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Lo bueno detrás de la crisis de Venezuela

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La venezolana está consiguiendo sentar bases a futuro

Es duro el trayecto por el que viene transitando Venezuela. Las penurias vividas y por vivir están arrojando, no obstante, un saldo que se contará a favor de los países que –Dios los libre- caigan en situaciones similares en el tiempo por venir.

Ya sabemos que el ser humano reincide en errores y faltas. Por ello la historia pareciera que se repite en ciclos fatales. Hacemos votos porque los venezolanos maduremos durante este tramo trágico, aprendamos la lección y, por varias generaciones, rechacemos a conciencia ideologías y gobernantes cuyo liderazgo engañoso solo trae muerte y desolación a los pueblos.

“Cada vez que comprobamos el poder de convicción que tienen las ideologías de la muerte –escribió en sus magníficas crónicas Michael Ignatiev-, la tentación de refugiarnos en la repugnancia moral es fuerte, pero el asco es un pobre sustituto del pensamiento”. Muy apropiada reflexión para animar a los países que hoy semejan haber superado las dificultades de los paquidérmicos e ineficientes organismos internacionales para convertirse, en relación a la tragedia venezolana, en una auténtica comunidad internacional, comprometida y actuante, capaz de generar alternativas de solución.

A base de inventiva y compromiso con los valores de libertad y democracia, agencian mecanismos informales, pero legítimos e indispensables, para ayudar a un país capturado entre las redes del narcoterrorismo, teledirigido desde el comunismo, que aún repta por los intersticios pestilentes de la complicidad que distingue a los liderazgos decadentes.

Venezuela se ha convertido, sin que resulte completamente perceptible, en un teatro de operaciones donde los países hermanos, a quienes les duele el continente, se las han arreglado para sortear las probadamente inútiles rutas convencionales y conformar un bloque para ejercer la presión que no funcionó en el caso de la Cuba de los sesenta y tampoco en el Perú bajo Fujimori.

Hubo avances como el representado en la Carta Democrática Interamericana, pero ya sabemos de sus falencias y dolencias. Se han percatado de que es preciso ir más allá de los convencionalismos de la diplomacia formal y adentrarse en rutas inexploradas para atender las urgencias de aquellos países que sucumban ante gobernantes y coaliciones cuyo único objetivo es valerse de la democracia para destruirla.

Resultaba difícil asimilar semejantes planes, pero la luz se ha hecho y podríamos estar en presencia de un episodio inédito en la historia turbulenta de América Latina: conseguir la llave de paso entre el respeto a la soberanía y el deber ineludible de respaldar a los pueblos que luchan por su democracia, no a los gobiernos que la violentan.

Puede haber una manera de doblegar a los dictadores, a los mandantes autoritarios que se valen de argucias, componendas y fraudes para poner a una sociedad contra la pared, ejerciendo la solidaridad y fraternidad que debe caracterizar la acción eficaz que una a los pueblos en bloque para la defensa conjunta de su soberanía, la verdadera, la que garantiza la vida próspera y en paz, no aquella que se usa como bandera demagógica, sostenida en los complejos, reservas e indefiniciones de países más fuertes, para blindar la satrapía.

Si tan solo para ese propósito sirviera el sacrificio de los venezolanos, nuestra “vitrina” habría tenido utilidad y se proyectaría como el ejemplo lo que ningún pueblo debe querer y permitir para su país. También habría diseñado caminos de salida. Una manera, como diría Ignatiev, de superar la mera “repugnancia moral”.

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