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Un marginado se acercó a Jesús y esta fue su inesperada reacción

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Me protejo de los diferentes, de los ajenos, de los que están equivocados en sus juicios. Los aíslo. O mejor dicho, me aíslo

Un leproso se acerca a Jesús. Se salta las normas que ponían límites humanos: “En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: – Si quieres, puedes limpiarme”.

Se acercó cuando la ley le decía que debería estar lejos. Tenía que gritar desde lejos que era leproso, que era impuro. El leproso sabe que está condenado. Es impuro y no puede acercarse a los que están sanos.

Así lo dice la ley de Dios: El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: – ¡Impuro, impuro! Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento”. Está condenado a morir solo, abandonado.

Este leproso habría oído hablar de Jesús. Viviría fuera, apartado, pero hoy se arriesga y se acerca. Al fin y al cabo no tiene nada que perder. Cree en Jesús.

Esa fe me conmueve. No pone a prueba a Jesús. Está seguro de que sí puede.

El ser leproso estaba asociado con la impureza. Él rompe las normas, porque es audaz. Se arriesga al rechazo de Jesús, de la gente, de Dios mismo.

A veces soy tan poco audaz. A veces espero que me lo den todo hecho, que me lo solucionen todo. Y exijo.

Me duele que la vida no me dé lo que busco. Mi grupo de amigos, de compañeros, no responde a mis anhelos. Esperaba otra cosa de las personas. De los que me prometen amor fiel. De la Iglesia. Todos me defraudan. Espero más. Pero no hago nada.

Quiero ser más audaz, moverme, dar un salto. Quiero buscar fuera de mí lo que me falta.

Eso hace hoy el leproso. Hace lo que nadie hace. Hace quizás lo que nunca antes en su vida había hecho. Tal vez no se había atrevido a exponerse al insulto, o a las piedras. Se acerca y llega donde está Jesús. Se acerca a Él. Cree en Él.

No le pregunta a Jesús si puede limpiarlo. Lo afirma: Si quieres, puedes limpiarme”. Le deja hacerlo. Le invita a hacerlo.

Me llama mucho la atención esa fe firme. Cree en Jesús. Espera que intervenga. Se lo pide. Sólo si Jesús quiere.

No le dice que le sane sino que le limpie. Se sentía sucio. Le habían hecho creer que estaba sucio por dentro. Le habían puesto la etiqueta de impuro. Sólo porque su piel se secaba. Sólo porque contaminaba con una enfermedad de muerte. Él se lo había creído.

La lepra es sencillamente una enfermedad contagiosa que acaba destruyendo el cuerpo. Pero en esa época está asociada a la impureza, a la suciedad. Y trae consigo la obligación de apartarse de los limpios. El leproso sólo puede vivir al margen, en soledad.

Era la peor enfermedad porque te apartaba de todo. De la vida. Del camino. De los otros. De la familia. Soledad en cuevas. Lejos de la ciudad.

Me conmueve ese hombre que se acercó a Jesús y saltó por encima de los prejuicios de los hombres. Se detiene ante Jesús. Cree en Él. Se lo dice.

Tiene los ojos puros, sabe mirar el corazón de Jesús. Le tachaban de impuro pero sus ojos limpios me impresionan. Es mucho más puro que los que le condenan.

A veces es así. Tengo la etiqueta de puro y a lo mejor mi alma está enferma y mi mirada sucia. Y al revés, me tachan de impuro, pero mi corazón es inocente y está limpio.

Me puedo quedar en la apariencia de las cosas sin mirar la profundidad. Me puedo quedar en la norma, en lo que todos dicen y creen. Me puedo convertir en acusación pública. Y me dejo llevar por la fama que tiene cada uno.

Hoy Jesús me pide que mire el corazón. No la apariencia. Y venza mi prejuicio.

Este leproso está tan necesitado y suplica con tanta fe, que Jesús se conmueve ante su petición: “Sintiendo lástima”. Nos lo dice el evangelista. Tuvo compasión de su dolor, de su marginación, de su soledad, de su impureza. Se conmovió al ver su fe, su necesidad, su humildad.

