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¿Qué haces tú por cambiar el ambiente que te rodea?

CHRISTMAS ANGEL ORNAMENT

Arran Moffat | CC BY 2.0

Carlos Padilla Esteban - publicado el 18/12/17 - actualizado el 19/12/17

Es Navidad. Soy Navidad. Puedo acercar el cielo a la tierra. O hacer más presente el infierno

Sé que es posible cambiar algunas cosas. No muchas, la verdad, pero sí algunas. Sé que puedo crear algo distinto con mi actitud, con mis palabras, con mi ejemplo. Puedo hacerlo bien o mal.  Puedo crear a mi alrededor una atmósfera que eleva y sana. O ser responsable de una atmósfera de pantano que hiere y hunde.

Parece sencillo hacerlo bien. Pero no siempre es tan fácil. Lo intento y fallo. Lo hago mal. Una palabra mal dicha. O tal vez el orgullo. O casi sin darme cuenta sangro por mi herida. La ira me sale por la boca. No me entiendo. Lo quería hacer todo bien y lo estropeo.

Sé que las personas heridas hieren. Yo estoy herido, yo hiero. Me gustaría contribuir con mis palabras a traer el cielo en la tierra. Abrazar en lugar de alejar. Ser hogar en lugar de desierto.

Quiero crear un pedazo de paraíso entorno a mí. ¡Cuánto me cuesta hacerlo! Es seguro que necesito tener a Dios más dentro de mí para que se haga realidad lo que deseo. Al fin y al cabo uno da lo que tiene dentro. Y si tengo dentro el amor de Dios daré amor.

La Madre Teresa de Calcuta le decía a un joven sacerdote: ¿Cree usted que yo podría vivir la caridad si no le pidiera cada día a Jesús que llene mi corazón de su amor? Sin Dios somos demasiado pobres para ayudar a los pobres.

Necesito tener a Dios dentro para dar amor. Necesito pasar más horas ante Dios en silencio para traer el paraíso a la tierra. Quiero ver a María actuando en mi alma. Quiero que su presencia maternal cambie mis pensamientos y palabras, venza mi orgullo y me haga más manso y humilde de corazón.

Dice el P. Kentenich que María tiene el carisma de difundir a su alrededor una atmósfera sobrenatural purificada, ideal, a fin de mantenernos eternamente jóvenes y frescos, maleables y abiertos, para darnos un fino olfato para todo lo auténtico, para todo lo grande según la visión de Dios, para conservar ideales, para fortalecerlos y hacerlos actuar en nosotros.

Ella lo puede hacer en mí. Puede hacerlo en mi familia, en mi trabajo, en mi entorno. Si me dejo hacer. Sé que hay lugares en los que me siento triste. Las críticas, la falta de esperanza, la forma de ver la vida, los comentarios sobre los ausentes, la desvalorización de las personas, los chismes, los escándalos.

No hay temas de conversación que eleven. No hay una atmósfera de cielo. Y me dejo llevar por el hedor del pantano. Todo eso no me ayuda a elevar el ánimo. No saca lo mejor de mí. Esas atmósferas de pantano no dejan que crezca la vida.

Hay también otros lugares, lo sé, lugares en los que la atmósfera es más cercana al cielo. En ellos María hace posible un trozo de paraíso. Hay personas que llevan el cielo dibujado en el alma y lo contagian. Cuando hablan y cuando callan. Cuando sirven y cuando aman.

Yo quisiera cambiar mi mirada y mis palabras para ser un sembrador de hogares en los que haya más luz. Espacios de familia en los que uno quiera darse y crecer. En los que los comentarios enaltezcan. Y las risas eleven el alma. Me gusta pensar que yo puedo hacerlo posible.

Es Navidad. Soy Navidad. Puedo acercar el cielo a la tierra. O hacer más presente el infierno.

Cuando el P. Kentenich llegó al campo de concentración de Dachau un guardia le dijo que no había visto a Dios ahí. El Padre le contestó: Seguro que sí que ha visto al demonio.

Puedo hacer visible a Dios, o al demonio. Por eso decido mirar a María en Adviento. Le pido que me llene de paz, para poder dar paz.

Me sorprende que una cueva de animales pueda llegar a ser un palacio en presencia de María, de José, de Jesús. Un pesebre sucio, el último lugar donde sería bueno que naciera un niño, la única posada libre, acerca el cielo a los hombres.

Comenta el Papa Francisco en Evangelium Gaudium: María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura.

Me gustaría tener esa varita mágica en mis manos para cambiar los ambientes. Quisiera ser capaz de transformar los lugares que piso, donde habito. Convertir una cueva en un lugar santo. Hacer de un lugar lleno de tinieblas un lugar lleno de luz.

Decía el P. Kentenich que hay que acabar con ese pesimismo, con la idea de que no se puede construir una sociedad humana plenamente redimida. Tenemos que generar un oasis, y todos podemos hacerlo. Oasis, islas pequeñas, células vivas a modo de anticipación del mundo nuevo.

Puedo generar oasis. Islas en las que nazca Jesús y traiga una luz de esperanza. Lo puedo hacer allí por donde piso. Puedo cambiar las conversaciones. Hacer que sean más profundas, más elevadas. Quiero creer que es posible.

Puedo cambiar la atmósfera de mi familia, de mi trabajo, de mis amigos. Con gestos de amor generosos. Dando sin esperar recibir nada. Sirviendo, aunque no me lo pidan ni me corresponda. Puedo hacerlo todo con mis palabras y mi forma de actuar.

Lo que queda al final del camino son sólo las obras de amor. Lo que permanece es mi entrega generosa y llena de silencios. Se entierra la semilla para que muera y dé fruto. Brota a mi alrededor una nueva planta llena de vida, cuando muero a mi orgullo.

A veces llego a lugares que no tienen paz. Llego con el corazón herido. Lleno de rencores y rabias. Salgo más herido, más triste. Llego inquieto y sin luz. Me voy lleno de nostalgia. No tengo alegría.

Intento cambiarlo todo, pero no puedo cambiar la atmósfera a mi alrededor. Mis comentarios no ayudan. Juzgo lo que otros dicen. Me dejo tocar por el desánimo. Me contagio con los juicios. No aporto ni mi ternura, ni mi alegría, ni mi esperanza.

Callo, y mi silencio no ayuda. No contribuyo a mejorar lo que reina a mi alrededor, y me justifico diciendo que es imposible cambiarlo. La cueva sigue siendo una cueva de animales. Y la atmósfera es más de pantano que de cielo.

Y no soy yo el que aporta algo de esperanza o de luz. Y no es mi mano la que regala misericordia. Ni mis palabras traen paz. Me duele no ser causa de alegría.

Quiero cambiar. Creo que tengo vocación de fuego, de hogar, de luz. Tengo en mis manos una llamada a hacer cosas grandes, a sembrar paz. Y sé que Dios nace en mi alma para hacerse presente entre los hombres. Así de fácil. Se lo pido. 

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