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Como mínimo, tendréis historias divertidas para contar a vuestros hijos.

Uno de mis recuerdos favoritos con mi mejor amiga de la universidad, Meaghan, es el club de cocina que organizamos con nuestras parejas de un año. Junto con otras tres parejas recién casadas, nos turnábamos para organizar elaborados encuentros culinarios con varios platos. Cada vez escogíamos una temática y yo, en un arrebato de idiotez, decidí utilizar el libro de cocina china auténtica de mi marido.

Antes de continuar, quizás sería importante señalar que hacía muy poco que había empezado a aprender a cocinar. Mis especialidades eran pollo al horno con salsa de tomate y feta y una cacerola muy colorida con espinacas, pasta, pollo, queso y pimiento rojo ─que un amigo de la familia apodó con mucho acierto como “cacerola nuclear”─.

Los nidos de fideos fritos enredados y las sopas agripicantes no estaban para nada en mi repertorio, pero una tarde de abundante café y cachondeo, Meaghan y yo decidimos que no solo éramos capaces de cocinar platos chinos auténticos, sino que íbamos a hacerlo.

Basta decir que, en realidad, no conseguimos cocinar comida china de verdad. Los fideos eran una maraña dura y chiclosa de confusión y fracaso, pero el plato claramente vencedor en la categoría de “cocina desastre” fue la sopa agripicante.

Todo tenía un aspecto (y un olor) fabuloso, hasta que nos topamos con una enigmática instrucción de la receta que decía que teníamos que reservar la gran cantidad de agua que habíamos usado para rehidratar las setas. No había otro paso en la receta en el que luego se usara esa agua reservada, así que no entendíamos por qué teníamos que reservarla. Al final, decidimos que seguramente habría que verterla en la sopa.

Sin lugar a dudas, no había que verterla en la sopa. Nuestra sopa terminó con un aspecto, olor y sabor predominante de agua de seta rehidratada. Toda la cena era 100 por cien incomible aunque, por fortuna, el sushi casero de Meaghan estaba ridículamente delicioso. Mucho más rico que cualquier cosa que ofreciera yo, excepto mi muy generoso lote de sake servido con desenfreno (en especial después del terrible sabor de la sopa de agua de setas).

Sarah von Bargen (de la revista Yes and Yes) incluye nuestra sugerencia de desventura culinaria en su publicación sobre “15 maneras de ponerse al día con los amigos (que no sea ir a tomar un café o una copa)” y tengo que decir que estoy de acuerdo al 100 por cien con todas sus sugerencias. En especial la que hace un guiño al legado de nuestra terrible sopa de agua de setas.

Una receta que es trabajosa y complicada cuando la haces a solas se convierte en fantástica y divertida cuando la haces con amigos.

Incluso podéis convertirlo en una actividad habitual: intentad encontrar La Receta Perfecta de suflé de queso o reuníos una vez al mes para probar una nueva receta de pasta fresca. El beneficio adicional es, obviamente, que al final podéis comer algo delicioso juntos.

Ni que decir tiene que las expectativas de comer algo sublime al final de la reunión no siempre se cumplen. Sin embargo, si resulta que vosotros también termináis creando una parodia culinaria y la servís a los amigos invitados, mirad el lado bueno: dispondréis de una divertida historia con la que entretener a amigos, familiares e hijos en los años venideros.

Si eso no es amistad, ¿qué es entonces?

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