Siempre me impresiona cuando Jesús se conmueve. Se emociona. Es tan humano. Su corazón da un vuelco. Algo vio en esa mirada que tocó su alma. No permanece indiferente ante la vida.

Corro el peligro de construir un muro en torno a mi vida para no sufrir. Para que no me haga daño el mundo adverso. Para que no me toque la lepra de los enfermos y menesterosos que me rodean. Me hago una protección para que nadie se acerque.

Jesús hoy se conmueve. Pero además sucede algo más importante. Jesús lo toca: “Extendió la mano y lo tocó”.

Eso es más fuerte todavía que el milagro. Jesús mira al que nadie mira. Se conmueve con aquel del que todos huyen. Y toca al que nadie se atreve a acercarse. Jesús toca al que es intocable.

Se podía contagiar. Era peligroso. Si Jesús contraía la lepra, ya no podría ayudar a nadie. Su vida hubiera sido inútil, en vano.

Jesús parece poco prudente. Me sorprende. ¿Qué sentido tiene tocar a un leproso? Lo podía haber curado desde lejos. Con una palabra era suficiente.

Pero esta es la vocación de Jesús. Se hizo carne de mi carne para tocar a los hombres, para acariciar sus heridas. Para bajar a mi dolor y sacarme de mi tumba.

Jesús toca a los enfermos en su enfermedad. No desde la distancia. Los sana con sus manos. Los sostiene entre sus brazos. Jesús se mezcla con todos, no se rodea de “puros”. Toca justo donde más duele. En la herida más honda. Toca su lepra, su carne enferma.

Al tocarlo sana su alma. Porque alguien se ha preocupado de él. Porque alguien lo ha tocado por amor, arriesgándose a enfermar.

A veces deseo vivir en una burbuja, en un ambiente protegido con los que son iguales a mí. No me quiero contaminar. No quiero tocar ni acercarme.

Quiero que mis hijos no se contaminen de los distintos. Que tengan amigos como ellos. Iguales en su forma de pensar y vivir. Con padres parecidos a mí. Quiero que todos estén de acuerdo conmigo, con mi forma de pensar.

Me protejo de los diferentes, de los ajenos, de los que están equivocados en sus juicios. Los aíslo. O mejor dicho, me aíslo. Me construyo una isla protegida. Donde nadie pueda hacerme daño.

Hoy miro cómo actúa Jesús. Creo que tengo que mirarlo mil veces en mi vida para comprender cómo mira. Mira con misericordia. Mira el corazón y se deja tocar por un enfermo.

El leproso no es invisible. Jesús se detiene, lo mira, lo toca. Se deja tocar por pecadores. No se aparta, se acerca, vive y come con ellos.

Hoy es un leproso quien le pide limpiarse. No está sucio. Sólo enfermo. Eso es lo primero que le dice Jesús al tocarlo. Su fe es tan pura, su mirada es tan pura, su dolor tan grande, que Jesús no se resiste.

¡Cuántos que viven cerca de Él no creen como este hombre que padece la lepra! Por eso lo toca. Con ternura. Sin miedo. Se expone a morir. Su amor es más fuerte que el miedo. Su compasión abre las compuertas de su corazón. Brota de Él la vida.

Jesús sana en las distancias cortas. Esas que a mí me cuestan a veces. Me quedo a distancia para que no me roben mi tiempo. Me construyo un muro para no sentir, para no conmoverme. Mejor así, pienso.

Soy yo el que vivo aislado. Soy yo el leproso que no entra en contacto con nadie. Una soledad buscada, egoísta, protegida. En la que me siento bien conmigo mismo. Bien a solas, puro, sano, salvo. Pero no me doy, no amo, no me entrego.

Y entonces sucede el milagro: “Quiero, queda limpio. La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio”.

Le contesta como el hombre desea. Lo limpia por dentro y por fuera. Le devuelve la posibilidad de vivir con los demás, de ser uno más.

Le quita la soledad pegada a su piel. Acaba son su miedo a la muerte y al rechazo. Y de golpe le quita la etiqueta de impuro. Rompe ese muro en el que habían encerrado su alma. Y lo toca. Y lo sana.

