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¿Qué tarea es la que Dios me ha confiado?

PRAY

Bardia Photography-(CC BY-NC-ND 2.0)

Carlos Padilla Esteban - publicado el 07/12/17 - actualizado el 07/12/17

En este Adviento quiero vigilar y no estar ensimismado

Comienza el Adviento y yo quiero estar atento al paso de Dios por mi vida. Quiero vigilar y no estar ensimismado. Hoy escucho: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuando es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejo su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!«.

Sé que Dios da a cada uno su tarea. ¿Cuál es mi tarea? ¿Qué misión me ha confiado? Muchas veces veo muchas tareas y me siento pequeño ante ese desafío inmenso. Me desborda lo que esperan de mí. Todo lo que no hago. Veo las personas que me ha confiado Dios. Me ha puesto para que vigile. Para que esté atento a los peligros. Quiero estar en vela, quiero vigilar. Pero a veces vivo ensimismado.

El otro día una persona me hablaba de ese peligro del ensimismamiento. Sucede cuando sólo pienso en mí, en lo que me está pasando en el alma. Vivo agobiado por todo lo que me sucede. Sufro en medio de mis miedos. Entonces dejo de mirar más allá mi preocupación inmediata. No veo a nadie más que a mí mismo. No veo a Dios actuando en medio de mi desierto.

Estoy yo solo ensimismado, preocupado, angustiado. Pero no veo a Dios sujetando mis pasos. Me gusta cuando Jesús me dice que vigile, que esté atento, porque viene a verme. Me gusta pensar que viene. Es verdad que no sé el momento en el que vendrá a mí. No sé cuándo me va a abrazar por la espalda sin que yo lo espere. No sé cuándo me va a decir que actúe o permanezca quieto. No alcanzo a ver su presencia en medio de mis noches y mis miedos. No distingo su rostro. No escucho su voz dentro de mí porque no callo.

Quiero mirar y descubrir a Jesús en medio de mis días y oscuridades. En medio de mis tinieblas y mis fríos. Yo también espero un encuentro profundo con Él que cambie mi vida. Sueño con ver su rostro y tocar sus llagas. Quiero convertirme de una vez por todas. Me gustaría ver a Jesús que nace para darle un sentido a mi vida, yo de rodillas en esa cueva fría. Me alegra pensar en la posibilidad de verlo cuando estoy agobiado con tantos trabajos y preocupaciones.

Quisiera vivir infinitamente despreocupado. Cuando me superan los compromisos y no doy abasto. Cuando vivo ensimismado, preocupado y agobiado. Y entonces me faltan las fuerzas para caminar yo solo. Y quiero que Jesús venga a mí y me diga que está conmigo, que me necesita, que ha nacido para darle sentido a mi vida. Anhelo tocarlo, como María tocaba a Jesús niño en su regazo. O como S. José lo miraba conmovido. O como lo contemplaban esos magos y pastores que lo dejaron todo por ver a Jesús.

Quiero ver su rostro en medio de una cueva, en medio de mi noche, en esa noche de Belén, esa noche fría de invierno. Pero creo que me duermo con frecuencia preocupado del mundo que me inquieta. Me faltan las fuerzas para vigilar siempre y estar atento a lo que pueda ocurrir. Será culpa de mi pecado. Culpa de mis faltas e imperfecciones. No soy perfecto. Me canso de tanto esforzarme y vigilar. Me cansa estar siempre atento.

Necesito la fuerza de Dios para seguir de pie. Decía el P. Kentenich: «Cuando esa tarea de vigilancia descansa sólo en la virtud, no podremos liberarnos del cansancio, similar a aquel que sufre el vigía en su torre cuando se fatiga de tanto mantener la atención sobre el horizonte y evitar toda distracción. Para cumplir la labor de velar, y estar atentos, hace falta el auxilio del Espíritu Santo».

Veo tantas imperfecciones en mi alma. Tanto pecado. Tantos buenos propósitos incumplidos. Veo que no hago lo que deseo hacer. No hago el bien que sueño y no evito el mal que temo. No vigilo. No estoy atento para ver dónde soy tentado en la vida y me dejo llevar. No amo con hondura a los que me aman. No me doy con generosidad cuando me lo piden. Necesito que venga su Espíritu. 

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