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5 santos que tenían costumbres sanas

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¡Cuidar de la propia salud es un deber sagrado! ¿La prueba? Aquí van cinco santos, de san Lucas a Juan Pablo II, pasando por Hildegarda de Bingen…

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A menudo imaginamos a los santos como criaturas de otro mundo, etéreas, que no piensan más que en el Cielo, que se privan constantemente de comida y que nunca ven la luz del día porque pasan la mayor parte del tiempo rezando en oscuras celdas. Por lo demás, siempre se les representa pálidos y demacrados…. Y para algunos de ellos quizás sea cierto.

Sin embargo, otros santos manifestaron una gran alegría al gozar de su salud y su buena condición física – tanto haciendo excursiones en el campo como haciendo deporte o interesándose en el arte de cuidar al prójimo.

Estos cinco santos son la prueba de que se puede ser una persona espiritual sin olvidar el propio cuerpo. Se diría que la buena salud física y la salud espiritual tienen mucho que ver.

Juan Pablo II, el Papa deportista

Juan Pablo II es un Papa muy querido, celebrado por levantarse contra el comunismo y por haber arrastrado a multitudes inmensas en todas las latitudes, durante las JMJ.

Pero nadie ignora que era también un atleta consumado, al que le encantaba partir con la mochila a los hombros a acampar en la montaña (donde un kayak al revés servía como altar para la misa), o bajar por las pendientes nevadas por el monte con los esquíes.

Amaba tanto el deporte que a menudo hizo discursos a diferentes equipos deportivos (en su mayor parte son accesibles en el sitio internet del Vaticano, porque el tema no era hablar de sus equipos favoritos, o de la alegría de la victoria, sino meditar sobre el sentido de la actividad física).

Juan Pablo II estaba convencido de que en el hombre, el cuerpo y el alma estaban íntimamente unidos. Esto fue lo que dijo en su discurso a la selección italiana de futbol, que se puede considerar una de sus mejores intervenciones sobre el tema. Habló así a los jugadores:

Cuando la actividad deportiva se ejerce de buena forma, tiende a desarrollar la fuerza, la competencia, la resistencia y la armonía, favoreciendo siempre el crecimiento interior. Se convierte así en una escuela de lealtad, valor, perseverancia, tenacidad y fraternidad.

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