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Amar a tus enemigos cuando tus «enemigos» son tus hijos

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Si crees que la paternidad es algo sencillo, entonces es que no estás preparado para lo que se espera de ti como padre o madre

Cualquier madre tiene al menos un par de anécdotas de una crisis con sus hijos. La mía más reciente incluye a un recién nacido, un bebé de 2 años con más pintura de la que uno puede imaginar. Reaccioné como es habitual ya cuando estoy muy cansada o sobrecargada: sermoneo, grito, lo envío a su habitación, me siento horriblemente culpable y paso el resto del día atendiéndole con mucho cariño para compensárselo.

Ya por la noche, a la hora del cuento, cuando los dos estábamos debajo de mi enorme y mullido edredón, me vino una frase a la cabeza: “Ama a tus enemigos…”.

Me sobresalté porque, incluso cuando se pone imposible, nunca imaginaría llamar a mi hijo mi enemigo. ¿Realmente podrías aplicar esa terrible palabra a mi propio hijo inocente a quien amo por encima de todo? Bueno, más o menos, quizás. Lo cierto es que al considerar a mi propio hijo dentro de ese mandamiento fue en ese momento justo lo que necesitaba para recomponerme y subir un peldaño más en el nivel de mi maternidad.

Amo a mi hijo. Desde luego, no es mi enemigo. Me llena de alegría y me siento muy agradecida por poder dedicar mi vida a criarlo, educarlo y amarlo. Pero también es cierto que muchas veces es él es «enemigo» a mis intereses particulares: de mi tiempo, de mi trabajo, de mi sueño, de mi paz mental y de muchas otras cosas.

En el momento que me sorprendí utilizando esta palabra, me sentí, para mi sorpresa, enormemente aliviada. Me recordó que, aunque quiero a mi hijo, amarle de forma activa e intencionada puede ser bastante difícil. Tendemos a pensar que el amor hacia nuestros hijos es algo dado, algo que existe obviamente al margen de todo. Y es cierto que les queremos en toda circunstancia, pero nuestras acciones no siempre reflejan eso necesariamente.

¿Y qué hay de nuestros otros familiares, amigos y compañeros? Muchas veces damos por sentado que les amamos automáticamente. Quizás estemos más vigilantes al recordar cuánto esfuerzo y determinación y altruismo hace falta para amar a alguien que es nuestro enemigo en el sentido tradicional, alguien que quizás llegue a odiarnos y perturbarnos.

Aplicar a mis propios hijos ese importantísimo mandamiento de amar a nuestros enemigos es suficiente para sacarme a sacudidas de mi autocomplacencia cotidiana. Me recuerda que el amor siempre requiere autosacrificio y que eso no es fácil. Me invita a no quedarme atrás descansando sobre mi propio amor natural y sobrentendido hacia ellos, sino, mejor, a centrarme más en esa elección activa y diaria, a permitir que el amor guíe mis palabras y acciones. Me recuerda lo desesperadamente que necesito la gracia para vivir mi vocación.

Simplemente reconociendo que actuar con amor hacia tus propios hijos puede ser casi tan difícil como amar a una persona que te oprime de verdad puede recordaros que, si resulta difícil, es razón de más para no rendirse. Si das por sentado que la paternidad debería ser algo sencillo (porque, ¿qué madre o padre no ama a sus hijos?), entonces es que no estás preparado para el sacrificio heroico que se espera de ti.

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