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¿Qué empuja a un sacerdote a cometer abusos sexuales contra menores?

VIOLENCE

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Gelsomino del Guercio - publicado el 16/01/18

Un libro en Italia intenta indagar en este espinoso tema

Sacerdotes y aspirantes a sacerdotes que se convierten en pedófilos encallecidos. ¿Qué empuja a esta degeneración? Ha intentado indagar en este delicadísimo tema Luisa Bove en Abusi sessuali nella Chiesa? Meglio prevenire (¿Abusos sexuales en la Iglesia? Mejor prevenir,Ancora editrice).

La tragedia de los curas pedófilos comporta una doble problemática: psicopatológica al tratarse de pedofilia, pero también teológica en cuanto cometida por sacerdotes. ¿Cómo es posible que un problema de esta clase pueda suceder justo en un ambiente, como el eclesial, cuya linfa vital es exactamente la opuesta?

Esta es la pregunta de la que hay que partir. Vaya por delante que la instrumentalización de la vocación, en este y otros casos, siempre es un riesgo, y que cuando empieza a suceder (a veces incluso antes de optar por ella) no empieza de manera patológica, sino con formas aparentemente buenas e incluso a veces bendecidas por los superiores.

No es el caso de un sacerdote que duda de su vocación o que tiene «caídas»: en el caso de los abusos sexuales de este tipo, encontramos a personalidades perturbadas aparentemente muy devotas y piadosas, que no suelen manifestar crisis vocacionales, sino más bien una sublimación religiosa «un poco extraña».




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El pedófilo se oculta, sabe esperar, halaga, empieza con discursos espirituales, previene los remordimientos de la víctima, y hace pasar las agresiones perpetradas como algo normal, incluso con valor espiritual. Y antes o después, vuelve y empieza de nuevo (la recaída es la norma). En esta empresa invierte, realmente, todas sus energías. Pero ¿qué puede empujar a un cura a convertirse en un peligroso pedófilo?

1) Enamoramiento anómalo

Escuchando las biografías de los pedófilos uno se queda asombrado de la terquedad, la destreza, la astucia, la tenacidad, la paciencia con la que el pedófilo persigue su plan, sin considerar el daño.

Si en cambio consideramos las biografías de otros sacerdotes que no son pedófilos, sino que son considerados virtuosos por todos, se puede encontrar la misma tenacidad y seguridad, pero camuflada como virtud y celo por la causa del Señor: destreza en los negocios, astucia en las alianzas, terquedad para resistir en el lugar ocupado incluso con la evidencia de que uno se ha convertido en un impedimento, sin tener en cuenta el peso que sus decisiones pondrán sobre los hombros de su sucesor.

En ambos casos, dedican sus energías a un vicio. Se enamoran del deseo de alcanzar su meta a cualquier precio. La diferencia estaría en la consecuencia, pero la causa sería común: un afecto desordenado.




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2) Abuso de su profesión

Raramente el pedófilo es un muerto de hambre, un fracasado en la vida, alguien que no tiene nada. Casi siempre es alguien de quien no se podría sospechar, uno que detenta un rol de autoridad o de poder. No pocos seminaristas viven el futuro sacerdocio como una meta con la que soñar, y no como un camino que hay que verificar en su desarrollo paso a paso.

Estos abusos «inocuos» no son tan raros pues el sacerdote recibe el poder por mandato, por tanto, no es un poder merecido ni conquistado, y por tanto, está más fácilmente expuesto a usarlo a la defensiva.




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3) Valores de cobertura

Cuando se descubre que un sacerdote es un pedófilo, de normal uno se «cae» de las nubes. ¿Quién podría haberlo imaginado? Es verdad, existen las acusaciones injustas que proliferan en este tiempo de caza de brujas o de alta rivalidad (este tipo de acusación es un método impecable para quitarse de encima a un rival).

Pero incluso cuando la acusación se prueba, la gente sigue sin creerlo, de ese cura tan generoso, dedicado a la gente, obediente, defensor de las normas incluso demasiado (difícilmente un pedófilo se reconoce en crisis vocacional, y raramente la abandona). Es ese «incluso demasiado» el que debería despertar sospechas.

La formación «de riesgo» 

Estas tres dinámicas tocan tres elementos de la formación en los seminarios muy sensibles: la gestión de los afectos, el uso del poder, la función de los valores. Si en los años de formación (y sobre todo en la formación permanente) no son tenidos en cuenta, algo antes o después se desborda.




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Es evidente que la relación entre lo que sucedió antes y lo que sucederá después no es causa-efecto, y que los posibles signos premonitorios (difíciles de captar a simple vista, hay que admitirlo) deben ser leídos en el contexto de la historia de cada persona.

Esto no quita que la vocación cristiana puede ser erróneamente interpretada por personas que usarán su rol de sacerdote (también) como cobertura para satisfacer (no demasiado conscientemente) proyectos más o menos fantasiosos y que ven en él promesas que no tienen nada que ver con una vocación verdadera.

La llegada de la perversión

Cuando los valores del sacerdocio, que deberían ser las piedras angulares de la propia elección vocacional, son «obedecidos», proclamados, incluso practicados… pero «desde fuera», cuando se quedan a nivel de andamio exterior de la personalidad, entonces, con el paso del tiempo y cuando la vida pide cuentas, se muestran cuán artificiales eran, caen y dan paso no a valores mejores, sino a un cierto tipo de perversión.




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