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Los archivos del Pentágono: ¿El periodismo, una religión?

© The Post

Hilario J. Rodríguez - publicado el 21/01/18

Uno de los mayores problemas de algunas películas sobre periodistas o periodismo es que estamos tan de acuerdo con cuanto nos proponen que sólo pueden despertarnos dudas....

La verdad es casi siempre una pugna entre relatos, como puede verse en muchos juicios donde un veredicto se emite en función de la habilidad retórica del abogado o el fiscal, pero no porque haya pruebas contundentes contra el acusado.

Por eso no es extraño que el periodismo, eterno aspirante a la Verdad con mayúscula, siempre haya echado mano de estrategias literarias en mayor o menor medida, dependiendo de sus aspiraciones, pues no es lo mismo sostener verdades de perogrullo que verdades absolutas.

Aun así, no está de más que recordemos que, para hablar de la verdad de un relato, debemos conocer los diferentes relatos de la verdad. Según la periodista Janet Malcolm, «vamos por la vida oyendo mal, viendo mal e interpretando mal para dar sentido a la historia que nos contamos a nosotros mismos». Y todavía oímos, vemos e interpretamos peor cuando se la queremos contar a los demás.

Uno de los mayores problemas de algunas películas sobre periodistas o periodismo es que estamos tan de acuerdo con cuanto nos proponen que sólo pueden despertarnos dudas, en torno a sus imágenes y sus argumentos pero también en torno a nosotros, los espectadores.

Me refiero a Luna nueva (His Girl Friday, 1940, Howard Hawks), El gran carnaval (Ace in the Hole, 1951, Billy Wilder), Todos los hombres del Presidente (All the President’s Men, 1976, Alan J. Pakula), El dilema (The Insider, 1999, Michael Mann), Buenas noches y buena suerte (Good Night and Good Luck, 2005, George Clooney) o las más recientes La verdad (Truth, 2015, Tom Vanderbilt) y Spotlight (2015, Tom McCarthy).

Poco importa si sus personajes son cínicos o idealistas, todas vienen a decirnos lo mismo con diferentes palabras (como si se tratasen de las familias felices de la frase de Tolstoi, que para él siempre son iguales): Transforman el periodismo en una religión y a los periodistas en sumos sacerdotes.

Viéndolas tengo la sensación de que sin los periódicos o las noticias en la televisión y en la radio, sólo nos queda resignarnos a vivir en un mundo corrupto, oscuro y asfixiante. Y aunque soy gallego, una idea de ese tamaño me parece desproporcionada, quizás por mi desconfianza hacia el centro y mi preferencia por las periferias, donde la verdad y las grandes palabras suelen ser más relativas.

Steven Spielberg no cuenta nada nuevo -capaz de provocar un cortocircuito cerebral- en Los archivos del Pentágono, pero lo que cuenta lo visualiza con la convicción de que a su película bonita y hasta rutinariamente genial, pese a la sensación de urgencia con que la rodó, la pudiesen sacar de un aprieto sus actores, sobre todo Tom Hanks y Meryl Streep, siempre dispuestos a declamar a Shakespeare mientras sueltan los discursos de dos buenos ciudadanos en un castillo danés en Winconsin, demostrando así que Estados Unidos puede descansar tranquilo aunque su presidente sea Donald Trump. Siempre nos quedará un Hamlet de Kentucky o un Macbeth de Missouri para poner las cosas en su sitio.

Por supuesto, Shakespeare en formato capitalista no suena isabelino, suena a discurso postcapitalista (lleno de vibrantes verdades como puños contra el Poder que los estadounidenses secundan mayoritariamente) y postkafkiano (con Gregorios Samsa que siempre pueden expiar sus culpas como votantes yendo al cine).

The Post, en la película de Steven Spielberg, hace referencia al periódico Washington Post de una forma apocopada, sin la ubicación geográfica de su redacción principal, demasiado cerca de la Casa Blanca y del Pentágono, demasiado ligada a la política y el ejército, dos poderes que en Estados Unidos a veces no actúan siguiendo los parámetros de la razón sino los de la fuerza de la razón, como sugirió Bertrand Russell.

