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Quiero seguir a mis hijos por redes sociales, ¿y si creo un perfil falso?

WOMAN SMARTPHONE
Becca Tapert - Unsplash
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Cuando ves a tu hijo con su Smartphone, ¿no te entran ganas de saber con quién estará chateando?

Optar por crear un perfil falso para seguir a nuestros hijos por redes sociales es la reacción impulsiva a una situación que nos provoca miedos. I

ntuimos la posibilidad de peligro e intervenimos porque queremos anticiparnos al peligro, queremos saber, sentimos que necesitamos controlar y respondemos con lo más rápido, pero ¿es lo más adecuado?

Observamos a nuestros hijos mientras teclean serios, sonrientes o con la mirada totalmente fija en la pantalla, y no podemos evitar pensar: qué estará haciendo, de qué estará hablando y, sobre todo, con quién debe estar conectado en este momento.

Aparte, claro está, de que ya llevamos tiempo inquietos… A saber cuánto tiempo dedican a las redes sociales… El móvil lo llevan siempre encima y son tantos los momentos en que no los vemos…

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Africa Studio - Shutterstock

Quiénes somos y dónde estamos

Como padres, como humanos, lo desconocido nos genera duda e inquietud y se nos disparan las alarmas de alerta.

Sentimos que puede desdibujarse ese camino que hemos ido diseñando con nuestros hijos, basándonos en retos, y creciendo familiarmente juntos; mientras nosotros dábamos seguridad a esas manos que un día fueron chiquitinas; pero que, ahora, ya son mayores que las nuestras y se mueven a toda velocidad cuando internet se las activa.

Lo que entra por las pantallas interactivas a las que acceden nuestros hijos, ya sea la del móvil -que siempre está en su bolsillo o en su mano-; o la del ordenador -que tienen sobre su mesa de estudio-, nos es desconocido y, por tanto, temible.

Que los miedos nos aborden, es inevitable. Crear el espacio de confort familiar bien estructurado y orientado ha sido uno de nuestros mayores ejes vitales y, de repente, tememos la influencia de los “personajes y ambientes virtuales”, que se instalan invasivamente en la cotidianidad y se convierten en actores activos del entorno de relación –y por tanto de influencia- en el que se desenvuelven y crecen nuestros hijos.

A esos a los que más queremos; a esos a los que siempre hemos acompañado y queremos seguir acompañando; a esos a los que queremos sentir siempre muy cercanos; les hemos enseñado a gestionar responsablemente su libertad; pero, aun así, nos parece que no tienen por qué correr riesgos que vemos innecesarios.

Por otra parte, en realidad, no podemos –y probablemente no queremos- ser ajenos al hecho de que en un mundo tecnológico que ha transformado nuestras vidas, sobre todo en el ámbito de la comunicación.

Tampoco queremos que nuestros hijos se sientan como “los bichos raros” marcados por una consigna familiar de prohibición que niega una realidad. El uso positivo de las redes sociales puede reportar grandes beneficios personales y sociales.

Se nos presentan, por tanto, dos parámetros a analizar. Tenemos delante lo desconocido y sus peligros, y la realidad social-comunicativa.

Los sujetos que deben tomar la decisión sobre cómo actuar ante tal contexto y cómo conjugar ambos escenarios, el de lo negativo y lo positivo, -aunque los padres debamos ser los proactivos y los que se anticipen- no somos solo nosotros.

La familia es un equipo de trabajo vital, los lazos entre sus miembros van más allá del compartir espacio, observarse y alegrarse o asustarse. La relación debe ser limpia y fluir con plácida nitidez.

Por tanto, ¿es lícito y coherente que una parte del equipo se convierta en espía de otro?

Crear un perfil falso en internet está muy cerca de la traición de la confianza y, en un equipo de verdad, eso es algo que no tiene cabida. Una palabra clave: la confianza. Éste es un valor constructivo, ineludible en el marco familiar y, al mismo tiempo, algo a nutrir y cuidar.

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Goodluz - Shutterstock

Comunicarnos con nuestros hijos es un placer

La mejor fórmula para construir confianza es la comunicación, la verbal y la no verbal: las frases, las conversaciones, la actitud, las miradas, los abrazos y los besos, siempre bajo la consigna de la constancia y la perseverancia, haciendo que la espontaneidad en la comunicación no sea fruto de la casualidad, sino de hábitos adquiridos, de “las formas de hacer en casa”, con los nuestros.

Comunicarnos, basándonos en la confianza, nos mantiene próximos y nos hace cómplices.

Y, en un marco de complicidad, ¿creemos realmente que cabe la figura del espía de situaciones concretas? ¿No es mejor ser observador participante de la vida de esas personitas sin mentiras ni engaños?

La buena comunicación exige transparencia y verdad y, cuando se consigue, comunicarse de verdad con los hijos es un verdadero placer y muchos miedos se desvanecen.

¿Hay que ir a urgencias?

A veces, sin embargo, va bien comparar el rol de los padres con el del médico de cabecera porque ese doctor, que nos conoce, reconoce síntomas y sabe cuándo precisamos simplemente un refuerzo vitamínico, también es el que sabe cuándo un síntoma requiere acudir al servicio de urgencias.

Ése es otro tipo de caso. Los tratamientos de urgencia sí pueden ser invasivos. Es más, deben serlo si la dolencia así lo exige.

El símil nos conduce a concluir que si la situación es grave, cuestionarse la creación de un perfil falso en redes sociales ante una necesidad de control exhaustivo imprescindible, convierte en irrelevantes muchas de las consideraciones previas: primero curar y luego mantenerse sano.

Procuremos no apostar, de buenas a primeras, por el tratamiento invasivo –en este caso sobre valores-, cuando lo que nos mantiene en forma es una buena dieta –en este caso, comunicativa-. Así evitamos, entre otros, los efectos secundarios.

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