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San Juan Diego, “hijito muy amado”, testigo de Santa María de Guadalupe

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Idilio de amor de Madre y de amor de hijo

Se aproxima la fiesta del vidente de la Virgen de Guadalupe, San Juan Diego Cuauhtlatoatzin (“Águila que habla”) el próximo nueve de diciembre, tres días antes de que en México y en buena parte de Estados Unidos y América Latina, aún en El Vaticano, se celebre el 486 aniversario de las apariciones de Guadalupe en el cerro del Tepeyac, al noreste de la actual Ciudad de México.

De muchas maneras se ha querido caracterizar este “Acontecimiento” mayor en la historia de la humanidad y del continente americano. Pero muy pocas veces se ha hecho el análisis icónico y lingüístico de este encuentro que forjó una Patria, es decir, el encuentro de San Juan Diego con Santa María de Guadalupe y el mandato –junto con el milagro de las rosas estampadas en la tilma del indígena mexicano—de que ahí se le construyera “una casita de oración”.

Por esta razón, Aleteia ha querido entrevistar al padre Prisciliano Hernández Chávez CORC, una de las mentes más penetrantes del Acontecimiento Guadalupano, de Santa María en su advocación de Guadalupe y de San Juan Diego, el patrono de los indígenas y de los pueblos originarios de América.


–¿Qué importancia tienen, para usted, los paradigmas en la vida de los pueblos?

Son una luz, una tea encendida en la oscuridad de los tiempos, como los nuestros.

–¿Y qué importancia tiene recobrar, en este sentido, la figura de San Juan Diego?

San Juan Diego es un hijo de nuestro pueblo, elegido por la Virgen Santísima para que fuera su discípulo y misionero, en calidad de hijo muy amado, el menor o el más pequeño. Ese encuentro de la Madre y San Juan Diego, constituye el núcleo del acontecimiento del Tepeyac. La Virgen Santa María lo llama “Noxocoyouh”, el más pequeño de mis hijos, a un hombre adulto de cultura náhuatl. “No”, significa mío; Xocóyotl, fructificación. No quiere decir que sea menor de edad, sino lo más precioso para la Virgen.

–Al principio, según los recuerda el Nican Mopohua, donde se narra el encuentro con Guadalupe, ella lo llama por su nombre, Juanito y Juan Dieguito, ¿no es así?

Sí, una y dos veces, respectivamente. Después siempre será “Noxocoyouh”. Diálogo amoroso para la misión, edificar la cultura del amor, la civilización donde la persona es lo más importante y no el sistema; Ella es la Madre y quiere que, en San Juan Diego, todos y cada uno seamos hijos pequeños, muy amados.

–¿Y él, ¿cómo la trata en náhuatl?

Como “Notecuiyoé”, es decir, Señora mía, Patroncita, Dueña mía. Reconoce su capacidad de mando. En otros momentos la llamará “Cihuapillé”, es decir, Reina, Niña Mía. También la llamará “Nochpochtziné”, Mi muchachita, Mi Virgencita. Revela el gran cariño mutuo del lenguaje del amor más tierno y respetuoso. La Virgen, conquistó su corazón para dar a conocer la misión de ser la Madre de todos, a través de su Hijito San Juan Diego. Idilio de amor de Madre y de amor de hijo.

–Ese encuentro es Acontecimiento, ¿habrá de repetirse en esa interrelación de la Madre con cada hijito suyo?

Aquí está la clave de la vida y de toda persona que vuelve a nacer desde la mirada, la palabra- aliento del corazón de la Virgen Santa María de Guadalupe. Este es San Juan Diego, icono del hijo amado y del testigo del amor de “Notecuiyoé-Patroncita-Dueña mía”, Cihuapillé-Niña Mía” y de Nocipochtziné-Mi Muchachita-Mi Virgencita”. Este encuentro es nuestra verdad, es nuestro camino, es la luz de la vida y su sentido.

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