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¿Cómo hacer que sea Navidad en mi corazón?

KOBIETA PODZIWIA ŚWIATEŁKA
Johannes Hofmann/Unsplash | CC0
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Así quisiera vivir. Dando paz a los que están conmigo

Tiene algo la Navidad de paz familiar. De encuentro de corazones. Pero, ¿y si no es posible? ¿Y si pesa más el rencor en mi alma? ¿Y si no he perdonado o no he sido perdonado por alguien a quien amo o creía amar?

Tiene la Navidad algo de paz ideal y perfecta que no siempre existe. De sonrisas limpias y miradas inmaculadas. De silencios sagrados y palabras oportunas. De oraciones profundas elevadas como incienso en la presencia del Niño Dios.

Pero, ¿y si mis silencios son tensos y mis palabras son bruscas? ¿Y si no logro estar a solas con Dios ni un solo momento? ¿Y si los rencores guardados no me dejan estar en paz con quien me ha herido?

Sueño con una vida familiar perfecta. Pero no me resulta. Busco un encuentro hondo de corazón a corazón. Sin que hagan falta palabras que a veces lo pueden estropear todo.

Hoy escucho: La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Él.

Miro este ideal y me siento tan lejos. Sueño con crear hogar, con ser hogar para otros. Sueño con respetar, con querer bien, con proteger la fama de los otros, con guardar su intimidad sagrada. Pero a veces mi vida no les ayuda.

Decido hoy cambiar mis esquemas. Tantas veces busco recibir. Sé que regalar es dar sin esperar nada a cambio. No sé hacerlo. Siempre espero algo. Sé que quiero amar porque quiero ser amado. Y no sé renunciar para que otros sean más felices. Cuando renuncio, lo he visto, mi entrega hará que el cielo se llene de estrellas. Cada renuncia. Una estrella.

Una poesía que es oración lo expresa de esta manera: Tiene algo extraño la vida. Cuánto más la retengo más vuela. Si la aprieto entre mis manos se escapa. Si la abrazo con fuerza me esquiva. Decido dejar que viva. Y me quedo ya más calmo. Esperando a que los tiempos de Dios sean mis tiempos. Y las noches calmen ansias. Y los deseos no mueran. En el fuego de tu alma. No pretendo ser yo más de lo que Tú quieras darme. Espero, aguardo y tiemblo, a la puerta de tu vida, Jesús, con mi llave. Con mi alma. Y mis sueños y deseos. Espero, aguardo y sueño. Como un niño. Y deseo dar mi vida como renuncia más santa. El cielo lleno de estrellas. Los años son días que pasan. Dejo que mis manos toquen a ese niño tan sagrado. Sin apretar tanta vida. Sin abrazarla con fuerza. Me calmo.

Así quisiera vivir. Dando paz a los que están conmigo. ¿Cuándo fue mi última renuncia voluntaria? Por amor, no porque no tenía más remedio. ¿Cuándo decidí hacer feliz a alguien renunciando a mi deseo, dejando de lado mi dicha personal? Creo que espero recibir más de lo que doy. Y me pierdo tantas cosas que recibiría a cambio si fuera más generoso.

Vivo quejumbroso, esperando cosas de los demás. Los clasifico. Este está a la altura. Esto otro me ha fallado. Aquel no ha cumplido con lo esperado. Este sí que lo ha hecho bien. Evalúo continuamente el amor que me tienen los que me rodean. Todos corren el peligro de no cumplir mis expectativas. Decido el que me ama bien y el que me defrauda.

Hago dos listas. Los buenos y los malos. Y me lleno de amargura. Vivo sin paz en el alma. Siempre alguien me fallará, algún día. Dejará de estar a la altura. Y yo me alejaré ofendido, herido. Así no puedo vivir. Sé que vivo mal y no doy paz a los que amo.

¡Qué difícil es amar sin llevar cuentas del amor recibido! ¡Cuánto cuesta renunciar a las cosas que yo quiero! Deseo que mis planes ordenen la vida de los otros. Necesito renunciar más a llevar yo el timón de mis días. Renuncio al cumplimiento de todos mis anhelos. Es tan fugaz mi vida.

Leía el otro día: La vida, una vez que uno está en unión con Dios, se convierte en lo que Dios disponga. Está llena de sorpresas. Hay una sola cosa que se puede esperar con seguridad en el camino espiritual y es que aquello que tú esperas que suceda, no va a suceder. Sólo al entregar y renunciar a todas tus expectativas serás conducido.

Quiero aprender a vivir así, renunciando a mis expectativas. Tal vez de esta manera haré más feliz la vida de los otros. De aquellos a los que digo amar. De aquellos que me aman. A veces torpemente. Algo mejor otras veces. Fallan y aciertan. Igual que yo.

Sé que sin renuncia no hay amor verdadero. Sino solo el anhelo de una satisfacción constante de todos mis deseos. Y como es imposible, mi amor estará siempre frustrado.

Miro a Jesús esta Navidad, entre mis manos. Renuncia a su poder, asumiendo mi carne. Renuncia a saberlo todo, a poseerlo todo, para vivir en la indigencia, en la inestabilidad, en la inseguridad de la vida del hombre. Renuncia a todo por amor a mí. Para ponerse a mi altura y decirme que me ama. Que da su vida por mí. La vida que yo retengo.

Quiero aprender a amar esta Navidad como Él me ama. No es tan sencillo. Amar poniendo mi vida al servicio de los otros. Dejando que sea el otro el que marque mi camino. Sin querer imponer yo nada. Renunciando a mis deseos.

Decía Fernando Pessoa: La renuncia es la liberación. No querer es poder. Renuncio a lo que deseo y me hago libre. Renuncio a lo inmediato para abrazar lo eterno. Cuando renuncio, cuando no quiero algo, soy más libre para darme a los demás. El deseo me hace esclavo. Y esa dependencia me aleja de las personas a las que amo.

Renuncio a mi poder para ser impotente. Renuncio a mis planes para navegar más libre. Renuncio a mis rencores, para no tener el alma esclava. Renuncio a lo que podría ser para que otros brillen más que yo. Renuncio a proteger mis intereses, para que otros puedan recorrer libremente su camino. Renuncio a mis pretensiones, para dejar que los otros sean lo que ellos quieren ser.

Renuncio al control sobre mi vida, sobre las personas, para dejar que los demás puedan equivocarse. Renuncio a hacerlo yo todo para que puedan ser otros los que marquen el camino. Renuncio a mis palabras para lograr que mis silencios sean sagrados y me den hondura.

Renuncio a mis planes para hacer que los planes de los otros se hagan realidad. Renuncio a criticar para alabar al que está a mi lado. Mi renuncia trae vida, lo sé, y el cielo se llena de estrellas y esperanza. 

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