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¿Por qué Dios nos deja libres si sabe que haremos el mal? Ahora empiezo a comprender…

DAISY DUCK,PLUTO
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Dios hace algo increíble con nuestros desastres.

Una de las preguntas que siempre me ha desconcertado es la de la relación entre la elección humana y la divina providencia. Por un lado, somos capaces de escoger libremente nuestras acciones. Por otro lado, creemos que la amante voluntad de Dios guía todas las cosas. ¿Cómo se reconcilian estas dos ideas? ¿Cómo podemos ser libres y al mismo tiempo estar destinados a algo? ¿Cómo puede la voluntad de Dios incluir muertes trágicas y accidentes sin sentido, si es que lo hace? Llevo preguntándome estas cosas desde que era niño…

Y fue, precisamente, en un libro infantil donde encontré una respuesta profunda. En la historia, una niña está dibujando durante un día lluvioso. Cuando su perro entra corriendo en la habitación para jugar con ella, pisa el dibujo y deja marcas de sus huellas en el papel. Al principio, la niña se molesta, pero entonces se le ocurre una idea: convierte las huellas de patas en parte de su dibujo y añade tallos que las convierten en flores.

Siempre me resultó difícil entender la noción de que “Dios obtiene un mayor bien del mal”, y dudo que yo sea el único. Sin embargo, esta sencilla historia me ha ayudado un poco. (Obviamente, nunca podemos resolver de verdad el misterio del mal, algo que ha perturbado a la humanidad desde milenios, pero cualquier idea que ayude es bien recibida).

A través del tiempo y el espacio, Dios realiza el dibujo de su creación, con la historia de los seres humanos que llegan a la plenitud en el amor y el conocimiento de Él en primer plano. Pero él también nos ha dado la capacidad de rechazar ese conocimiento y ese amor, para actuar contra nuestra naturaleza, para pasar descontrolados sobre Su creación y dejar “marcas de huellas” por todas partes. Somos figuras pintadas con pinceles reales en nuestras manos, que ayudamos en el desarrollo de su obra de arte. ¡Y somos capaces de crear un buen desastre!

Sin embargo, Dios hace algo increíble con nuestros desastres. En vez de limitarse a borrar nuestras acciones y arrebatarnos la libertad, quitarnos nuestros pinceles, Dios convierte todos los momentos sufridos o cometidos de maldad en un momento potencial de gracia y renovación: una oportunidad de volvernos hacia Él, de confiar en Él, de tener esperanza, de arrepentirnos y recordar que lo que necesitamos en última instancia, más que cualquier cosa en la existencia, es Dios. (“Donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia”).

Y Dios hace todo ello con toda profundidad entrando en nuestro sufrimiento con nosotros, cargando sobre Él todo el mal y dándole un significado al convertir el mayor pecado (la Crucifixión, el hombre matando a Dios) en el mayor acto de amor (la Redención, Dios salvando al hombre). La Cruz es el tallo que crece hasta convertir el pecado en salvación.

Parte de nuestra dificultad surge cuando somos incapaces de percibir el bien que ha surgido de una circunstancia mala. A veces solamente vemos la huella de pata, y no podemos verla brotar hasta convertirse en una flor. A veces esa flor no florece hasta pasados años y años y, en el tiempo intermedio, sufrimos y dudamos. Somos como los discípulos camino de Emaús, que presenciaron los actos salvíficos de Jesús pero no entendieron su significado.

Ahí es donde debemos caminar siguiendo la fe y no nuestra visión. Este es el reto de confianza en que no nos han abandonado en los momentos más oscuros, en que el pintor no ha dejado el caballete y abandonado Su obra. Nosotros, como integrantes de la pintura, no podemos ver todas las partes de la obra ni percibimos las pinceladas que dan forma a la imagen en otro lugar del lienzo.

Esto no es algo sencillo y no deberíamos juzgar o desaprobar a cualquier persona, incluyendo nosotros mismos, que caiga en un momento o periodo de duda. Somos criaturas débiles y frágiles, la enormidad de la vida a veces puede ser verdaderamente abrumadora. A veces lo mejor que podemos decir es: Dios no ha terminado de pintar Su pintura y nosotros no hemos terminado de ser pintados. Y, citando a Gandalf, el Peregrino Gris, quizás eso sea un pensamiento alentador.

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