Los altos ideales sacan lo mejor de mí
Me gusta la montaña. La cumbre me permite tocar el cielo. Me siento más cerca de Dios. Y más fuerte.
Los problemas se vuelven más pequeños desde la montaña. Casi desaparecen. Parece magia. Me gustaría pensar que ya no están. Como si hubieran desaparecido de golpe. Es la magia de la montaña.
Comenta el padre José Kentenich: “Al menos en innumerables pueblos se encuentra un respeto muy fuerte ante los montes. El escalar la altura de las montañas despierta simultáneamente la tendencia hacia lo alto, y cómo la tendencia hacia lo alto inspira también la escalada. Cuando anhelamos las montañas ¿qué significa? En este contexto pensamos en una conocida expresión de santa Teresa la Grande: subir una topera no despierta fuerzas, pero al contemplar ante sí montes infinitamente altos, ¡cuántas fuerzas se despiertan!”[1].
Escalar a lo más alto del monte despierta lo mejor que hay en mí. Saca un fuego escondido que me anima a seguir caminando.
Lo doy todo por llegar a la cima. Me hace aspirar a las alturas. Me gusta la montaña en la que sueño con lo más grande. No temo nada cuando miro la vida desde la cumbre. Me siento feliz. Me sé amado. En lo alto de la montaña casi toco a Dios, me siento más fuerte.
Añade el Padre Kentenich: “A los Montes se los percibe como símbolo de firmeza. Abajo en el llano: ¡cuánta fragilidad! Arriba sobre los montes, especialmente cuando era un macizo del monte: símbolo de lo constante, de lo permanente. Monte, un símbolo de poder y fuerza. Tan fácil no se puede arrancar un monte”[2].
El monte representa lo estable, lo duradero. Allí tengo paz. La firmeza del monte me sobrecoge. Brota la alegría y la esperanza. En el monte no temo, me siento fuerte y seguro.
Pero en el valle toco la debilidad de mis pasos. La fragilidad de mi voluntad. Y me siento vulnerable. Los problemas me aturden y no soy capaz de salir de ellos.
Por eso anhelo la seguridad del monte. Su estabilidad. Su firmeza. Me gustan los montes. Me da alegría subir a un monte.
Añade el Padre Kentenich: “Si no ascendemos más a la altura de los montes, tarde o temprano nos amargamos. Debemos entendernos ante todo y sobre todo cuando ascendemos, arriba en las cumbres más altas. Si nos llamó para ello, entonces nos regala también la virtud de la esperanza en forma de una confianza enorme y profunda”[3].
Escalar las cumbres me hace confiar. Tocar el cielo con mis pobres manos. Me gusta la audacia del que escala y llega a lo más alto. Así, de golpe, sin temer nada.
Pienso en mi vida como un ascenso al monte de la vida. El monte de Dios en el que Jesús me espera. Me gusta ir con Él. Superar los obstáculos de la ascensión.
Me faltan las fuerzas cuando comienzo a subir. Pero no temo. Sigo con mi paso firme. Es cierto que los altos ideales sacan lo mejor de mí. Las grandes metas. Los caminos más complejos. Una ruta sencilla no despierta mi alegría.
Recuerdo la subida a un monte en el camino de Santiago. Esa etapa del camino despertaba temor, esperanza y alegría. Era el gran desafío en medio de un camino no tan exigente. Una subida a lo más alto exigía todas las fuerzas.
Así es en mi camino. Lo de siempre, lo que controlo, lo que no es exigente, no despierta todas mis fuerzas. Siento que puedo con ello y no temo.
Pero cuando el camino parece complicado y exigente, se despiertan las fuerzas de mi corazón. Subir a lo más alto, alcanzar las grandes cumbres.
Es necesario mirar el corazón y buscar a Dios. Pedirle fuerzas para seguir ascendiendo. Una lucha constante. Un caminar hacia las cumbres.
En ese ascenso quiero dejar de lado lo que me pesa. Voy más ligero de equipaje. Con el corazón apasionado. Con el alma sin peso. Me pongo en camino. Pienso en las cumbres que me desafían.
Miro desde mi pequeñez lo que me turba. ¿Qué subidas me asustan e imponen? ¿En qué momentos de la ascensión siento que me faltan las fuerzas? Pienso en esta Cuaresma como una subida a los montes más altos para superar mis miedos.
[1] J. Kentenich, Conferencias de Sión
[2] J. Kentenich, Conferencias de Sión
[3] J. Kentenich, Conferencias de Sión