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¿Por qué me duele tanto cuando paso desapercibido?

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Necesito el reconocimiento de otros para creer que valgo. Y me aferro porque siento que sin eso no soy nada

Tengo que hacer el ejercicio de mirar mi pequeñez y ser capaz de alegrarme al ver mis defectos y límites. Decía el P. Kentenich: Si se ocupa un cargo por mucho tiempo, el cargo lo ocupa a uno. En cambio, si hay una verdadera, auténtica humildad, estaré siempre contento. Si el Señor mañana no me quiere allí, está bien: lo busco sólo a Él, no quiero ninguna otra cosa [1].

La humildad no es un acto de buena voluntad. En realidad seré más humilde cuando sea humillado. Y las humillaciones me allanan el camino para ser más humilde y menos orgulloso.

Soy humillado muchas veces en el día. Pero a veces no me doy cuenta de ello. No quiero pasar por alto esas oportunidades que me da Dios para crecer en humildad.

A veces me justifico. Descalifico al que me ofende y entonces sus palabras dejan de tener valor. Me enfrento con agresividad a aquel que me lleva la contraria en público. Quiero quedar por encima, cueste lo que cueste. Me creo mejor que el que habla mal de mí. Y se lo hago ver así a los que me escuchan.

Las humillaciones a veces no me afectan. Quiero aprender de las humillaciones. Aunque sea mentira lo que digan de mí. No importa. Siempre aprendo algo aceptando las correcciones y los juicios.

¿Cómo reacciono ante las críticas que me hacen? El que se enaltece será humillado. Si aspiro a los mejores puestos, me dolerá permanecer en las filas más ocultas. Si pretendo ser yo el que marque las tendencias y decida el destino de la Iglesia, me costará estar callado viendo cómo otros ocupan los cargos más importantes.

Me cuesta mucho sentirme humillado. Sé que es el verdadero camino de la humildad. Da gracias, pues –me decía a mí mismo–, de que la amorosa providencia de Dios ponga humillaciones en tu camino [2].

Quiero aprender de mis humillaciones. Pero sé que me cuesta pasar desapercibido, hablar menos, no ser tomado en cuenta. Me gusta destacar y ser enaltecido. Que hablen bien de mí, antes que permanecer en el anonimato.

¡Qué difícil renunciar a ser enaltecido! ¡Qué duro bajarme del pedestal en el que me han subido! Sé que el hombre no cuenta por el puesto que tiene o por el cargo que posee, sino por quién es en la verdad de su corazón.

Pero se me olvida. Lo sé sólo sobre el papel. Y me quejo cuando otros son más valorados que yo en el trabajo, o en la comunidad religiosa donde estoy. O me creo importante porque tengo un cargo de jefe.

Necesito el reconocimiento de otros para creer que valgo. Y me aferro porque siento que sin eso no soy nada. Como si me quedase vacío al no poseer el cargo. Creo que esa necesidad de poder responde a mi baja autoestima.

Decía el P. Kentenich: Alegrarme, gustar de ser tratado así, de acuerdo a lo que soy. Deben reflexionar acerca de cómo esto resuelve una cantidad de los más graves problemas [3]. Aceptar y querer que me traten de acuerdo a mi debilidad. Que no me tomen en cuenta a causa de mis fragilidades y deficiencias. Que no me busquen al ver mi pobreza. Es un misterio. Amar la cruz de las humillaciones.

Me gusta pensar que Dios puede educarme en la humildad: «Me he puesto a pensar que Dios tiene su forma de ocultar a nuestra vista la labor que está llevando a cabo en nosotros, dejándonos con algo así como la espina que mortificaba a S. Pablo en su propia carne y así mantenernos humildes [4].

Me ha dejado mi fragilidad, mi herida, mi pecado, para que no me enaltezca. Como una espina clavada en la carne que me recuerda que soy de barro, que estoy herido, que no soy tan importante como a veces me creo.

Pienso en Jesús. Él, siendo Dios, no retuvo ávidamente ser igual a Dios, al contrario, se despojó de su rango pasando por uno de tantos (Flp 2,3).

Él, caminó con nosotros como uno más. Me impresiona mucho ese acto de amor. Así es Dios. Y ese es el modo de vivir según Él.

Frente a otros, no somos maestros, ni sabios, ni padres. Somos hombres que caminamos juntos ayudándonos para encontrarnos con el único que nos salva.

No quiero dejarme tentar por los halagos. La adulación me debilita. No soy mejor cuando me alaban. No soy peor cuando me critican. Soy el mismo. Pobre y rico. Pequeño e inmenso. El experimentar mi fragilidad me ayuda a ser más humano, y más humilde. Más sensible con el que sufre. Más cercano con el que lo pasa mal y sufre. Creo que es el camino de santidad que Dios me regala.

Jesús me muestra el camino del servicio: Yo estoy entre vosotros como el que sirve. Él me muestra otros valores distintos al mundo.

Creo que este es el ideal de santidad al que aspiro: El primero entre vosotros será vuestro servidor. Pero estoy muy lejos. Quiero aprender a servir yo el primero. El primero que sirve. ¡Cuánto me cuesta!

Hasta dentro de la iglesia me fijo en los títulos. Y el único título es ser hijo de Dios. No hay mayor título.

¡Cuánta envidia surge por el deseo de poder! ¡Cuánta ansiedad por tenerlo y cuánta por retenerlo cuando lo tengo! El anhelo de poder. Me gusta que me vean. Que me alaben. Que se tenga en cuenta mi opinión, mi manera de ver las cosas. Que todos me escuchen.

Me duele cuando paso desapercibido y cuando hacen caso a otro. Hoy le pido a Dios que me despoje de mí mismo, de mi soberbia. De mi máscara. Mi vida está escondida en la suya y sólo quiero ponerme junto a Él. Donde Él me diga. Él es mi verdad, y no hay otra para mí.

[1] J. Kentenich, Milwaukee Terziat, N 21 1963

[2] Walter Ciszek, Caminando por valles oscuros

[3] J. Kentenich, Milwaukee Terziat, N 21 1963

[4] Thomas Keating, Mente abierta, corazón abierto

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