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Gobierno y oposición venezolanos sin acuerdo en República Dominicana

VENEZUELA

Andrés E. Azpúrua-(CC BY-ND 2.0)

Macky Arenas - Aleteia Venezuela - publicado el 01/02/18

Crónica de un fracaso anunciado

Era de esperarse. No hubo acuerdo en esta tercera ronda de conversaciones. Dicen que a la tercera va la vencida y parece que, una vez más, se confirma la sentencia. Dos puntos eran álgidos: elecciones limpias para permitir al pueblo decidir quién sería el próximo presidente y el reconocimiento o no de la Asamblea Nacional Constituyente. Nos atrevemos a decir – y por ello los colocamos en ése orden- que el objetivo central era impedir que los venezolanos pudieran elegir libremente. Lo de la ANC pasaría a un segundo plano si el régimen garantizaba su permanencia en el poder. El gran animador de la intolerancia oficialista fue Zapatero.

Jorge Roig –asesor opositor- ponía en su cuenta de Twitter a las 10:54pm de anoche: “No hubo acuerdo como era de esperarse. La perversa combinación del Gobierno y Zapatero decidieron que no haya elecciones libres. Los catastrófistas que esperaban que se reconociera la ANC se quedaron con los crespos hechos”.

La oposición no cedió. Ahora estamos ante otro cuadro, que puede ser incierto pero también cabe la posibilidad de que acelere otras agendas, hasta ahora descartadas en aras de ofrecer el beneficio de la duda al diálogo.

En Venezuela ya no se habla de crisis, sino de “catástrofe”, tan mal están las cosas. Ya lo decía ayer en Le Figaro Laurence Debray, la hija historiadora de Regis Debray y de la periodista venezolana Elizabeth Burgos: “Los venezolanos sufren un sadismo de Estado”. Juan Manuel Rafalli –abogado constitucionalista-, terciaba a las 11:00pm: “Lamentable actitud del Gobierno. No reconoce catástrofe nacional y no están dispuestos a garantizar elecciones libres y limpias. Hicimos todo lo posible…”

En alguna ocasión alertábamos sobre el propósito del régimen de Maduro, eternizarse en el poder, dejando claro que por ello sacrificaría cualquier otro. De hecho, venían trabajando para ello desde que Hugo Chávez llegó a gobernar. Es el modelo cubano: elecciones, sí, pero controladas. Fidel Castro, en su momento, dijo: “Elecciones? Para qué? “ y, en toda regla, más nunca las hubo.  En eso tienen medio siglo. Un poco más lento, jugando al desgaste del voto, al quiebre de la fe en la efectividad de las elecciones fue el método en Venezuela. Usaron la democracia para acabar con la democracia.

Hoy se ha confirmado. Ni por la vía del diálogo ni por la ruta pacífica dejarán el poder. La Iglesia lo venía advirtiendo y por ello aconsejaba trabajar en la búsqueda de otras alternativas, tan constitucionales como la electoral y tan “bendecidas” como el voto.

El episcopado venezolano venía mostrando reservas acerca del papel de Zapatero y otros mediadores. La más reciente exhortación pastoral, quizá la más lúcida y contundente de todas –que todas lo han sido- recordaba “lo que dice la Constitución Nacional: La soberanía reside intransferiblemente en el pueblo… (Art. 5), por tanto, es el pueblo el que debe asumir “su vocación de ser sujeto social con sus capacidades de realizar iniciativas como, por ejemplo, que la sociedad civil lleve adelante una consulta para señalar el rumbo que quiere dar a la nación como prevé nuestra Carta Magna (Cfr. Art. 71)” (n.6). Es el propio pueblo, y no una instancia espúrea el que sitúe las cosas en su justo lugar”.

Además, los obispos interpelaron directamente a la dirigencia política: “Debe asumir responsablemente la difícil y real situación: la comunidad internacional ha declarado abiertamente su convicción de que la actuación del gobierno es inaceptable. La dirigencia de los partidos políticos ha sido en muchas circunstancias deficiente e incoherente. Deben abrirse a buscar un consenso con los diferentes sectores de la sociedad, pues una condición imprescindible es el reconocerse y lograr una unidad política que va mucho más allá de las alianzas electorales”. La Iglesia, preclara, se adelantó.

Rex Tillerson, secretario de estado de los Estados Unidos, también: este miércoles se anunció su primera gira por varios países latinoamericanos a través de la cual «pedirá más presión sobre el gobierno venezolano».

Asdrúbal Oliveros, conocido economista, otro del equipo opositor, escribió a las 11:05pm: “No hay acuerdo. Gobierno no cumple con el tema de las garantías para las elecciones. Y no vamos a aceptarlo. Es mejor cero acuerdo que un acuerdo malo. La crisis se agrava frente a un gobierno indolente que se niega a una salida institucional”.

Los tres asesores de la representación opositora en República Dominicana, se apresuraron a borrar los tuits cuando se supo de la extensión del proceso de diálogo hasta el próximo lunes. Pero, como decimos en criollo, nadie da un céntimo por ello. Aún así, los milagros existen y es la única manera de que el humo blanco salga por la chimenea.

¿Qué sigue? En esos términos, ni la cohabitación sería viable puesto que, según palabras del propio Maduro, esperaban firmar “un acuerdo de convivencia con la oposición”. No se pudo. Parece que, como en la canción de Rocío Jurado, “se rompió la confianza de tanto usarla”. Todo parece indicar que se abre otra etapa de la lucha por la libertad en Venezuela. Y la comunidad internacional encara otra realidad, la de un gobierno que reta todas las apelaciones del mundo civilizado y se salta a la torera acuerdos, convenios y compromisos de cualquier índole. Serán capaces de agenciar mecanismos y producir escarmientos que impidan la reproducción del tipo de régimen que se atornilla en Venezuela y que les plantea una peligrosa gama de conflictos?

Vienen tiempos de definiciones estratégicas, de toma de posiciones definitivas en el liderazgo interno, de cambios en la agenda internacional que, de una forma u otra, apostó por el diálogo. Se supone que va llegando el momento de asumir que el gobierno, desde aquella mesa donde se sentó la Santa Sede, no ha variado en su objetivo: implosionar cualquier intento de diálogo y no ceder en lo fundamental, repeliendo sin pudor aquello que coloque en riesgo su permanencia en el poder.

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