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“Seguimos luchando porque Venezuela es única y no tenemos país de repuesto”

VENEZUELA
AFP PHOTO / FEDERICO PARRA
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No luce como terrorista, aunque fue acusado por ése y otros cargos. Estuvo 19 días preso, bajo condiciones que -según su testimonio- violan garantías de justicia y derechos humanos. Lejos de odio, alberga esperanza, misma que considera necesaria para construir país en medio de la adversidad

Tiene 22 años de edad. Está en régimen de presentación y fue uno de los casi treinta muchachos a quienes les arrebataron su libertad por las protestas contra el gobierno de Nicolás Maduro en Táchira. Su detención ocurrió en las 24 horas previas a la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, calificada como inconstitucional por los obispos y hoy desconocida por un centenar de países. Pintaban sobre el concreto la lista de nombres de los “caídos”, como llaman a los jovencitos asesinados durante la encendida toma de calles en 2017.

Sus acciones son consideradas por el gobierno nacional como violentas. Al grupo se le acusa de rebelión y agavillamiento. Algunos son señalados de portar armas y de ser terroristas. Lo que Aleteia pudo observar fueron rosarios de plástico, franelas, pintura y brochas. Esto fue lo que nos contó desde San Cristóbal, capital de la “rebelde” región fronteriza:

¿Cuándo salió en libertad y qué hacía cuando lo detuvieron?

-El 16 de agosto (de 2017) salí en libertad porque me metieron preso el 29 de julio, un día antes de la Constituyente, a propósito de un día cuando estábamos haciendo una propuesta en San Cristóbal.

¿En qué consistían las actividades “rebeldes”?

-Un sancocho, pintar los nombres, reunir dinero para una tela, hacer una bandera, rezar el Rosario.

El gobierno asegura que no eran protestas pacíficas…

-Juzgue usted: nosotros escribíamos en el concreto los nombres de los “caídos”. Llegaron unos cuarenta (40) efectivos de la Guardia Nacional. Nosotros éramos como 15 personas. Todos jóvenes. Simplemente agarraron a dos de los que estábamos allí. Éramos los organizadores.

Nos llevaron al Comando Regional número 1 de la Guardia Nacional Bolivariana (Core 1). Luego nos tomaron fotos con artefactos que según ellos nos habían conseguido pero que en realidad no teníamos. Lo que cargábamos eran unas brochas y potes de pintura. Luego, nos metieron a las “perreras”.

Pequeños sitios de encierro, ¿correcto?

Sí. Son vehículos de la Guardia Nacional acondicionados como si fueran celdas. El tamaño de ese carrito, al que le dicen: “Perrera”, es de unos 2 metros por 2 metros, y el alto es menor a 1 metro con 50.

¿Estaban de pie?

No, no cabemos de pie. Estábamos completamente agachados. Nos metieron allí a las 22 personas. Durante 24 horas no podíamos salir, salvo a las 5 de la mañana cuando nos sacaban para bañarnos. El baño, si se le puede llamar así, duraba cuatro minutos.

¿Cuánto tiempo duró recluido?

Nueve días allí, luego diez en la cárcel de Santa Ana. No nos dejaban salir. En lamadrugada nos levantaban para que nos bañáramos y a veces nos lanzaban orines o estiércol.

¿Algo positivo en medio de todo?

El poder comunicarnos en algún momento. Eso cambió todo para nosotros. Saber que no estábamos solos. Logramos tener contacto indirecto con ellos (los familiares), porque igual no podíamos verlos o hablar, sino solo entre nosotros, los que estábamos en las perreras.

¿Todos jóvenes?

-Sí. El mayor de todos nosotros tenía 25 años. Yo tengo 22. Y el menor del grupo tenía poco haber cumplido 18 años de edad. Tengo conocimiento de que antes de llegar nosotros, había tres menores de edad y los mantuvieron retenidos. No supimos más de ellos.

¿A todos los trataban igual?

-No. Había cuatro carros destinados para ser celdas. Una de ellas era para los llamados “guarimberos” (como les llaman desde el gobierno de Maduro a quienes hacen “guarimbas”: tranca parcial de vías en el marco de protestas y manifestaciones en las calles).

Nos cambiaban de ‘perrera’ y nos metían en aquellas donde estaba el hampa común: ladrones, personas violentas o detenidas por intento de asesinato. Les decían que nos dieran golpes, que nos agredieron; y nos grababan con sus teléfonos celulares…

¿Qué le ayudó emocionalmente?

-Estuve cinco (5) días bien. Pero al sexto, yo entré en ansiedad, estaba muy estresado, me ganó la desesperación. Hubo llanto y angustia. Fue un día muy duro y gris… Todo se nubló en un instante. Pero después vino una especie de comunicación que nos alentó mucho. Nos mantenía animado el saber que afuera estaban pendientes de nosotros.

