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Murió en el Metro y pensaban que estaba dormido

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Morir en el Metro: el drama de la soledad moderna

Don Pedro Laín Entralgo –el célebre historiador de la medicina, ensayista y divulgador del pensamiento—contaba que unos ediles del sur de España se equivocaron al nombrar una calle pero acertaron en darle un nombre a lo que sucede en la sociedad contemporánea.

En efecto, los encargados del urbanismo y de la toponimia en ese pueblo, cambiaron el nombre de “Calle Moderna de La Soledad” en “Calle de La Soledad Moderna”.

Y ésa es la de hombre que, rodeado de una multitud, súper conectado, con acceso al mundo en cualquier lugar y en cualquier momento, que está más solo que nunca.

El recuerdo de esta anécdota curiosa que contaba Laín Entralgo viene a modo para encarar el triste acontecimiento que sucedió el pasado 30 de noviembre, en un vagón de la Línea 1 del Metro de la Ciudad de México cuando un hombre de aproximadamente 70 años de edad.

Tomó el transporte a media tarde, se sentó en la parte del vagón destinada a mujeres embarazadas, discapacitados o ancianos, y quedó reclinado sobre la barandilla de protección de su asiento.

La Línea 1 del Metro de la Ciudad de México es la línea más antigua de la red. Entró en operación el 4 de septiembre de 1969 y, actualmente, tiene un total de 20 estaciones y un tramo de 18.83 km, de los cuales 16.65 km se usan para servicio y el restante para maniobras. Todas las estaciones son subterráneas, excepto Observatorio que es una estación en superficie.

El color distintivo es el rosa mexicano y fue, durante muchos años, la más abarrotada del sistema de transporte colectivo que mueve, en la Ciudad de México, cada día, a 5.5 millones de seres humanos, poco más que si moviera, diariamente a un país como Costa Rica (junto con Belice).

En ese ambiente poblado de voces, de ruidos, de presencias, el que se le conoce ya en la prensa mexicana como “el hombre de la tercera edad” reclinó su cabeza a media tarde y hasta la medianoche, cuando los inspectores fueron a hacer su ronda de supervisión, nadie supo que no estaba dormitando, sino que estaba muerto.

Habrá recorrido más de 150 kilómetros, habrá sido visto por varios cientos de personas, nadie se percató –en el anonimato de la metrópoli—que el pasajero sin nombre, vestido si no elegante, al menos muy correctamente (zapatos mocasines de color marrón; pantalón beis, camisa azul y chaqueta azul claro), había pasado a mejor vida. Los reporteros han adelantado que se murió “de un infarto fulminante”.

El cadáver permaneció dando vueltas en el vagón hasta el cierre del servicio, a las 23:45 pm. “El sujeto –dicen los informes de la prensa mexicana– viajaba sentado en el asiento reservado de uno de los vagones y parecía estar dormido, con la cabeza apoyada en uno de los laterales del convoy”.

“La noche del 30 de noviembre, alrededor de las 23:45 horas, agentes de la Policía Auxiliar pensaron que el hombre dormía y se le acercaron para avisarle que el servicio estaba por terminar. Los policías intentaron despertarlo para que saliera del vagón, pero debido a que no respondía, solicitaron el apoyo de paramédicos, quienes se percataron que ya no tenía signos vitales”, continúa diciendo la nota periodística.

Nadie ha reclamado, hasta el momento, su cadáver. Nadie ha dicho nada sobre su sepultura. Un solitario más que deja la vida sin que nadie, de los miles que lo rodean, se entere de nada. Pensaban que estaba dormitando.

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