Hepworth):

Primera versión de El mago de Oz (The Wonderful Wizard of Oz, 1910, Otis Turner):

Primera versión de Pinocho (Pinocchio, 1911, Giulio Antamoro):

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Pinocchio_1911_World_s_1st_Film_Version_of_The_Adventures_of_Pinnochio_Giulio_Antamoro.webm 

Primera versión de Peter Pan (1924, Herbert Brenon):

https://www.youtube.com/watch?v=UJJXX4Ch-5U

Aunque los niños en principio tengan miedo, enseguida se animan para corear al héroe y para abuchear al malvado, o viceversa cuando ambos viven en un bucle y se retroalimentan, recordándonos que uno sin el otro no son nada. Quizás saben -o intuyen- que el cine es algo parecido al tren de la bruja: un viaje en circuito cerrado a través de un túnel donde los sustos ayudan a no hacer demasiado monótono el trayecto. Y la bruja amenaza con la escoba pero sólo le suelta escobazos a los listillos, que ya suelen tener una edad y quieren dejar clara su inmunidad ante el terror de mentirijillas.

El Coyote y El Correcaminos, en ese sentido, son un disolvente para las nociones del Bien y el Mal. ¿Por qué es malo el Coyote? ¿Porque quiere comerse al Correcaminos? Bueno, pues no es tan grave, al fin y al cabo así es como se fundamenta la dialéctica entre muchas especies, que tienen que comerse unas a otras para sobrevivir. La pregunta, sin embargo, sigue siendo ¿por qué es bueno el Correcaminos si nunca dice nada y jamás lo vemos haciendo nada que no sea correr (mientras el laborioso Coyote inventa mil y un dispositivos para cazar a su presa)?

Hay un único episodio en el que el Coyote gana y el Correcaminos pierde, que en su momento fue el más aclamado de la serie:

https://www.youtube.com/watch?v=c5ZOrVwa7sg

Supongo que a los niños, a quienes no les resulta difícil hacerse amigos de sus juguetes, no les aburre seguir las aventuras de un cochecito, un ogro de peluche o varias piezas de la Lego, especialmente si tienen buen sentido del humor y hablan su mismo idioma. Tampoco les cuesta mucho ponerse en la piel de animales que sufren o corren peligro: pececitos, burros, pajarillos, chuchos, lindos gatitos, ratas, ratones y toros, a lo mejor porque los niños aún no tienen conciencia de ser homo sapiens o de que eso les proporcione algún tipo de superioridad sobre otros seres vivos, y por eso son capaces de ponerse en la piel de cualquiera.

Un fragmento de la maravillosa Monster House (2006, Gil Kenan):

http://www.imdb.com/videoplayer/vi1503068441 

Durante mucho tiempo el cine infantil tuvo casi siempre personajes Disney, ropajes Disney, canciones Disney y escenarios Disney. Eso ha hecho que mucha gente -sin necesidad de animarse con unas cuantas cervezas- considere a Walt Disney una especie de genocida de la infancia, como si él hubiera estupidizado a los niños de varias generaciones mientras sus padres y la sociedad permitían el exterminio.

Eso, no obstante, dista de ser cierto. Quienes lo dicen deberían estar ellos mismos lo bastante estupidizados y no se quejarían tanto, o de lo contrario sólo hablan por no estarse callados, porque ni han visto sus películas ni saben lo que dicen. A Walt Disney se le podría acusar de muchas cosas menos de haber lanzado ácido corrosivo a los espectadores más jóvenes.

De hecho, sus películas (que casi nunca las dirigía él sino sus colaboradores o gente de talento en quien confiaba) tienen humor, ironía y vileza, a veces en un mismo personaje y otras repartidos entre todos. Sus imágenes son a menudo sinfonías visuales difíciles de anticipar: austeras, abigarradas, de línea clara, de trazo complejo… Y muchas de las situaciones que atraviesan sus personajes bordean la crueldad, cuando no entran en paisajes oníricos o surrealistas, siempre con una conciencia de ciertos límites -eso sí- más allá de los cuales resulta fácil caer en lo gratuito.

Por supuesto, en sus películas siempre gana el bueno, como también sucedía en las películas de aventuras y en las del Oeste. Y se cantan canciones a cada poco, como en los musicales, para suspender la acción con magia y no con un intermedio en el momento más emocionante, para que los espectadores visiten el bar.

En la iconografía de Walt Disney hay de todo, aunque La danza de los esqueletos (The Skeleton Dance, 1929), que además dirigió él mismo, ha proyectado una largada sombra en la obra de muchos cineastas, entre ellos Tim Burton:

A nivel emocional, no obstante, tampoco se quedan atrás las películas de Walt Disney. La separación entre madre e hijo en Dumbo (1941, Ben SharpsteenWilfred JacksonNorm FergusonSamuel ArmstrongJack KinneyBill RobertsJohn Elliotte) o la muerte de la madre de Bambi (1942, David HandJames AlgarSamuel ArmstrongBill RobertsGraham HeidPaul SatterfieldNorman Wright) son ejemplos de que su supuesto sentimentalismo tenía muchos ramalazos de sadismo visual:

https://www.youtube.com/watch?v=JTZPMJj-X9M

La tecnología ha hecho poco por el cine infantil, a no ser que uno desconozca la animación de los países del este de Europa, donde siempre ha habido científicos locos en la piel de cineastas, de nombre Karel Zeman, Aleksandr Ptushko, Jiri Trnka o Jan Svankmajer, cuyas películas suelen ser ingenios complicadísimos para atarse el cordón de los zapatos o para que simplemente el público infantil pueda aprender cómo unir piezas en la realidad, siguiendo técnicas de montaje que a un adulto le pueden volar la cabeza y que un niño le resultan de lo más natural.

Un fragmento de El fantástico mundo de Julio Verne (1958, Karel Zeman):

Un genial documental producido por la televisión checa en 1967 y donde podemos ver los métodos de trabajo de Jiri Trnka:

https://www.youtube.com/watch?v=WieHF0r-q1k

Los efectos por ordenador, sin embargo, no creo que hayan ayudado mucho a forjar el carácter científico de los jóvenes espectadores que ven las nuevas películas de infantiles, donde no suele haber resquicios para que penetre la imaginación. Son más bien lecciones de colegio: respeta esto, haz lo otro, no te pongas muy chulito…

De hecho, el cine infantil ahora propicia más fines que medios, tratando -en efecto- a los niños de una manera similar a los adultos, aunque eso los vuelva pragmáticos demasiado pronto y demasiado obedientes ante la lógica de nuestras elecciones y del decoro. Por supuesto, hay quienes defienden eso porque así se educa antes a los futuros adultos, enseñándoles a todo lo que -en apariencia- nosotros nunca aprendimos.

Hace unos años, en una entrevista, Javier Fesser me confesaba que “me gustan más Mortadelo y Filemón que Spiderman porque se parecen a mí, ellos ni vuelan ni salvan jamás a la chica, y cuando alguien les da un diploma, es el de la vacuna contra la viruela; aunque son un poco desastrosos, también son bastante más sinceros y reales”.

Para él, como para algunos cineastas españoles y extranjeros, en los personajes de los tebeos están magistralmente descritos los sentimientos que muchas películas adultas no consiguen describir ni por asomo, posiblemente porque ser adulto supone renunciar a muchas cosas mientras que ser niño (o tener una sensibilidad infantil) proporciona una infinita libertad.

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.