El leproso se salta la ley. Pero Jesús también. Limpia al que sólo tenía suciedad en el exterior. Ya nadie lo rechazará con la mirada. Ha dejado de estar solo.

¿Quién está apartado de mí? ¿Quién se acerca a mí y tantas veces me cuesta su presencia?

A veces yo decido dividir el mundo entre los puros y los impuros. Ente los que me hacen bien y los que son una amenaza para mi seguridad.

Entre los que me pueden dar algo y los que sólo me exigen y piden. Entre los que me amenazan con su manera de pensar distinta a la mía y los que piensan como yo.

Entre los que viven y aman de una forma que yo considero pecaminosa o ajena a mi vida. Y los que se comportan como yo lo hago.

Aparto a los distintos. Los juzgo en mi corazón. Decido además que son impuros. Y yo me creo puro quizás por ser cristiano, por ir a misa los domingos, por cumplir con ciertas normas. Y es mentira. No soy tan puro.

También yo estoy necesitado de Dios. Necesito limpiarme. Yo estoy sucio y a veces esa suciedad que llevo en el alma, no la veo.

Pero a veces esa suciedad me aparta de los demás. O me aparta de Dios. No soy como este hombre que cree que Jesús puede curarlo. No me acerco a Él para suplicar misericordia. Pienso que no me merezco que me sane. Pienso que mi suciedad no tiene cura, ni perdón.

Y no creo en el amor de Jesús que, como con este hombre, es capaz de acercarse dejándolo todo por mí. Se acerca para tocarme justo en mi lepra.

Jesús se acerca es este hombre leproso. El leproso hizo un largo camino hasta Jesús. Desde que lo pensó hasta que se aventuró pasando por encima de lo conveniente y lo políticamente correcto.

Primero el paso fue en su alma. Siempre es así. Decidimos en el corazón. Dudaría, sopesaría riesgos. ¿Y si se decepciona porque Jesús lo rechaza o no tiene poder para curarlo? Después de la expectativa la decepción sería aún más dura. Casi no merece la pena arriesgar tanto.

A veces prefiero quedarme como estoy. Inmóvil. Tengo una etiqueta, soy leproso, sucio. Y me acostumbro a vivir así.

¿Cuál es mi etiqueta? ¿Mi imagen? ¿Qué etiqueta me han puesto los demás o yo mismo?

Esa etiqueta en ocasiones me aleja de las personas y de Dios. Quiero recorrer el camino del leproso. Desde mi soledad hasta Jesús. Jesús atrae poderosamente. Su poder. Su bondad. Su mirada. Su manera de curar a enfermos. Su estilo de vivir entre los hombres sin protegerse.

El leproso cree en Él. Lo necesita. Yo también creo. También lo necesito. Quiero dar un paso, salir de mí mismo y caminar hasta Jesús.

Ante Jesús me despojo de todo. Estoy a su merced, vulnerable. Jesús se conmueve por mi dolor como se conmueve con el leproso. Me enseña a tocar y a dar la mano. Me enseña a vencer los miedos. Se acerca y me toca.

Si me acerco me recibe con compasión y ternura. Mira mi corazón. Me limpia. Quiero quedar limpio. Estoy sucio. Quiero acercarme a Jesús. Y que me toque donde más me duele. En mi herida. En mi suciedad.

Este hombre que ha sido curado no puede callarse:

“Él lo despidió, encargándole severamente: – No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés. Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grades ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a Él de todas partes”.

Suele ser así. ¿Quién puede callar la alegría por haber sido amado de esa forma? Primero va al sacerdote para que certifique que está limpio y pueda vivir en sociedad.

Jesús es delicado, sabe lo importante que es. Lo reintegra, ese es el milagro de verdad. Pienso en su familia, en aquellos a los que ama y lo aman. Por fin puede vivir junto a ellos. Le devolvió la esperanza de vivir con otros.

No pudo callarse, se dedicó a contar lo que Jesús había hecho con su vida. No le hizo caso a Jesús. No dejó de contar que fue Jesús el que le cambió la vida.

Lo comprendo perfectamente. Le devolvió la alegría de vivir y eso no se puede silenciar.

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