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Cómo el lenguaje que usamos contribuye a la depresión y la ansiedad

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Un estudio nuevo descubre que hay ciertas palabras asociadas específicamente a personas que padecen depresión, ansiedad y pensamientos suicidas.

Probablemente no te sorprenda saber que las personas con depresión, ansiedad o ideas de suicidio usan un lenguaje diferente que la población en general. Aunque quizás si sorprenda la manera en que difiere su selección de palabras.

La mayoría de nosotros da por sentado que una persona que está deprimida usará un lenguaje negativo para describir su estado emocional, y es cierto… pero no siempre.

Quienes han experimentado depresión o ansiedad podrían predecir que otra persona que sufra de lo mismo empleará pronombres personales en primera persona del singular más a menudo, ya que los primeros han experimentado la rumiación y el aislamiento social que acompañan la depresión y la ansiedad. También es cierto… pero no siempre.

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Mohammed Al-Mosaiwi compartió recientemente los resultados de su estudio sobre el empleo del lenguaje en la depresión, la ansiedad y la ideación suicida a través, entre otros, de la web de divulgación Big Think.

Su equipo descubrió que las palabras que transmitían emociones negativas y los pronombres de primera persona del singular eran elevados en algunos grupos, pero no en otros. Sin embargo, hay un indicador del lenguaje específico y consistente en quienes sufren estos tres problemas: palabras absolutas.

El estilo del lenguaje hace referencia a cómo nos expresamos, más que al contenido de lo que expresamos.

Nuestro laboratorio ha realizado hace poco un análisis de texto con big data en 64 foros de salud mental en Internet, examinando a más de 6400 miembros.

Se descubrió que las “palabras absolutas” –que expresan magnitudes o probabilidades absolutas, como ‘siempre’, ‘nunca’ o ‘completamente’– eran mejores marcadores en los foros de salud mental que los pronombres o las palabras de emociones negativas.

Desde el comienzo, predijimos que las personas con depresión tendrían una visión blanca y negra del mundo y que eso se manifestaría en su estilo de lenguaje.

En comparación con 19 foros diferentes de control (por ejemplo, Mumsnet y StudentRoom), la prevalencia de palabras absolutas es aproximadamente un 50 por ciento mayor en foros de ansiedad y depresión, y aproximadamente un 80 por ciento mayor en foros de ideación suicida.

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Yo, que he sufrido depresión postparto y ansiedad, no puedo decir que me sorprendan estos resultados. Recuerdo con demasiada claridad la sensación de que las cosas parecían genuinamente absolutas y absolutamente destinadas al fracaso.

También recuerdo el proceso necesario para salir de aquel estado mental absolutista. Recuerdo que mi terapeuta me aconsejaba que dejara de usar un lenguaje con términos absolutos y que, si no podía detenerme antes de decir algo de este estilo, que luego revisara lo que había dicho tanto en mi propia mente como en voz alta.

Y lo que era más importante era lo que sonaba dentro de mí. Una cosa es admitir que no todo es un desastre cuando en el fondo sigues creyéndolo; otra cosa totalmente diferente es esforzarte a darte cuenta de que en la vida no es todo blanco y negro, desastre o maravilloso, miseria o estupendo.

La mayor parte de la vida sucede en espacios entre los extremos y, a veces, esa verdad puede ser difícil de ver e imposible de creer.

Lo más curioso del estudio es lo que dice sobre el poder que tiene el lenguaje para configurar nuestras experiencias y viceversa.

Mi terapeuta me animó desde el principio a dejar de emplear términos absolutos y yo seguí su consejo antes de creer que era cierto.

Tenía que cambiar el lenguaje que usaba y los términos en que pensaba antes de ser capaz de cambiar realmente mi percepción y perspectiva del mundo, de la vida y de mí misma.

Por supuesto, no puedo extrapolar una verdad universal a partir de mi propia experiencia.

Sin embargo, los resultados de este estudio sí añaden pruebas a la teoría de que el lenguaje que utilizamos configura nuestro entendimiento del mundo y, en definitiva, a nosotros mismos. Y puedo dar fe del hecho de que los cambios pequeños, incluso los que no quieres hacer, pueden tener un impacto mucho mayor de lo que esperas.

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