¿Qué ocurrió el 30 de julio?

-Resultó un golpe muy duro saber que todo se calmó y nadie manifestó ningún problema. Anímicamente fue muy duro. Teníamos la esperanza de que la gente iba a mantener su espíritu de lucha. Porque cuando hay algo que está mal, un ciudadano común y corriente debería protestar, porque lo que está mal hay que protestarlo y denunciarlo.

Y que no hayamos tenido esa respuesta inicial, fue duro. Luego nos reanimamos mutuamente. Porque si no lo hacíamos, nos echábamos a morir. Y país de repuesto no tenemos. Por eso hay que salvarlo… y hay que echarle (ganas) como podamos porque es el único que tenemos. Si no lo defendemos, nos lo van a secuestrar y ¡es algo que no podemos permitir!

Físicamente hay huellas… ¿Anímicamente también?

-Sí, porque crecimos. Seguimos alimentando un espíritu de lucha que todo ciudadano debe motivar. Y saber que este gobierno hace lo que hace porque está perdiendo. Sus actitudes y acciones en contra de la libertad demuestran que tiene miedo. Yo veo que cada día los venezolanos somos más conscientes de ello.

Y físicamente, sí: hay huellas, algunas imborrables, pero nos recuerda que somos fuertes, que superamos dificultades y que no podemos claudicar.

Alcancé a rebajar 13 kilos en 19 días. Nos la pasábamos vomitando debido al gas lacrimógeno. El raspón en la pierna se me convirtió literalmente en una herida. La marca es similar a la que llevo en el alma, una huella que me recuerda que no podemos abandonar al país.

¿Qué significa para un muchacho que protesta estar preso en Venezuela?

-Significa recibir golpes físicos y emocionales. Es algo cotidiano. Es algo común.

Estar preso en Venezuela significa no saber si al otro día vas a estar vivo.

¿Fue traumático?

-Para mí no fue traumático, porque mi personalidad no me permite estar triste. Aunque si lo pensamos detenidamente, se trata de cosas que sí son muy traumáticas.

¿Qué le dice al resto de Venezuela y a quienes sin ser venezolanos siguen atentos a lo que acá ocurre?

-Que Venezuela es el único país que tenemos y que hay que sacarlo adelante. Les digo que cambiar nuestra patria o nuestra nación por otro, no es la salida.

¿Cuál es el futuro que le espera al país?

-Uno rudo y complicado, pero nadie dijo que será fácil. Qquizá no tiene ese color bonito que uno pudiera pensar que va a tener. Muchos rezamos por esa solución mágica que internamente quisiéramos. Pero Venezuela tiene también un futuro de gran emprendimiento. Si se le cosecha bien se pueden sacar buenos frutos, pero debemos entender realmente que hay que construirlo.

¿Siente odio?

-No. No siento ningún tipo de odio. Cuando uno se da cuenta que para construir el país necesita de todas las manos posibles, uno deja cualquier cosa particular privada y quita el orgullo.

No pretendo herir a quienes sí puedan sentir rechazo hacia ciertos efectivos de los cuerpos de seguridad, pero creo que hay cosas que uno es capaz de eliminar por un bien mayor. El odio es una de ellas.

Mucha gente de su edad está saliendo del país… ¿Qué les dice?

-Pienso que el que se va no tiene por qué dar razones… y el que se queda no está obligado a explicar su porqué. Aquí no hay un futuro personal que alumbre mucho.

Cuando una persona aquí en Venezuela por mucho que trabaje honestamente ni siquiera se va a poder comprar una nevera, una cocina o un colchón, pues ¡es muy complicado¡ Y si se van por esas razones, son legítimas.

Quienes nos quedamos lo hacemos sabiendo que quedarse en Venezuela es asumir un sacrificio consciente, pues debemos construir. Eso es lo más difícil: ya después de que las bases están, la construcción es más fácil. Ahorita estamos construyendo.

¿Siempre lo pensó así?

-No. Yo pensaba que la construcción del país se hacía de arriba hacia abajo. Creía que debíamos tener el poder primero. Descubrí que no, que hay que construir desde abajo. Los cambios duraderos son los que hacemos desde abajo hacia arriba.

¿Dónde comienza el cambio?

-Quizá suene a cliché, pero verdaderamente el cambio comienza por uno. Siendo mejor ciudadano también mejora la nación. Y veo un panorama positivo porque en Venezuela hay grandes oportunidades cuando somos creadores de ellas, así como lo somos de nuestros propios sueños. Mientras eso exista, no hay gobierno que nos pueda arrebatar el futuro.

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