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Amar a tus enemigos, cuando tus “enemigos” son tus hijos

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Shutterstock
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Si das por sentado que la paternidad debería ser algo sencillo, entonces es que no estás preparado para lo que se espera de ti como padre o madre

Cualquier madre tiene su propia historia de momento desquiciado. La más reciente para mí incluye a un recién nacido, un bebé de 2 años y más pintura de la que cabría pensar que un niño podría tirar en el breve periodo de tiempo que se quedó solo. Reaccioné como suelo hacer cuando estoy cansada en exceso o sobrecargada: sermonear, gritar, enviarlo a su habitación, sentirme horriblemente culpable y pasar el resto del día buscando atenciones personales para compensárselo.

Más tarde aquella misma noche, los dos estábamos más tranquilos y yo leía un libro a mi hijo debajo de mi enorme y mullido edredón. Entonces, una frase me vino a la mente y me sobresaltó: “Ama a tus enemigos…”.

Incluso cuando se pone imposible, nunca imaginaría llamar a mi hijo mi enemigo. ¿Realmente podrías aplicar esa terrible palabra a tu propio hijo inocente, a quien amas por encima de todo? Bueno, más o menos, quizás. De hecho, considerar a mi propio hijo dentro de ese mandamiento era justo lo que necesitaba para recomponerme y subir un peldaño más en el nivel de mi maternidad.

Amo a mi hijo. Desde luego, no es mi enemigo. Me llena de alegría y agradecimiento el dedicar estas próximas décadas de mi vida a criarlo y a quererlo. Pero creo que es justo decir que a menudo se alza en oposición a los intereses de mi tiempo, mi trabajo, mi sueño, mi paz mental y muchas otras cosas. No es su culpa, pero puede funcionar legítimamente como “enemigo” en esos aspectos.

En el momento que me sorprendí utilizando esta palabra, me sentí, para mi sorpresa, enormemente aliviada. Me recordó que, aunque quiero a mi hijo, amarle de forma activa e intencionada puede ser bastante difícil.

Tendemos a pensar que el amor hacia nuestros hijos es algo dado, algo que existe obviamente al margen de todo. Y es cierto que les queremos en toda circunstancia, pero nuestras acciones no siempre reflejan eso necesariamente.

¿Y qué hay de esas otras personas en nuestra vida, nuestros iguales? No damos por sentado que les amamos automáticamente. Quizás estemos más vigilantes al recordar cuánto esfuerzo y determinación y altruismo hace falta para amar a alguien que es nuestro enemigo en el sentido tradicional, alguien que quizás llegue a odiarnos y perturbarnos.

Aplicar a mis propios hijos ese importantísimo mandamiento de amar a nuestros enemigos es suficiente para sacarme a sacudidas de mi autocomplacencia cotidiana. Me recuerda que el amor siempre requiere autosacrificio y que eso nunca es fácil. Me invita a no quedarme atrás descansando sobre mi propio amor natural y sobrentendido hacia ellos, sino, mejor, a centrarme más en esa elección activa y diaria, a permitir que el amor guíe mis palabras y acciones. Me recuerda lo desesperadamente que necesito la gracia para vivir mi vocación.

Simplemente reconociendo que actuar con amor hacia tus propios hijos puede ser casi tan difícil como amar a una persona que te oprime de verdad puede recordaros que, si resulta difícil, es razón de más para no rendirse. Si das por sentado que la paternidad debería ser algo sencillo (porque, ¿qué madre o padre no ama a sus hijos?), entonces es que no estás preparado para el sacrificio heroico que se espera de ti.

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