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¿Has encontrado ya la estrella que te guía?

STARS

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 09/01/18

Eso es lo que necesito siempre. Una estrella en medio de la noche que me ayude a tomar decisiones

La epifanía es la manifestación de Dios en medio de los hombres. En la llegada de los reyes a adorar al Niño en Belén se manifiesta el poder de Dios ante todos los pueblos de la tierra representados en estos sabios. Es la primera epifanía: Unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: – ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo. Los reyes lo han dejado todo para adorar a Jesús. Siguen una estrella. Sueñan con lo imposible.

Me gusta la imagen de la estrella. Me hace mirar al cielo. En medio de la noche la estrella brilla y me da luz. Me asombro. Sé que durante el día no podré seguir las estrellas. No las veo. En medio de mi noche también me cuesta a veces ver el camino correcto. Necesito una luz que ilumine mis sendas.

El Cardenal Van Thuan, en su encarcelamiento, vivía angustiado por no poder cuidar a las personas a él confiadas. Sentía que estaba fallando a su misión. Se sentía responsable de muchos. Había tantas cosas por hacer.

Un día, en medio de su falta de paz, recibió una luz de Dios que le permitió mirar la vida de otra manera: Si Dios quiere que tú dejes todas estas obras poniéndote en sus manos, hazlo inmediatamente y ten confianza en Él. Él confiará tus obras a otros, que son mucho más capaces que tú. Tú has escogido a Dios, y no sus obras. Esta luz me dio una nueva fuerza, que ha cambiado totalmente mi manera de pensar y me ha ayudado a superar momentos que físicamente parecían imposibles de soportar. Desde aquel momento, una nueva paz llenó mi corazón y me acompañó durante trece años de prisión. Sentía la debilidad humana, pero renovaba esta decisión frente a las situaciones difíciles, y nunca me faltó la paz. Escoger a Dios y no las obras de Dios.

Esa luz de Dios llenó de esperanza su celda. Dejó de elegir las obras de Dios. Eligió a Dios. Esa luz nueva le permitió mirar de otra manera el presente, su cárcel. Ya no era tan importante hacer cosas. Esas cosas las podrían hacer otros. Él había elegido a Dios. También en medio de su oscuridad.

Pienso en la oscuridad en la que viven tantos hombres. Una oscuridad que a mí también me turba. Vivo angustiado por las obras de Dios. Preocupado, inquieto. Voy con prisas buscando paz sin encontrarla. Necesito una estrella como esos magos de Oriente que calme mis deseos.

Decía el P. Kentenich: El Espíritu quita ese velo y nos hace avizorar las cosas con una nueva luz. Ya no nos interesará lo que le interesa al mundo; las realidades mundanas nos serán como hierba seca. No despreciaremos las cosas creadas en sí mismas, pero, y esto es lo importante, tampoco las sobrevaloraremos. Antes bien, las amaremos en Dios y a causa de Dios.

La luz del Espíritu me quita el velo. Puedo ver la luz de Dios en las cosas del mundo. Puedo ver con claridad lo que quiere de mí en cada momento. Eso es lo que necesito siempre. Una estrella en medio de la noche que me ayude a tomar decisiones. Esa luz de Dios que señale mi camino.

Los hombres a veces pueden confundirme: Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: – Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.

Las voces del mundo que pretende algo de mí. Me da miedo que me engañen. Me asusta defraudar a las personas tomando decisiones incorrectas. ¿Será esto lo que quiere Dios de mí? Busco una estrella que confirme mis pasos. Busco luces que me marquen el camino.

Los magos lo dejaron todo por seguir a Dios. Encontraron una luz. Esperaban algo esa noche de Navidad. Eran los que esperaban. Porque José y María no sabían cómo sería todo esa noche. No encontraban posada. Sólo un establo.

Tampoco los pastores sabían nada. Ellos fueron sorprendidos por los ángeles. Sólo los reyes esperaban algo y por eso venían cargados de regalos. Llevaban oro, incienso y mirra. El oro propio de la realeza. El incienso de la divinidad. La mirra expresión de su humanidad. Era hombre, era rey, era Dios.

Era un niño envuelto en pañales que traía la paz. Oculto en la carne humana. Escondido en un simple establo. En medio de la luz de la estrella, no desaparece el mal. No desaparece la muerte. Ese niño príncipe de la paz no acaba con el dolor para siempre. Sigue existiendo el odio a su alrededor.

En ese rey Herodes que teme por su reinado. Y se protege con rabia matando niños. Quiere acabar con los peligros que cuestionan su poder. ¡Cuánta vanidad hay en el corazón humano! La luz brilla en las tinieblas, en el pecado, en el mal. Siempre será así. El trigo crece junto a la cizaña. El bien que hacemos es una hoguera en medio de la noche. El mal está presente en medio de tanta luz que trae Jesús al nacer.

El poder de Dios se manifiesta en la epifanía. Lo adoran, sin entender demasiado. Nadie sabe cómo será su reinado. Parece todo imposible. Un niño pobre. Una locura. Nada es imposible para Dios.

El corazón humano busca la seguridad del poder. Cuesta ver el poder de Dios envuelto en pañales. La indefensión me  confunde. Es imposible que unos padres indefensos protejan a Dios. José, María y el niño huirán a Egipto. No podrán enfrentar a los poderosos. Los evitan.

Los mismos magos volverán por otro camino para no tener que desvelar a Dios oculto, para no enfrentar el odio. Pasa esa noche de luz y el hombre seguirá confundido. No se manifiesta de forma definitiva y para todos.

No está todo claro. No todo es evidente. Esto siempre me conmueve. Yo mismo no lo veo. No lo descubro. No se me desvela cuánto me ama Dios. Permanece oculto a mis ojos en medio de la noche. No consigo que se desvele todo su poder. Creo en un Dios oculto. En un Dios que se manifiesta en mi vida. Se hace visible para que no dude.

Hoy escucho: ¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!». Brilla la luz. Pero sé que a vecesvolverá a ocultarse para que aprenda a caminar en medio de los claroscuros de la vida. En medio de las sombras, tanteando.

Es verdad que tengo estrellas que de vez en cuando iluminan el lugar, la dirección y la manera de actuar. Esas estrellas no son muchas. Pero las necesito. Son palabras. Corazones. Miradas. Que me ayudan a decidir. En mi noche brillan como una luz. En mis sombras confío en Emmanuel, ese Dios que va conmigo. 

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discernimiento
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