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«La última bandera»: Unos soldados con rostro humano

LAST FLAG FLYING

Amazon Studios

Enrique Anrubia - publicado el 03/03/18

Una película sorprendente que hace que el espectador salga con una idea buena en la cabeza y un corazón más abierto

¿Se acuerdan de aquella trilogía romántica e intelectual de “Antes del amanecer-atardecer-anochecer”, o de aquel experimento cinematográfico –bastante logrado- de rodar una película durante 12 años según crecía el personaje de un niño (“Boyhood”)?; pues el director de la misma, Richard Linklater, nos trae “La última bandera” como parte de su cine más profundo y sensible.

“La última bandera” es el título de la novela en la que se inspira la película y sugiere la referencia militar de que la última bandera del país que se defiende es realmente la que ondea en el funeral, y luego sobre el ataúd, de un soldado caído. Y ese es el inicio de la película. Doc (Steve Carell), ha perdido a su único hijo en la guerra de Iraq. El cuerpo está siendo transportado a EE.UU. y el gobierno quiere enterrarlo en el cementerio militar de Arlington porque ha muerto en combate y como un héroe.

Doc sabe lo que es una guerra porque él mismo la vivió en Vietnam, y tiene la idea de que sólo sus compañeros de unidad en Vietnam pueden entender lo que es enterrar a un soldado. Así que les busca, casi cuarenta años después, para que le acompañen al entierro de su hijo. Así empieza “La última bandera”.

Simplemente y ya sólo con el comienzo, la película provoca que el espectador asuma de entrada ciertas hipótesis que el mismo Doc da a entender. Que hay un heroísmo de fondo, que defender a tu país es algo honroso, que tu país lo reconozca también lo es, que hay una camaradería inconsciente, inquebrantable y de por vida entre soldados que han luchado juntos y todo eso es como el punto de inicio.

Y así es como Doc va en busca de los dos únicos soldados de su unidad que ha encontrado por internet. El primero es Sal (Bryan Cranston, Breaking Bad) y el otro Mueller (Laurence Fishburne, Matrix). Los tres son tan aparentemente distintos como el agua y el aceite (y ya no se me ocurre un tercero). Doc es el americano de clase media, tranquilo, bonachón, trabajador y aparentemente insulso.

Sal es el rockero que nunca muere, que se ha negado a crecer, que habla más que hace, que es ocurrente y sarcástico, descreído, orgulloso y rebelde. Y Mueller es el moralista, el religioso, el que te dice lo que hay que hacer pero sin implicarse, el que ve un destino divino donde nadie ve nada y el que ha buscado olvidar su vida pasada de juventud para buscar una pretendida madurez que aparenta más una careta y un disfraz que una vida verdadera.

Sin anticipar apenas nada de la película, resulta que Sal es el dueño de un bar (ese tipo de bares donde acude un solo cliente y poco más) y Mueller es un pastor de una iglesia. Mientras que Sal se embarca inmediatamente cuando Doc le pide su ayuda, Mueller sólo lo hace regañadientes y cuasi obligado. Mueller no quiere recordar aquella vida de desenfreno y atrocidades que intentó dejar atrás hace años.

El caso es que inesperadamente Doc va a descubrir que su hijo no murió en acto de combate, sino que todo es una especie de montaje para camuflar banalmente un heroísmo ficticio. Así que allí mismo, junto con sus dos compañeros, decide llevarse el ataúd de su hijo para enterrarlo en el cementerio de su pueblo. La película es, ni más ni menos y precisamente, ese viaje entre los tres antiguos combatientes y el ataúd.

Por eso la película tiene tres direcciones según la hoja de ruta del viaje. Una es la dirección y los periplos mismos del viaje físico, es decir, del transporte en tren del ataúd. La otra es el viaje al pasado, al recuerdo de lo que ellos vivieron en Vietnam. Y la última es el viaje interior y personal de lo que ellos son ahora y la confrontación con los ideales de lo que han querido vivir.

Algunos críticos han dicho que este trío no “funciona” en la pantalla y que no son capaces de sostener la película. Pero quien les escribe no piensa lo mismo. Steve Carrel ya demostró en Pequeña Miss Sunshine que un verdadero cómico es en el fondo un gran actor dramático que le da la vuelta a las cosas, y en La última bandera vuelve a demostrarlo. Su compostura ante la cámara y su forma de hablar ya te dice lo que es su personaje: un hombre que ha intentado vivir una vida buena y honrada sin pretensiones grandilocuentes: un hombre bueno, pero que tiene la sabiduría sencilla y la voluntad de hierro de esa bondad.

Bryan Cranston es verdad que no deslumbra, porque ya le hemos visto como tipo duro en Breaking Bad, pero hace un papel excelente. Y Laurence Fishburne, con su mirada dura y seca, da con una pincelada la idea de su personaje: alguien que vive encorsetado por un corsé que él mismo se ha puesto y está con cierta rabia interior continuamente.

De hecho, y frente a los “críticos”, tienen un escena en el tren donde acaban riéndose los tres, y tal es la naturalidad de la risa que es casi imposible no reírse con ellos. Pocas veces he visto una risa contagiosa que se transmite desde la pantalla al espectador: sólo por cómo se ríen empiezas a reír. Y es que se nota que los tres se lo pasaron en grande durante el rodaje.

No se puede contar mucho más de la película si no es a costa de desvelarla, pero esos tres viajes (el físico, el del pasado y el interior del momento presente) son suficientes para que sea una película digna de ver. No es una película sobre EE.UU., sus guerras, sus políticas internacionales y demás. Bien se puede leer así, pero en ningún momento los personajes ponen en duda su patriotismo. Están orgullosos de haber sido marines. Y el descontento de esa falacia heroica no les pilla desprevenidos, porque ellos vivieron una de las guerras más infames de su historia (la de Vietnam) y porque también saben lo infames que fueron allí de forma personal entre ellos mismos.

La película no cansa, pero no es de diez. De un notable alto. Las actuaciones más que suficientes y la idea interesante. El desenlace no deja de ser algo emotivo, pero cierra bien y cierra de tal modo para que el espectador salga con una idea buena en la cabeza y un corazón más abierto. Y, como siempre, mucho mejor verla en versión original.

Ficha Técnica

Título original: Last Flag Flying

Año: 2017

Duración: 124 min.

Dirección: Richard Linklater

Guion: adaptación de Richard Linklater de la novela “Last Flag Flying” de Darryl Ponicsan.

Fotografía: Shane F. Kelly

Reparto: Steve Carell, Bryan Cranston, Laurence Fishburne, J. Quinton Johnson, Richard Robichaux, Dontez James, Jerry Lee Tucker, Kate Easton

Productora: Amazon Studios / Big Indie Pictures / Detour Filmproduction

Tags:
cine
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