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Cuatro preguntas que siempre te hiciste acerca de tu ángel guardián

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Aunque la vocación de los ángeles es cantar la gloria de Dios, también realizan un servicio diario a cada uno de nosotros. El 2 de octubre, la liturgia nos invita a rezar a nuestros santos ángeles de la guarda

“Ya que has puesto al Señor por tu refugio, al Altísimo por tu protección, ningún mal habrá de sobrevenirte, ninguna calamidad llegará a tu hogar. Porque él ordenará que sus ángeles te cuiden en todos tus caminos. Con sus propias manos te levantarán para que no tropieces con piedra alguna”, dice el Salmo 91. Pero, ¿existen realmente los ángeles de la guarda? ¿Tienen alas de verdad? ¿Qué les sucede cuando morimos? Aquí tenéis las respuestas a cinco preguntas que todos nos hemos planteado en relación a los ángeles de la guarda.

¿Existen los ángeles de la guarda?

Los ángeles de la guarda son los más cercanos a nosotros. Ninguna Iglesia pone en tela de juicio su existencia, que ha sido atestiguada desde los primeros días de la Revelación; así lo dijo el papa Benedicto XVI en un sermón público: “La presencia invisible de estos espíritus bienaventurados nos es de gran ayuda y consuelo: caminan a nuestro lado y nos protegen en toda circunstancia, nos defienden de los peligros y podemos recurrir a ellos en cualquier momento” (Palabras de despedida del papa Benedicto XVI a la comunidad eclesial y civil de Castelgandolfo, 29 de septiembre de 2008).

Los ángeles de la guarda se conocen desde que el hombre se preguntó por primera qué lugar ocupaba en el universo y se volvió hacia lo invisible en busca de respuestas. Así, los chamanes tienen su doble animal, su compañero guía. Antes del cristianismo, Sócrates y los griegos tenían su daimón, al cual Platón definió como “un ser intermedio entre el mortal y el inmortal”. Hesíodo hablaba de “los inmortales, de Zeus, guardianes de los hombres mortales: que guardan las sentencias y las obras malvadas, de éter ceñidos, por doquiera vagando por la tierra”.

¿Quién es ese misterioso ángel guardián que vela por nosotros?

Siempre presente, siempre amoroso, el santo ángel de la guarda es un vínculo viviente entre cada ser humano y el Reino de los Cielos. No eclipsa el papel de Cristo, sino que lo sublima. Porque, como nos dice el Catecismo: “Cristo es el centro del mundo de los ángeles. Los ángeles le pertenecen: ‘Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles…’ (Mt 25, 31).

Le pertenecen porque fueron creados por y para Él: ‘Porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por Él y para Él’ (Col 1, 16). Le pertenecen más aún porque los ha hecho mensajeros de su designio de salvación: ‘¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?’ (Hb 1, 14)’”.

¿El ángel de la guarda nos protege de verdad? 

El ser humano nunca está realmente solo. El ángel cuida de él y a través de él, Dios lo protege. El papel del ángel es, en cierto modo, elevar la conciencia del individuo por el que vela, inspirarlo a volver su conciencia hacia el Creador, el único capaz de llevarle a la verdadera plenitud del alma: la misión del ángel es guiarlo hacia Dios.

¿Cómo? Por las miles de sincronicidades que llenan nuestra vida, esas pequeñas “coincidencias” con las que a veces nos sorprendemos, pero que la mayor parte del tiempo permanecen discretas, apenas percibidas. Pacientemente, el ángel, que nos lee como un libro abierto, nos inspira, provoca acontecimientos, sugiere sueños, para que estemos en el estado de ánimo más propicio para abrirnos a Dios. ¿Nos ayuda a tener éxito en un negocio? ¿Teniendo un trabajo? ¿A tener un encuentro amoroso? Solamente si ello favorece nuestra Salvación.

El ángel de la guarda es ante todo un instructor personal, nos conoce como la palma de su mano y sabe muy bien cómo reaccionaremos probablemente ante tal o cual situación. ¿“Probablemente”? Sí, porque con el ser humano nada es seguro. Nunca lo repetiremos bastante: nuestro libre albedrío es total.

El ángel, no más que Dios, no nos obliga a hacer nada. Ambos permanecen discretos y silenciosos hasta que hay una fuerte voluntad de dejarnos guiar. Y, de nuevo, el ángel no nos guiará manipulándonos, sino a través de sugerencias, indirectas que tendremos que coger por decisión propia: “Familiarízate mucho con los ángeles; contémplalos con frecuencia, invisiblemente presentes en tu vida, y, sobre todo, estima y venera el de la diócesis a la cual perteneces, a los de las personas con quienes convives, y, especialmente, al tuyo; suplícales con frecuencia, alábales siempre y sírvete de su ayuda y auxilio en todos los negocios, espirituales y temporales, para que cooperen a tus intenciones” (San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota).

Entendamos bien lo que está en juego. Dios no es un dictador que desea tener el máximo de fieles para dar rienda suelta a su ego. Y no nos ha encasquetado un comisario político para que nos vigile y nos ponga de nuevo en línea con el partido si nos desviamos. El ángel de la guarda no es un agente de la KGB. No.

El ser humano fue creado por Dios y para Dios. Es decir, existe una parte divina profundamente enterrada en cada uno de nosotros y esta parte, este sutil espacio del alma, está hueco, diseñado para recibir energía divina. Debido a la Caída, esta parte de nosotros se cerró a las energías que se suponía que iba a recibir. Mientras no la abramos de nuevo, mientras no nos hagamos cáliz para recibir la Presencia divina, existe en nosotros un vacío enorme. Podemos escondernos, podemos tratar de olvidarlo con todo tipo de distracciones, pero el sentimiento de vacío persiste.

El ángel de la guarda no es un agente, sino un pariente cariñoso, un hermano gemelo ardiendo de amor por su doble, y que no desea más que una cosa: que se dirija conscientemente a su Fuente trinitaria, abriendo de par en par las puertas del alma, dejando que Dios restaure en ella su plena dignidad.

¿Qué sucede con el ángel tras nuestra muerte?

Como auténtico reflejo de la divinidad de la que es mensajero, el ángel de la guarda está presente desde la concepción del niño hasta la muerte y más allá. ¿Mensajero? Sí, lo es. La historia abunda con ángeles de la guarda que se aparecen a sus protegidos para entregar una misiva divina.

Por otra parte, nuestras oraciones son siempre llevadas por nuestro ángel hasta las alturas celestiales. Porque son las oraciones las que nos ponen en comunión con el mundo angélico en general y con nuestro ángel de la guarda en particular. Orígenes dijo al respecto: “los ángeles se reúnen cerca de quien reza a Dios para unirse a su oración” y Clemente de Alejandría insistía en que “[el cristiano] aunque ora solo, tiene el coro de los santos permanentemente [orando] con él”.

Como protector, sigue protegiéndonos después de la muerte, cuando los demonios intentan sus ataques finales. Como mensajero, sigue con nosotros en el juicio individual que sigue a la muerte, cuando el alma se abre a Dios pero debe hacer una estancia purificadora en el purgatorio para librarse de la escoria que impide a nuestra alma entrar en el Paraíso.

En esta etapa, el ángel, “al ser santo y puro, al vivir en la presencia de Dios, no necesita y tampoco puede participar de esa purificación del alma de su protegido. Lo que sí hace el ángel guardián es interceder por su protegido delante del trono de Dios y buscar ayuda entre los hombres en la tierra para así llevar las oraciones a su protegido y, de esta manera, salir del purgatorio”.

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