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¿Sabes trabajar en equipo? Prueba este divertido juego

TEAM WORK
Enciktat - Shutterstock
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¿Eres tan astuto como una paloma?

Cada año suelo someter a mis alumnos a un juego de economía con objeto de explicar la diferencia entre equilibrio y lo que podríamos considerar óptimo.

Dispongo a ocho ingenuos estudiantes de cara al respetable dándoles un trozo de tiza a cada uno que pido escondan en un puño. El ejercicio es simple: cuando les requiero que saquen el puño, si en él siguen manteniendo la tiza obtienen una chocolatina a cambio.

Claramente, lo óptimo en conjunto es que cada uno saque su tiza y así obtener el máximo de chocolatinas. Pero el experimento no se reduce a eso.

De hecho, el meollo del juego reside en que, tras inculcarles que velen por su estricto interés, si alguien no saca su tiza sacrifica su chocolatina asociada pero se apropia de todas las que hayan sacado el resto y, por lo tanto, de sus dulces premios.

Piense por un momento la situación dada: si usted saca su tiza pero no lo hace el vecino, pierde pues su vecino se la arrebata; en cambio, si usted no saca su tiza puede obtener mayor premio apropiándose de las tizas del resto si algún incauto se ha fiado de la bondad general.

No es difícil entender cómo acabará el juego si lo repetimos varias veces. Es bastante claro cuál será el equilibrio.

Al principio, no hay quien falte a realizar la propuesta de un compromiso general de sacar tiza pero, al cabo, al menos uno o dos se desvía del acuerdo siguiendo sus incentivos para apropiarse del premio de los demás.

En las siguientes repeticiones del juego, este tipo de acuerdos voluntariosos resultan son inútiles y estériles. Todo el mundo aprende a no ser el pardillo que saque la tiza en beneficio de otro. El número de premios en equilibrio converge a cero, lo que claramente difiere del óptimo.

En las reuniones, ya sean de equipos de trabajo como de cumbres internacionales y multilaterales, todos solemos disponer de una visión aproximada sobre lo que sería deseable y justo.

Temas que conciernen a nivel mundial como el medioambiente, la seguridad, el hambre, el riesgo nuclear, la explotación de los recursos, etc. suelen discutirse con la intención de alcanzar un óptimo en conjunto pero se abordan desde el sistema de incentivos individuales que llevan a un equilibrio de fuerzas y de intereses que no necesariamente coincidente con el óptimo, lo deseable e incluso lo justo.

De igual manera, en el trabajo en equipo si bien todos los compañeros tienen muy clara la intención de llegar a un nivel óptimo el comportamiento no es ajeno al sistema de incentivos individual. Y suele suceder que el equilibrio de las decisiones no nos lleva al óptimo de cómo podría trabajar el equipo.

Desde un punto de vista que podríamos considerar buenista e incluso ingenuo, se tiende a pensar que para este tipo de asuntos cada uno aparca los intereses individuales por un bien superior.

El problema deviene cuando los incentivos económicos de cada individuo muestran que si el resto es buenista, el egoísmo puede ser más rentable. Esa tentación hace que cada uno, como en el experimento de las tizas, prefiera contaminar cuando el resto no lo haga, comerciar con armas cuando el resto no lo haga, sobreexplotar los recursos cuando los demás no lo hagan, o no esforzarse en los trabajos de grupo cuando los demás sí lo están haciendo.

En este tipo de situaciones tendemos a confundir la famosa expresión de “ser mansos como palomas y astutos como serpientes”. Llegan lo “madremías” y las manos a la cabeza. Simplemente porque desde la ingenuidad hemos supuesto que los demás iban a hacer algo contra su naturaleza individual, aprovechar sus incentivos. Es más, solemos reprender la falta de ética del otro exigiendo que por imperativo moral actúe como esperábamos.

Pero es que ser astutos como serpientes implica indagar previamente dónde reside el problema en este tipo juegos estratégicos como el de la tiza, el de los trabajos en equipo y el de las cumbres multilaterales; qué es lo que propicia que el equilibrio de las decisiones individuales no conlleve al óptimo.

La raíz del problema consiste en que las reglas de juego diseñan unos incentivos tales que dificultan la armonía del óptimo.

Por eso, lo que se debe abordar son esas reglas, la naturaleza del juego de cada situación estratégica, sea el objeto de negociación unas simples tizas o bien la organización del trabajo en equipo o bien la implicación de todo un país en las emisiones de CO2.

En el juego de las tizas, si se entiende el sistema de incentivos, lo suyo no es buscar que cada uno se comprometa a algo que no va  a hacer. Lo principal y astuto es buscar un compromiso en las reglas que altere los incentivos. Si un líder propusiera poner todas las tizas en común y dividirlas a partes iguales, ya no sería necesario exigir que cada uno sacase la tiza.

Cada uno lo haría en tanto que es su mejor opción. Si el resto sacase la tiza, siempre querría sacar su tiza para repartirse una más. En esta cooperación inteligente, al disponer todos del mismo cambio de incentivos, el equilibrio acabará por coincidir con el óptimo. Habrá chocolatinas para todos.

En el trabajo en equipo, tenemos dos opciones: o bien perder los estribos e ir exigiendo altura de miras a todos los participantes o bien analizar el sistema de incentivos que gobierna el equilibrio y alterarlo para que el resultado coincida con el óptimo.

En cada caso, cumbre o reunión se tendrá que dilucidar cómo conseguirlo, pero lo interesante e inspirador es que la mayoría de veces es una cuestión que se puede resolver. La mayoría de veces es una cuestión de análisis, imaginación y evitar ser erróneamente “mansos como serpientes y astutos como palomas”.

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