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La tecnocracia: ¿qué es y cómo se supera?

WRENCH
Shutterstock-Poprotskiy Alexey
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Se puede superar su efecto deshumanizante

El antídoto eficaz ante la deriva tecnocrática y sus efectos deshumanizantes es el regreso al diálogo entre humanismo y ciencia, entre arte y técnica.

Son palabras del cardenal Gianfranco Ravasi en el prólogo a La tecnocracia, un volumen que desvela pistas para no perderse ante lo que el papa Francisco denomina “el paradigma tecnocrático”.

Publicado por Sal Terrae y Comillas, el volumen editado por José Manuel Caamaño, director de la Cátedra Francisco José Ayala de Ciencia, Tecnología y Religión de la Pontificia Universidad de Comillas, explora cómo la ciencia y la tecnología se han desarrollado de forma vertiginosa durante los últimos siglos, hasta el punto que, como afirma Adela Cortina, supuso el triunfo de la racionalidad tecnocientífica y el retroceso de la racionalidad práctica.

No se tiene que caer en la retórica del pesimismo nostálgico, advierte el cardenal Ravasi. Pero sí buscar un diálogo que recomponga en una unidad no ficticia la fragmentación del saber.

Ya avisó en 1933 Ortega y Gasset en su Meditación de la técnica que “uno de los temas que en los próximos años se va a debatir con mayor brío es el del sentido, ventajas, daños y límites de la ciencia”.

El origen del término

Tecnocracia aparece en 1919 en Estados Unidos. Lo acuñó el ingeniero Guillermo H. Smyth, proponiendo un nuevo sistema y filosofía de gobierno, la “tecnocracia”.

Fue en 1932 en la Universidad de Columbia cuando Howard Scott, también ingeniero, congregó a un grupo de personas entorno a la “Alianza Técnica” o “Grupo de la Tecnocracia”. Es un movimiento nacido en período de crisis económica y tras la Primera Guerra Mundial. Un grupo de expertos, al margen del sistema, aboga por un nuevo mundo que deja la técnica política para ser gobernado por “la técnica de los técnicos”. Se crea un curso llamado “Tecnocracy Study Course” en 1934 para divulgar sus ideas.

Qué pretende la tecnocracia

• Confianza en la ciencia y en la técnica para lograr el progreso de la humanidad
• El instrumento humano más idóneo es la racionalidad
• Ante los problemas, la solución es la técnica
• Se valora poco la política y la democracia
• Técnica y ciencia pueden reemplazar a la política y a la democracia
• Se valora la objetividad
• Un tecnócrata no posee compromisos políticos
• No se cree en la igualdad social
• Los valores son la eficacia, eficiencia, productividad y progreso

¿Cuál es el problema con el paradigma tecnocrático?

El gran problema no es, según Caamaño, la influencia de la tecnocracia en la vida social o política, sino sobretodo que haya calado “en la vida de muchas personas”, dado que afecta también a la “comprensión misma del ser humano”.

Más que una valoración negativa de la tecnociencia, el paradigma tecnocrático únicamente describe una situación en la que precisamente se distorsiona el sentido de la técnica para utilizarla no tanto al servicio del ser humano o de sus propios bienes internos como de otros intereses espurios, frecuentemente ideológicos aunque camuflados como neutralidad, en los cuales suelen primar factores como la mera “utilidad, la eficacia, la funcionalidad o el poder”.

Qué piensa el Papa Francisco de la tecnocracia

Ciertamente, como afirma el Papa Francisco en la “Laudato si’, el paradigma tecnocrático es el fruto de la forma en la que la humanidad ha asumido la tecnología junto con un paradigma homogéneo y unidimensional (LS 106).

“De aquí se pasa fácilmente a la idea de un crecimiento infinito o ilimitado, que ha entusiasmado tanto a economistas, financistas y tecnólogos”, escribe el Papa.

El Papa Francisco denuncia que este paradigma “supone la mentira de la disponibilidad infinita de los bienes del planeta, que lleva a «estrujarlo» hasta el límite y más allá del límite”.

“La economía asume todo desarrollo tecnológico en función del rédito, sin prestar atención a eventuales consecuencias negativas para el ser humano”, advierte el Papa en la Laudato Sii (109).

El experto José Manuel Caamaño apuesta por “ayudar a formar profesionales que no se conforman con ser meros técnicos” y a caminar hacia el descubrimiento de la “unidad del saber” que articula las distintas actividades humanes, de lo político a lo profesional.

¿Un antídoto? Propiciar “el cultivo de la humanidad”, del que hablaba Herder: formación y no mera instrucción, desarrollando “la capacidad del juicio y el buen gusto”.

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