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34 cóndores fueron hallados muertos en Marlagüe, Mendoza, presuntamente envenenados

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Duro golpe a la población de cóndores, emblema sudamericano

Es el rey de los Andes, y uno de los animales más emblemáticos de Sudamérica. Verlo sobrevolar la Cordillera es un privilegio por el que vale la pena la paciencia y el esfuerzo de extensas expediciones. Es que al volar el Cóndor es uno con el viento, planeando con las corrientes suavemente como si por hielo se deslizase, y extendiendo sus increíbles alas que abiertas pueden alcanzar hasta los 3 metros. Ya sobre una roca o tierra es imponente, con su metro de altura. Pero en el aire, a más de 5.000 metros de altura y durante minutos y minutos sin siquiera aletear, planeando, no hay otro adjetivo más acertado que majestuosidad.

Pero ver al cóndor, emblema de la fauna cordillerana presente en escudos de países, provincias y regiones, es cada vez más difícil. Y una grave tragedia ocurrida estos días en la Argentina acentúa un proceso que lo podría acercar a un riesgo claro de extinción. 34 cóndores fueron hallados muertos en Marlagüe, Mendoza, presuntamente envenenados. Los restos fueron hallados por un grupo que realizaba trekking a más de 3.000 metros de altura, amontonados. Junto con ellos había también un puma, especie autóctona también en la mira por riesgo de extinción en la zona, y otros animales.

Se presume que podrían haber sido víctimas de una práctica común en algunos productores rurales. Habitantes locales suelen intentar envenenar a grandes carnívoros que atacan su ganado. Los agrotóxicos en intensidades fuertes matan a estos, o involuntariamente a otros animales, y al ser abordados por los carroñeros como los cóndores los intoxican. La presencia de este tipo de aves es fundamental para conservar el ecosistema y mantiene el equilibrio en zonas donde a veces el hombre raramente accede.

En es la Argentina y en Chile donde se han avistado recientemente más ejemplares de esta especie, que en el pasado dominaba desde Venezuela hasta la Patagonia, pasando por Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina y Chile. Pero las cifras en la Argentina y Chile no son para relajarse.

¿En qué afectan 34 ejemplares a una especie entera?

En Venezuela, donde existen 12 o 14 ejemplares, hubiese supuesto la exterminación completa del animal tras años de esfuerzo por reintroducirlo. En Ecuador, acabar con la mitad de la población. Pero en la Argentina y en Chile, donde se supone se resguarda la mayor cantidad de aves de este tipo, el impacto no es menor. “En 26 años logramos que nacieran 64 cóndores. Esos pichones tardaron 12 años en ser adultos. Y esos adultos, que son monógamos, tienen una cría cada 3 años por lo que el impacto de lo sucedido es desastroso, demoledor. Han quedado en un grado límite. Es muy grave”, explicó al diario La Mañana de Neuquén Luis Jácome, presidente de la Fundación Bioandina Argentina, organización que coordina uno de los programas de conservación de los cóndores más importantes.

Para la Unión Mundial por la Naturaleza, el cóndor andino está categorizado como animal cercano a la amenaza de extinción. En la poca gravedad de esta consideración han influido los importantes trabajos para la conservación en parques nacionales y los esfuerzos de los estados y de las ONGs. Pero en los últimos años se han visto cada vez más casos de envenenamiento masivo como este. Según publicó el diario Clarín la organización ‘Aves Argentinas’ informó que en los últimos 13 meses se registraron 66 muertes de cóndores, más de los que se criaron y liberaron en 26 años.

El Grupo de Investigaciones en Biología de la Conservación, GRINBIC, fue ilustrativo. Si se toma como válido el registro de 6.700 cóndores andinos registrados, la muerte de estos 34 ejemplares supondría la pérdida del 0.51% de la población mundial de la especie. Ese porcentaje, en la población humana, supondría la pérdida de 38 millones de personas. Y considerando que 30 de los cóndores hallados ya eran adultos en edad de reproducción, la pérdida podría ser mayor.

La señala de alerta está encendida. Cuidemos al cóndor.

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