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¿Qué es ser perfecto? No, no es hacerlo todo bien…

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 16/11/17

Aspiro a vivir la santidad del que obedece la voluntad de Dios para su vida. Aunque sea permanecer oculto y firme en la grieta del muro

A veces siento que me queda grande hablar de santidad. Quizás porque me he acostumbrado a hablar de hombres santos que son modelos por su forma de vivir, por la heroicidad con la que vivieron las virtudes cristianas. Los he puesto en un pedestal y yo me siento demasiado lejos de llevar una vida ejemplar.

Me gusta pensar que la santidad no es para ser vista. Que más bien la santidad es la forma habitual de ser cristiano. Su camino ordinario hasta el cielo. Como su traje de diario.

El otro día leía: A Dios le encanta que la santidad de sus amigos permanezca oculta y especialmente para ellos mismos [1].

Santo anónimo no es el que no es conocido en su vida de santidad. Sino más bien el que es santo sin él saberlo. Y quizás sin que otros lo sepan. Quiero ser uno de esos. No aspiro a que mi vida sea ejemplar. No aspiro a esa radicalidad de mi entrega en la que no hay errores. Porque en mi vida sí que los hay. No soy ejemplo en lo que hago. Y no me siento orgulloso de mis caídas. Pero caigo.

Vuelvo a pensar que lo que Dios me pide es que sea un santo feliz. O quizás en la misma palabra santidad está contenida una buena dosis de carcajadas. Porque no hay santo triste. Me alegra imaginar a Dios feliz al verme feliz. Como el padre que sonríe al ver reírse a su hijo. Es la alegría que uno siente al ver al otro alegre.

En una ocasión el P. Kentenich hablaba así del Santuario: María ha escogido esta tierra santa; en el transcurso de los años, de los decenios y de los siglos, desde este lugar surgirán, crecerán y trabajarán fecundamente hombres santos. Este es un lugar santo porque desde aquí se impondrán santas tareas, tareas que santifican, sobre débiles hombros [2].

Hay lugares que santifican. Lugares en los que recibimos misiones que nos hacen santos. Es como si Dios necesitara contar con débiles hombros para que su presencia fuera más visible.

Entonces me queda claro que ser santo no es ser fuerte, sino débil. Y al ser santo es posible que los demás vean a Dios en mí, con un poder asombroso. Y yo sólo tengo que reír y alegrarme con la vida. No necesito apretar los dientes.

A veces me duele vivir exigido, contenido, forzado. Quiero vivir con más paz y con más luz.

El P. Kentenich aclara: Lo que nuestra época necesita son santos nuevos, grandes, convincentes, que arrastren con su ejemplo; hombres nuevos, hombres íntegros, cristianos nuevos, verdaderos, de vida interior, cristianos perfectos [3].

Pero no perfectos en el sentido como entendemos nosotros la perfección. Hombres que se dejan hacer por Dios. Porque la santidad no es fruto de mi esfuerzo. Es más bien una gracia, un don, algo que recibo. Dios me santifica. Trabaja sobre mis débiles hombros. Sobre mi barro enfermo.

Me rescata de mi mediocridad y me levanta sobre la fría noche. Y de la fría roca sin forma saca una figura sagrada. Los santos son esa luz que brilla en medio de la noche.

Yo quiero ser luz para los que viven en tinieblas. Quiero ser luz que ilumine a los que no encuentran un sentido a sus pasos.

Me gusta pensar que tengo un camino original de santidad. No tengo que imitar a nadie. No repito moldes. No copio caminos de otros. Decido que Dios me quiere suyo. Quiere que sea de su propiedad. Eso es ser santo. Soy consagrado.

Me saca de mi vulgaridad, de la medianía de mis ideales y me sienta en el camino de la santidad. En sus brazos podré sonreír en medio de mis cruces y sufrimientos.

Y miraré a Jesús caminando a mi lado, abrazándome por la espalda. Como ese buen amigo que cree en mí más de lo que yo creo. Y confía en mi fidelidad cuando yo estoy flaqueando. Y se alegra de la honestidad de mi mirada. Y de la pureza de mis intenciones aun cuando mis actos no sean perfectos.

Creo en esa santidad que no es jactanciosa ni se engríe. Esa santidad oculta, anónima, escondida. Donde el que la lleva en su corazón no es consciente de su existencia. Esa luz que no me pertenece a mí y brilla entre mis dedos sin que apenas me dé yo cuenta.

Tal vez no es una santidad de gestas heroicas. De esas que se cuentan como relatando una gran epopeya. De héroes y personajes encumbrados. No persigo esa santidad de grandes nombres y adjetivos.

Quiero esa otra santidad pequeña, no por eso menos generosa. Esa santidad de la vida diaria, oculta en medio de la rutina. Donde lo más extraordinario es lo que pasa desapercibido a los ojos. Y donde no hay nada milagroso ni espectacular.

Aspiro a vivir la santidad del que obedece la voluntad de Dios para su vida. Aunque sea permanecer oculto y firme en la grieta del muro. Sujetando a los que están luchando en el frente en los primeros lugares. Mientras yo me quedo atrás sosteniendo con mi fe sus vidas. Haciendo de mi oración un acto sagrado.

Es la santidad de los niños. Oculta tal vez para los adultos grandes. Santo en medio de las circunstancias adversas que no me dejan respirar.

Comenta Viktor Frankl: En los campos de concentración, en aquel laboratorio vivo, en aquel banco de pruebas, comprobamos y fuimos testigos de la actitud de nuestros camaradas: mientras unos actuaron como cerdos otros se comportaron como santos. El hombre goza de ambas potencialidades: de sus decisiones, y no tanto de las condiciones, según cuál de las dos pone en juego [4].

En mi mano está optar por el camino de la santidad o de la mediocridad. En mi mano las decisiones que voy tomando en tiempos difíciles, de guerra, oscuros. Se abre la puerta de mi corazón a la gracia cuando digo que sí con el alma alzada. Y Dios me va asemejando cada vez más a Él. Y yo me dejo hacer en sus manos. Así, simplemente.

[1] Thomas Keating, Mente abierta, corazón abierto

[2] J. Kentenich, Un paso audaz: El tercer hito de la familia de Schoenstatt, Rafael Fernández

[3] Christian Feldmann, Rebelde de Dios

[4] Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido

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