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¿Te asustan tus deseos?

INSOMNIA

JACOB STEWART CC BY 2.0

Carlos Padilla Esteban - publicado el 05/03/18

No tiene forma el agua que en cascadas cae sobre mi vida...

La forma del agua es el título de una película de actualidad. Me dio qué pensar ese nombre. ¿Acaso tiene forma el agua? ¿Cuál es su forma?

Su forma cambia de acuerdo al continente que la contiene. Adquiere el agua la forma de aquello que la limita.

Y cuando se rompe lo que la detiene, lo que la ata, lo que la impide fluir, entonces de repente el agua no tiene forma, ni freno, ni cauce.

Se pierde sin forma definida por algún cauce invisible. Y desaparece entre las grietas de la tierra o se abisma en el mar más profundo. Se derrama sin freno, todo lo arrastra.

Me impresiona el agua que tiene esa libertad absurda y excesiva. Yo construyo paredes queriendo contener el agua de mi mar.

Aíslo en recipientes esa fuerza salvaje que de repente es torrente, o cascada, o manso lago. Diseño diques con la forma que me invento. La contengo en presas que se sirven de su fuerza.

Quiero determinar de acuerdo a una ley invisible lo que puede hacer el agua y lo que no debe. Pero de nuevo, sin yo quererlo, el agua se desborda. Pierde su forma de nuevo y me inquieta.

Y adquiere nuevas formas que yo desconocía. Y llega a donde yo no deseaba que llegara inundándolo todo.

No puedo contener el agua tanto tiempo como deseo. No puedo atarla con cadenas para que se adapte a mis exigencias, a mis juicios, a mis sueños. No puedo frenar su fuerza interior.

Tampoco la puedo maniatar en un montón de principios para que no me invada, ni me ahogue, ni me hunda.

La abrazo con fuerza y se me escapa entre los dedos. La quiero sólo para mí y huye muy lejos llegando a muchos.

No tiene forma el agua que en cascadas cae sobre mi vida. Y yo que tantas veces pretendo edificar diques y presas, para contener el agua, para darle la forma de la esclavitud que yo quiero.

Deseo, no sé muy bien por qué, que tenga límites su fuerza indómita y salvaje. Quiero domar el agua. Pretendo alzar barreras que contengan toda su riqueza ignota. Es la forma que quiero ponerle a mi deseo.

Porque mi deseo es como el agua de un torrente en caída: “Hablar de deseo es hablar a la vez de una carencia, de una lucha y una tendencia a la acción en orden a alcanzar un bien del que se carece; lo cual significa que el gusto de hacer algo, lo que sea, constituye tan solo una cara de la monedadel vivir; la otra, igualmente esencial, la constituyen los límites”[1].

El deseo y el límite forman parte de mi vida. El torrente y el cauce. Tal vez se parecen al agua salvaje que arrasa con todo. Y al dique con el que yo mismo pretendo encauzar su fuerza.

¿Cuál es la forma de mi deseo que brota dentro de mi alma? ¿Qué forma tienen mis pasiones? Pretendo encauzar su furia. Enjaular su anhelo de libertad.

Quiero ponerle límites a mis deseos para que no provoquen con su fuerza una ruina en mi vida. Me asusta lo que deseo. Me turban mis pasiones. Y para que no me arrasen con la violencia de una cascada fuera de mí mismo.

Pongo límites claros. Sé que mi deseo moviliza como una corriente brusca todos mis pasos. Me pone en camino y me saca fuera de mí persiguiendo una meta escondida. Acaba con mi rigidez y me hace acariciar la locura. Como el agua torrencial que busca airada su fin.

Y persiguiendo mis deseos encuentro que “siempre queda una cierta sensación de insatisfacción y decepción cuando se ha conseguido lo que se deseaba, incluso de la mejor manera posible”[2].

Pasan ante mí las formas invisibles de tantos deseos realizados. Y queda un vestigio de tristeza: “Es también una verdad profunda del camino espiritual: ningún proyecto, ninguna actividad, ninguna persona es capaz de satisfacer plenamente; toda satisfacción es siempre parcial, porque revela que siempre hay algo más”[3].

Lograr realizar todos mis deseos no me da la paz infinita. Ni la felicidad plena que sueño. No logro que toda el agua del mundo calme la sed profunda que crece muy dentro de mí.

Y encuentro que nada de lo que deseo me dará la llave de la felicidad eterna. Un algo más me falta. Un tanto más que aún no poseo. Algo que aún ni siquiera sueño. Un deseo más hondo, casi desconocido.

Como ese secreto escondido en lo profundo de las aguas. Más allá de la primera agua que veo sobre las olas. En la superficie que pasa y no deja sino un atisbo de lo que podría ser mi vida.

Y yo me empeño en darle forma al agua de mi vida. Conteniendo en peceras todo el mar del mundo.

Reduciendo a Dios a una imagen pequeña en la que todo sea más fácil de lograr. Un Dios al que domino. Un Dios que no es misterio, ni deseo, ni agua sin forma que no controlo ni abarco con mi mirada.

Reduzco sus planes a lo que yo ya hago. Ahogo mis deseos para evitar así tentar la suerte. Y me someto a unas formas que yo mismo me impongo. Para no desparramarme por la vida y quedar dentro de lo que el mundo llama normal.

Le pongo forma al agua. Le doy un nombre al misterio. Creo que ya lo controlo todo, lo conozco todo. Niego el misterio y el deseo.

Me gusta más el límite que me da paz y seguridad al mismo tiempo. Y me siento feliz dominando mis aguas por un momento al menos. Me siento señor de las tormentas y los mares. Dueño de mi presente y mi futuro.

O eso es lo que creo.

[1] Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad

[2] Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad

[3] Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad

Tags:
deseo
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