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¿Cómo vivir esos tiempos de espera que se alargan?

TIME

Hartwig HKD-(CC BY-ND 2.0)

Carlos Padilla Esteban - publicado el 20/11/17

Cuando espero el hijo que no llega. O el cónyuge anhelado. O el trabajo de mis sueños. O la casa que cambiará mi vida...

Hay un espacio de tiempo que no consigo definir bien. Entre el pasado que he dejado atrás y el futuro que sueño, existe un tiempo indefinido que no controlo y me asusta. Es el entretanto. Es ese tiempo que transcurre ante mis ojos y en el cual tengo que optar. Decido lo que hago, lo que dejo, lo que emprendo. Entre tanto sucede lo que sueño, tengo que vivir así, como soy ahora, como estoy ahora. En presente. Aquí y ahora.

Sé que vivir bien los entretantos de mi vida es el desafío más grande que tengo ante mis ojos. Es la opción más difícil que he de tomar. Puedo quedarme atado en el pasado, en lo que fue y perderme lo que estoy viviendo. Puedo vivir queriendo retener las hojas que caen del almanaque. Intentando evitar que caigan.

Es como si quisiera que ese pasado que aún arrastro cargando con desgana sea ya, ahora mismo, parte del futuro que sueño. Y al mismo tiempo es como si quisiera dejarlo todo atrás para comenzar algo nuevo, distinto, cerrando puertas abiertas. Me da miedo esa rutina tediosa que sostengo entre mis manos.

Lo he vivido en carne propia cuando me decidí y entré en mi comunidad queriendo ser sacerdote. Por delante tenía un largo camino que recorrer hasta la ordenación. Pero en el presente era seminarista. Y tenía claro que mi vocación no era ser seminarista. Durante un tiempo todo era nuevo, y viví feliz mi nueva condición.

Pero con el tiempo lo nuevo y la rutina hicieron vieja mi vida y soñé lo que aún no poseía. Y me dio miedo vivir queriendo dejar de ser seminarista para ser sacerdote. Se me hacía pesado ese entretanto algo molesto y cadencioso, porque aún no tenía que ver con la vida apasionante de sacerdote que había imaginado. Y me fugaba al futuro, pensándome ya ordenado, viviendo algo aún no presente.

Decidí entonces un día vivir como si mi entretanto de seminarista fuera ya mi vocación definitiva. Un ahora eterno. Decidí vivir en presente. Es verdad que sabía que si Dios quería un día sería sacerdote. Tenía un camino marcado. Pero eso no me liberaba de mi obligación de vivir el presente como un gran regalo, sin angustias, sin miedos, sin pereza.

Conozco a tantas personas que no saben vivir los entretantos de su vida. Se angustian pensando que ese tiempo indefinido en el que se hunden sus pies no tiene nada de bueno. Es como una tierra de nadie antes de tocar el paraíso soñado. Como si ese presente incómodo ante el cual se angustian fuera una barrera infranqueable, un foso profundo, entre un después y un jamás.

Y en medio de sus dudas, ni siquiera saben dónde se encuentra ese futuro lleno de ilusiones que sueñan. Es como si la vida para ellos se detuviera entre ese pasado que se ha convertido en carga y ese futuro soñado que nunca llega. Y quisieran reinventarse, hacerse de nuevo, darse una nueva oportunidad. Sueñan con una nueva etapa, con un cambio de hábitos y de rutinas. Pero nada sucede.

Es como este clima de hoy en el que esperamos que llueva, pero no llueve. Y no se ven ni siquiera algunas nubes que nos hagan alimentar la esperanza de un cambio de tiempo.

Y de repente los entretantos se convierten en una carga pesada que me impide ser feliz. Voy arrastrando con desgana la vieja capa de siempre soñando con una capa nueva. Que me dé nuevas ilusiones, y despeje mis dudas.

Pero, ¿qué ocurre si nunca llega esa etapa que sueño? ¿Y si estoy condenado a ser infeliz el resto de mis días viviendo lo de ahora? Creo que no será así. Sé que tengo la obligación de disfrutar «los entretantos» que Dios me regala en medio de mi camino. Hoy decido detenerme y contemplar el instante que vivo. Lo contemplo.

Justo el otro día leía: Con la percepción logramos una cosa nueva, no necesitamos lograr nada. La presión por lograr eficacia, el tener que hacer algo trae consigo miedo y angustia. Lo importante es no querer juzgar o cambiar nada, sino asimilar todo de la manera como se nos manifiesta. Pudiera ser que nos aburriéramos. El tedio es un sentimiento que podemos observar [1].

Me detengo a mirar el hoy que tengo ante mis ojos. Ese hoy del que espero más. Ese hoy que me gustaría fuera distinto. Sé que quizás no será para siempre. Y lo que hoy vivo será un día parte de mi pasado. Pero hoy, ahora, tengo la obligación de ser feliz y dar gracias. Cuando espero el hijo que no llega. O el cónyuge anhelado. O el trabajo de mis sueños. O la casa que cambiará mi vida. O la oportunidad que me abrirá nuevos horizontes. No lo sé.

Quiero mirar cara a cara a mi entretanto. Le pongo nombre y lo observo, lo contemplo. Me lleno de su presencia. Dejo de querer cambiarlo. Respiro hondo. Asumo que es parte de lo que me toca vivir hoy y decido hacerlo con alegría. Dios quiere que sea santo así, aquí y ahora.

No sé cuánto me queda de vida. ¿Por qué amargarme soñando con angustia con realidades que quizás nunca sucedan? Me alegro y sonrío. Y me digo: Esto es justo lo que yo quería. No digo nada más. Sigo caminando feliz y confiado.

Reconozco que la vida es demasiado corta para vivirla amargado. Tengo un corazón inmenso que sueña con la eternidad. Sueño con ese tiempo ideal que no poseo. Con esa salud que me abandona. En medio de mis miedos y de mis dudas quiero retener la alegría que poseo. Pero sé que a veces no es tan fácil hacerlo. Por eso decido hoy mismo comenzar a ser yo mismo. Sin tener miedo.

[1] Franz Jalics, Ejercicios de contemplación, 32

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