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G.K. Chesterton: Por qué la civilización occidental no morirá

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Muchas generaciones encontraron que las ideas de la ortodoxia cristiana no solo eran útiles, sino también verdaderas.

El impulso principal para la evolución del vocabulario de un lenguaje es que, como hablantes de un tiempo en particular, usamos el lenguaje guiados por nuestras propias preferencias peculiares. Guiados por estas preferencias, empezamos a usar algunas palabras más que otras y, además, incluso las clasificamos entre las que vemos con aprobación y las que pensamos son de mal gusto.

En este sentido, parece que nuestra era ha dado preferencia a palabras de origen ‘revolucionario’. Hoy en día, ‘revolución’ es siempre un término de elogio y ser rebelde es algo parecido a un ideal moral. De modo que no es sorpresa descubrir que ‘ortodoxia’ ha seguido el camino de ‘tradición’ y otros términos con connotaciones conservadoras, no es chocante que se use con menos frecuencia que los términos revolucionarios mencionados antes, ni siquiera que se use siempre en modo peyorativo. No se me ocurre ningún contexto en el mundo moderno en que la frase “es muy ortodoxo” se use como expresión de alabanza.

Sin embargo, al igual que con el caso de ‘tradición’, el uso moderno de ‘ortodoxia’ (y sus derivados) se basa en su mayoría en la confusión y la ignorancia. Muchas personas conciben la ortodoxia como una creación artificial, como un grupo bastante pequeño de ideas que un pequeño grupo de personas crean arbitrariamente y mantienen vivas artificialmente al rechazar constantemente ideas nuevas. Sin embargo, este no es realmente el significado de ortodoxia; es decir, no es el significado que le dan los muchos filósofos que pensaron en la ortodoxia como algo digno de defender.

Chesterton, por ejemplo, no piensa de la ortodoxia de esta manera. Para él, la ortodoxia se asemeja íntimamente a lo que William James y su escuela de Pragmatismo entendieron como sentido común: un grupo de ideas que han sobrevivido la arremetida del tiempo porque los humanos de muchas generaciones las encontraron no solamente útiles, sino también verdaderas. Para Chesterton, la ortodoxia cristiana representa esas ideas y opiniones que han sobrevivido el azote del tiempo y han terminado formando lo que hoy se conoce como Civilización occidental:

“Y es que si esta obra es una burla, el burlado soy yo, puesto que soy ese hombre que, con total osadía, descubrió lo que ya estaba descubierto. Si hay un elemento de farsa en estas páginas, habrá de ser a mi costa, pues en ellas se narra cómo creí ser el primero en poner el pie en Brighton, cuando en realidad era el último, y se detallan mis elefantinas aventuras en pos de lo evidente. Nadie considerará mi caso más ridículo que yo, y ningún lector podrá decir que intento burlarme de él: yo soy el chasqueado de esta historia y nadie me despojará de mi trono. Admitiré libremente todas las estúpidas ambiciones de finales del siglo XIX. Como todos los niños serios, intenté ser un adelantado a mi época. Igual que ellos, me esforcé en ir diez minutos por delante de la verdad. Y descubrí que iba mil ochocientos años por detrás. Imposté la voz con penosa grandilocuencia juvenil para exponer mis verdades.

Y recibí el castigo más divertido y merecido, porque, aunque he seguido creyendo en ellas, he descubierto, no que fuesen falsas, sino sencillamente que no eran mías. Creía estar solo, y en realidad me hallaba en la ridícula situación de contar con el apoyo de toda la Cristiandad. Es posible, y espero que el cielo me perdone por ello, que intentara ser original, pero tan sólo conseguí idear un mal remedo de las tradiciones ya existentes de la religión civilizada. (…) Me esforcé en inventar una herejía propia y, después de darle los últimos retoques, descubrí que era la ortodoxia”. (Ortodoxia, Introducción)

No obstante, el aspecto más importante de la noción de Chesterton de ortodoxia es que todas las ideas que la constituyen han de ser descubiertas una y otra vez; que el hecho de haber resistido el paso del tiempo no es garantía de nada. Todo individuo tiene que aprenderlas de nuevo y tiene que defenderlas como la primera persona que las descubrió. Quizás fue contra un entendimiento similar de la ortodoxia que Nicolás Gómez Dávila escribió: “Madurar es transformar un creciente número de lugares comunes en auténtica experiencia espiritual”. (Escolios a un texto implícito, § 655)

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