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¿Tú sabes descubrir y escoger lo que Dios quiere para ti?

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Seguir a Jesús no puede significar cumplir normas

Me gustaría vivir siempre poniendo a Dios en el centro de mis pasos. Y a los demás a los que amo. Queriendo su bien, y no el mío propio. Queriendo que todos se salven, no yo solo. Siguiendo a Jesús en los que lo siguen. Haciendo las cosas por amor y no buscando mi propio provecho.

Dice el papa Francisco en Amoris Laetitia:

“Estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas. La libertad para elegir permite proyectar la propia vida y cultivar lo mejor de uno mismo, pero si no tiene objetivos nobles y disciplina personal, degenera en una incapacidad de donarse generosamente”.

¿Cuál es la motivación que mueve mis pasos? ¿Cuál es el amor que me lleva a dar la vida por muchos, para que se salven, para que su vida sea plena?

No quiero que decidan por mí. A veces me encuentro con personas que esperan que la Iglesia decida por ellas. O un sacerdote. U otra persona en la que confían.

No sé si detrás está el miedo a equivocarse, asumiendo responsabilidades. O el miedo a no hacer lo que Dios les pide en cada momento.

Creo que a veces no conocen a ese Dios al que dicen amar. No saben cómo es y no entienden sus deseos. Creo que la fe que profesan no ha bajado de la cabeza al corazón, no ha penetrado todas las fibras de su ser.

Como decía el padre José Kentenich: Si en el alma no existe una fuerte receptividad para lo religioso, si no se cultiva lo religioso, entonces en esta época tenemos que contar con que las raíces de la fe queden demasiado adheridas a la cabeza y no lleguen al corazón. Y aun cuando hayan calado un poco en el corazón, que no lleguen sin embargo al subconsciente”[1].

Una fe inmadura. O una fe de ideas. De normas, de preceptos. Una fe de voluntad firme y recia. Una fe de creencias y dogmas. Una fe desencarnada. Como si Jesús no se hubiera hecho carne de mi carne para mostrarme el camino.

Una fe tan vacía en la que el seguimiento a Jesús y a los que creen en Jesús se hace sin hondura, sin profundidad.

Me da pena esa fe infantil que me exige a mí tomar decisiones por ellos. Y decirles lo que está bien o mal.

Si yo no sé decidir en mi corazón es que no tengo una fe verdadera, madura y formada.

Tal vez a veces deseo que otros confirmen mis decisiones. Aun sabiendo yo muy bien que están equivocadas. Que no sigo el camino que me hace bien. Necesito la aprobación del mundo antes que la de Dios. Y por eso la exijo o la espero.

A veces resulta que no todo lo que hago está orientado hacia Dios. Me busco a mí mismo poniendo detrás de mis intenciones una idea vaga de un Dios lejano al que no conozco de verdad.

Me gustaría tener una fe más auténtica, más libre, más verdadera. Quiero que Jesús me enamore más de sus pasos. Y me haga creer que sus palabras imposibles están hechas para mí. Sin reducir su mensaje a la altura de mis ojos.

Aceptando que yo solo no puedo hacer lo que me pide porque supera mis fuerzas. Sin su gracia nada puedo.

Escribía Benedicto XVI: Las palabras de Jesús son siempre más grandes que nuestra razón. Superan continuamente nuestra inteligencia. Es comprensible la tentación de reducirlas, manipularlas para ajustarlas a nuestra medida. Un aspecto de la exégesis es precisamente la humildad de respetar esta grandeza, que a menudo nos supera con sus exigencias, y de no reducir las palabras de Jesús preguntándonos sobre lo que es capaz de hacer. Él piensa que puede hacer grandes cosas. Creer es someterse a esta grandeza y crecer paso a paso hacia ella”[2].

Quiero aceptar que sus planes superan mi capacidad humana, siempre es así. Entender que seguir sus pasos es siempre desproporcionado.

Mis piernas son cortas. Él me pide más de lo que yo puedo lograr. Es más grande de lo que mi mirada abarca. Es más imposible de lo que mi corazón me dice que yo puedo hacer.

Pero no me desanimo. Lo hago todo por Él. No quiero hacerlo todo perfecto. Pongo mi vida en sus manos. Que Él la tome. Yo la entrego con humildad. Consciente de mi pequeñez. Abandonando mis planes tan humanos y queriendo que su luz ilumine mis pasos. Tomo decisiones audaces que superan mis fuerzas.

El padre José Kentenich quería formar hombres autónomos y libres: “Es la persona autónoma, con alma, pronta a decidir, responsable de sí misma, interiormente libre, que no se deja esclavizar por las formas, pero que tampoco cae en el capricho de no reconocer vinculación alguna”[3].

Quiero aprender a decir sí al amor eterno. Entregando toda mi vida sin medir mis fuerzas. Amando sin medida, sin calcular cuánto recibo a cambio. Dando sin esperar. Amando sin querer siempre ser amado.

Ese amor sin medida de Dios ha de gobernar mis pasos. No deseo vivir asustado entre los límites de la norma que pone freno a mis pasos.

[1] J. Kentenich, Los años ocultos, Dorothea M. Schlickmann

[2] Benedicto XVI, La infancia de Jesús

[3] Christian Feldmann, Rebelde de Dios

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