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El regalo, mucho más que dar algo a alguien

GIFT
Pixelrain - Shutterstock
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El regalo dice mucho de lo que siento, de lo que amo. Importa su significado más profundo

El otro día leía una publicidad importante para estos días: Regalar es dar algo sin esperar nada a cambio. Y me quedé pensando en mi forma de hacer regalos.

A veces lo veo como una carga. A veces prefiero que me digan lo que quieren de regalo. El mínimo esperado. Para no defraudar. Para no confundirme. Pero no quiero dar más de lo necesario. No quiero ser tonto. Doy sólo el mínimo. Quedo bien. Cumplo. Busco algo. No me da tiempo.

Pienso en cualquier cosa. No pienso demasiado en lo que al otro la hará ilusión. No me pongo en su piel. No busco hacerle feliz con mi regalo. Tal vez sólo quiero salir del paso.

¿Qué espero cuando doy algo? ¿Qué busco cuando regalo? ¿Busco reciprocidad, o al menos algo a cambio? ¿Qué siento cuando no recibo nada después de haberlo dado todo? ¿Acaso no dudo del amor ajeno? El regalo dice mucho de lo que siento, de lo que amo. Cuando doy lo que me sobra. Cuando doy sólo para salir del paso.

El regalo es un símbolo que expresa mis sentimientos verdaderos. Es un arte saber regalar. No siempre importa la utilidad de lo que regalo. Sino su significado más profundo. No importa tanto su precio, sino el esfuerzo que he puesto para pensarlo. Vale más aquello a lo que doy más valor.

También veo que necesito aprender a recibir regalos. No quiero esperar nada. No quiero sentirme defraudado por el regalo. ¡Cuántas veces sucede así! Me olvido de la gratuidad. Los reyes magos me enseñan a dar permaneciendo escondido. Me enseñan a no buscar aplausos por lo que entrego. A recibir sin saber bien de dónde viene. Alegrándome de la gratuidad. No merezco el regalo.

¿Por qué me molesta tanto cuando recibo menos de lo que esperaba? Soñaba con algo mejor y me dan algo poco valioso. O no recibo precisamente aquello que yo esperaba. O lo que he pedido.

Hay personas que saben aceptar con alegría todo lo que reciben. Ven la intención, el corazón del que regala. Lo reciben todo como algo maravilloso. Creen en la gratuidad. Me gustaría tener esa mirada tan pura. Mirar el envoltorio y ya emocionarme. Abrir el regalo y llenarme de dicha. Si no me creo con derecho a nada veré todo como un regalo inmerecido.

Me falta alma de niño para despertarme la mañana de reyes lleno de sueños y deseos. Nervioso. Imagino la carta que les escribí llena de todos mis sueños. Y la emoción al desenvolver tantas sorpresas inesperadas. Esa mirada feliz sobre los regalos habla mucho de mi actitud fundamental ante la vida. Mi forma de dar, de darme. Mi actitud al recibir. Mi forma de alegrarme. La emoción ante la sorpresa. El asombro ante lo que desconozco.

Me gustaría mirar así la vida siempre. Una niña pequeña pidió a los reyes magia. Quería tener poderes especiales. Mover las cosas de sitio. Cambiar su aspecto. Al no recibir ese don se quedó confusa. Pero en seguida se conmovió al ver otros regalos maravillosos. No había poder escondido. Pero pronto sus ojos se llenaron de nuevo de luz y alegría.

Me gusta mirar a los niños la mañana de reyes. Conmovidos. Emocionados. Sorprendidos. Alegres. Nerviosos. Demasiados regalos que vienen de un lugar desconocido. Quiero yo ser así. Quiero ser más niño e inocente para creer en lo imposible y alegrarme con las sorpresas.

A veces regalo cosas. Pero no me regalo en ellas. No me doy, doy sólo algo. Y siento que si así lo hago con los hombres también lo hago con Dios. Le doy sólo pequeños regalos. A veces esperando algo a cambio. Le doy parte de mi tiempo. Parte de mis gustos. Parte de mi vida. Y luego me reservo por miedo. Y le pido todo. Salud, suerte, éxitos. Todo a cambio de mi entrega total. Esa entrega en la que fallo tanto.

Decía el P. Kentenich: Entrega total. ¡Algo permanente! ¿Están de acuerdo? Quien realiza un acto de esta índole, medita muy bien lo que dice. ¿O acaso no sabemos cómo nuestro pobre corazón mañana o pasado mañana se inclina hacia otras cosas?.

Muchas veces le digo a Dios que sí, que estoy dispuesto a darlo todo. Le traigo mis mejores regalos. Hago actos heroicos de compromiso. Le ofrezco lo más íntimo de mi alma. Mi mayor tesoro. Oro. Incienso. Mirra. Lo llevo todo bien preparado para Él. Elijo las mejores palabras. Uso la poesía para darle profundidad a lo que hago. Me gusta el sonido de mi entrega.

Pero luego, con el paso del tiempo, olvido mis promesas. Quedan abandonados a la puerta de Dios todos mis regalos eternos. Mi entrega total prometida. Prometo darlo todo. Prometo ser fiel siempre. Prometo amar a Dios por encima de todo lo que tengo. Prometo seguir sus huellas allí adonde vaya. Prometo cuidar a todas las personas que me confía. Prometo no guardarme nada y vivir libre.

Prometo ser generoso en mi entrega desde lo más profundo. Prometo tantas cosas. Temo fallar. No estar a la altura. Me da miedo no llegar a la cuota de entrega que parece exigirme Dios. Prometo una entrega total y permanente. Un sí para siempre, fiel y verdadero. Miro a Dios.

El otro día leí algo central: Volveos hacia la fuente y todo os será dado. Recibiréis sol, lluvia, fuerza de vida y una abundante cosecha sin necesidad de dar nada a cambio. Os equivocáis cuando pensáis que las uvas crecen por la eficacia de vuestros esfuerzos. Apartad la atención de las uvas y dirigidla hacia la vid.

Mi sí, mi entrega diaria y constante, sólo es posible si miro a Jesús. Le entrego a Él mi confianza. Me doy por entero para que mi vida contenga su vida. Me regalo a mí mismo con mis dones y carencias. Me doy por entero sin guardarme. No busco cumplir con lo que me toca hacer. Doy más de lo que me han pedido.

No es tan fácil. Pero cuando Dios me lo pide todo me da miedo. Porque no sé si puedo darlo todo. Si me olvido de la vid, de su rostro, de su corazón, me seco. Si me olvido del poder de su Espíritu, muero sin dar fruto. Le necesito tanto para vivir. 

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