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Los países se «reciclan» cada 50 años

GENERATIONS

Eneas De Troya-(CC BY 2.0)

Macky Arenas - Aleteia Venezuela - publicado el 20/11/17 - actualizado el 20/11/17

Las crisis políticas sirven de "marcador"

Las generaciones se pasan el testigo cada 50 o 60 años. Las personas llegan a la mitad de su vida y otra oleada generacional viene empujando. Las sociedades experimentan cambios profundos y los sistemas políticos dan muestras de agotamiento. A veces colapsan estrepitosamente. Lo cierto es que esos lapsos suelen terminar en remezones sociales y políticos que se traducen en tiempos nuevos producto de procesos, unos más traumáticos que otros, pero siempre impactantes y a veces sorpresivos en sus efectos.

El caso de Venezuela es un ejemplo concreto aunque todos nuestros países experimentan situaciones similares. Hubo un momento, hace unas cinco décadas, cuando América Latina languidecía bajo la bota militar de derecha y el Caribe resistía la presión comunista. Venezuela, en cambio, salía de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y florecía una democracia sólida acompañada de un crecimiento económico que contrastaba con el resto de los países del hemisferio.

Venezuela no sólo se convirtió en receptor de inmigrantes de todas las nacionalidades, sino en el refugio seguro de cuantos huían de regímenes de fuerza. Durante tres décadas llegaron acá colombianos en busca de una moneda sólida que alimentaba las remesas de vuelta a los hogares más allá de la frontera. También centroamericanos por causa de las guerras de guerrillas y cubanos que escapaban fuera de la isla a causa del régimen castrista. Argentinos, uruguayos, paraguayos y chilenos huían de los gobiernos de fuerza que, por tandas continuas, sometieron a esos países. En Venezuela encontraron una sociedad abierta, gente alegre que los acogía con inmensa compasión y trabajo que les permitió progresar.

Hoy, sesenta años después, la tortilla se ha volteado y es Venezuela la que pide ayuda y los venezolanos quienes huyen hacia otros países experimentando toda clase de vicisitudes y teniendo que soportar exilio y transformaciones en sus vidas no necesariamente para mejor. El resto de los países del continente disfrutan de libertad, muchos de ellos prosperidad económica y todos posibilidades de ascenso en la escala social, seguridades básicas y buenas perspectivas de futuro.

Por alguna razón Venezuela, país líder en las luchas independentistas, por décadas la democracia más firme del continente, ha ido a contracorriente en los acontecimientos que han marcado la evolución de esta parte de América. ¿Podría ser nuestro país una especie de trazo que alerte sobre sacudidas por venir?  Tal vez. Lo que no tiene discusión es que, si en algo puede nuestra crisis servir a la comunidad americana, es a verse en nuestro espejo, a no repetir nuestros errores, a sacar provecho de los tiempos holgados y tomar previsiones para los difíciles, en una sola frase: a valorar el pasado como referencia de futuro y rescatar la memoria para que no nos llueva sobre mojado.

América Latina, “el continente de la esperanza”, «la tierra de gracia”, el “nuevo mundo” donde germina la fe y se atisban horizontes siempre abiertos, debe crecer a partir de sus dificultades, fortalecerse en la desgracia y esperar contra toda esperanza. Dios, a pesar de nuestras miserias y de nuestra persistencia en el error, nos sigue regalando porvenir. Tras cada infortunio, un poco de suerte; tras cada adversidad, una oportunidad; y tras cada frustración, la novedad de su compañía y auxilio.

Venezuela, no obstante el sufrimiento, es un país bendito. Cualquier otra nación estuviera sumida en un mar de sangre. Nosotros hemos potenciado la solidaridad e incrementado nuestra fe. Hemos encontrado la manera de sobrevivir, apretujados gracias a nuestro incomparable calor humano, resistiendo en la convicción de que todo pasa. En Venezuela hoy se reza con más fervor y se habla con mayor sinceridad. Nos hemos fortalecido en la desdicha y la calamidad. Estamos aprendiendo más política que nunca y entendiendo el valor de la prudencia y el silencio.

Se incuban corajes y valores que pronto serán de una insospechada utilidad. Se está transparentando el alma valerosa de este pueblo por encima de la opacidad que pretende camuflar la verdadera lucha que estamos librando: la del Bien contra el Mal. Seguimos con el espíritu arriba, apostando por el país, con la mirada limpia puesta en la nación que una vez fuimos y que volveremos a ser. Somos un país consagrado al Santísimo Sacramento del Altar -desde el 2 de julio de 1899- y nuestra fuerte tradición mariana nos distingue, anima y alienta.

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