Que la película funcione más como obra de cámara que como sinfonía le proporciona credibilidad, pese a su perfecto ritmo narrativo, y eleva moralmente sus imágenes, desplazando a su director de su trono de Rey Midas del cine comercial, experto en golosinas, para acentuar su complejidad en planos que van más allá de lo formal.

No se trata de cine museístico, se trata ante todo de cine periodístico, de intervención en el presente y no de desvío nostálgico, aunque en el futuro llegue a convertirse en un objeto de melancolía, cuando su lado más activista se haya disipado.

Los archivos del Pentágono nos viene a decir que Nixon era un Trump de la vida: un bully con una administración dispuesta a amenazar y poner las pilas a quien se le pusiese por delante. Nos advierte que lo que Estados Unidos hacía en Vietnam no es muy diferente a lo que pasa hoy en día, cuando al Presidente lo acompaña la sombra de la sospecha por sus tejemanejes con Putin, se lo ve menospreciar a mujeres e insultar a minorías, censurar a la prensa porque no le ríe las gracias, etcétera. Un poco como Reagan y la familia Bush. De eso va la película: de hoy a través de ayer. Es decir, de cambiar las cosas aunque al final sólo sea para que todo siga siendo igual.

El argumento de la película comienza en 1966 pero muy pronto se centra en unas cuantas semanas de 1971, después de que The New York Times hubiese publicado algunas páginas de los Papeles del Pentágono, varios miles de páginas que ponían al descubierto las actuaciones de Estados Unidos en el Sudeste Asiático y después de que el Fiscal General consiguiese que un juez acusara al periódico de infringir la Ley y practicar espionaje contra el Estado.

Por aquel entonces el Washington Post deseaba convertirse en una alternativa al Times, con una tirada a nivel nacional y un impacto informativo a su altura, por eso decidió vender acciones en Bolsa al mismo tiempo que desafiaba leyes, presiones y amenazas con una serie de artículos que primero cuestionaron la intervención militar del país en el extranjero y luego limitarían el poder de su Presidente.

Por supuesto, Spielberg no se centra en este escenario sino que lo proyecta a partir de personajes y dramas personales de tamaño doméstico, que poco a poco adquieren dimensiones mayores, como suele suceder en el mejor cine norteamericano, desde John Ford en adelante, pasando por Clint Eastwood o Paul Thomas Anderson, cada uno a su manera, claro.

Me parece innecesario insistir en la interpretación de Tom Hanks o de la actualización que hace con su personaje de otros interpretados hace décadas por Spencer Tracy o Glenn Ford, ante quienes nunca palidece.

Quien más me intrigó del reparto fue Meryl Streep, no por su matizada actuación sino por la sutileza con la que retrata a una mujer de edad avanzada ante su segunda oportunidad en la vida, inmersa en un mundo de hombres (salvajemente descritos ante sus máquinas de escribir y sus consejos de redacción, y durante sus conversaciones sobre economía o política con mujeres a quienes trataban como objetos decorativos) y a punto de dejarse oír por primera vez, después de vencer sus miedos (ante la posibilidad de traicionar amistades si se deja gobernar por la verdad) y sus traumas (por haber heredado un próspero negocio construido por su marido antes de morir).

Ella encarna el silencio de ciertas imágenes sobre las que a veces pasamos con demasiada rapidez, sin apreciar su profundidad, y que Spielberg lleva creando y ampliando su campo de batalla desde hace ya unas cuantas décadas.

Ficha Técnica

Título original: The Post (2017).
País: Estados Unidos.
Director: Steven Spielberg.
Guión: Liz Hannah.
Reparto: Tom Hanks, Meryl Streep, Sarah Paulson, Jesse Plemons, Bob Odenkirk, Matthew Rhys, Michael Stuhlbarg, Alison Brie, Carrie Coon, David Cross, Bruce Greenwood, Tracy Letts, Bradley Whitford, Zack Woods.

Tags:
cine
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