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¿Por qué me cuesta tanto amarme (de verdad) a mí mismo?

SELF ESTEEM

Dean drobot - Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 04/11/17

A veces creo que si hago crecer mi amor propio será expresión de un amor sano a mí mismo. Pero no es así

Sé que el amor al prójimo me exige amar según la medida de mi amor propio. Pero a veces no está tan claro si es mucho o poco. ¿Cuál debe ser la medida correcta de mi amor propio? No hay recetas.

Pero está claro que con frecuencia un sano amor a mí mismo es lo que más me cuesta. A veces soy duro e inflexible con mis caídas. No tolero mis errores. Con rapidez destaco mis faltas y me amargo sumergido en ellas. No veo un camino de mejora. Y eso que me exijo cambios que no suceden y me frustro por ello.

Me lleno de amarguras al ver mis errores repetidos una y otra vez. ¡Cómo puedo hacer para tener paz conmigo mismo, para vivir en paz dentro de mi interior, contento de pasear por mi alma!

A veces creo que me amo bien cuando me doy caprichos, cuando me consiento todo lo que quiero, cuando me dejo llevar por la corriente sin ponerme metas ni exigencias. No me pongo propósitos de mejora para no defraudarme. Me dejo llevar.

Sé que es más cómodo. Pero no me estoy amando bien cuando me trato así. Me consiento demasiado. Como ese padre que renuncia a su derecho a educar al hijo y le deja hacer lo que él desee. Al final, como me pasa a mí, se vuelve blando. Yo me vuelvo blando.

A veces creo que si hago crecer mi amor propio será expresión de un amor sano a mí mismo. Pero tampoco es tan así. Cuando el amor propio guía mis pasos me puedo volver tozudo y exigente con los demás. Me creo en posesión de la verdad. No acepto los fallos en los otros. Quiero siempre tener la razón. Les pido a los demás lo mismo que me exijo a mí.

Mi amor propio no me deja ver la viga en mi ojo, el error en mis actos. Se me olvida que soy débil: Más allá de todos nuestros esfuerzos y de la acción del Espíritu Santo, seguiremos sujetos a la debilidad.

Estoy sujeto a la debilidad. Y debo amar mis puntos frágiles. Es el camino para desarrollar un sano amor a mí mismo. Sé que cuando me amo bien soy más libre y logro amar mejor.

Y cuando me amo mal necesariamente amo también mal a mi prójimo. Cuando tengo un sentimiento sano de amor a mí mismo, todo es más fácil. Es la meta de mi crecimiento interior. Llegar a quererme sabiendo cómo soy, con defectos y debilidades. Conociendo mis lados oscuros. Palpando mi barro.

Es verdad que tengo que exigirme para crecer y no conformarme con lo que ahora soy. Es necesario para superar mis límites. Pero no estoy dispuesto a agredirme a mí mismo. No quiero ser cruel conmigo mismo cuando caigo.

Sé lo que quiero y me esfuerzo en luchar por ello. Me amo bien, sin humillarme, sin sentirme mal conmigo mismo. Feliz en mi cuerpo. Contento en mi alma. Me acepto con alegría tal como soy en medio de mi soledad.

Muchas personas no se quieren bien y por eso no saben querer bien a otros. Tal vez por eso viven mendigando amor por todas partes. Se sienten inseguras y buscan sanar sus heridas con amores rotos que reciben de cualquier lado. Vendas que no sanan. Mendigan un amor para saciar su sed. Pero la sed es insaciable.

El amor maduro a uno mismo me lleva a amar mejor a otros. Decía la sicóloga Carmen Serrat: Acéptate como eres, valórate y confía en ti mismo. Sólo si te aceptas y te respetas serás capaz de pedir respeto a los demás.

Cuando no me respeto a mí mismo llego a aceptar que los demás tampoco me respeten. Si no me quiero bien, aceptaré que otros no me quieran bien y me traten mal. Y veré el maltrato como algo merecido, por mi debilidad. Me parecerá evidente.

El amor sano a mí mismo me hace más consciente de mi valor y me hace más capaz de darme a los demás: Amar sólo se puede amar cuando quien ama es dueño de sí mismo y entrega a alguien todo lo que es.

Cuando me poseo puedo darme de verdad. Cuando soy dueño de mi vida, puedo darla sin miedo a ser herido. En esa entrega, en esa donación, tengo que poseerme como paso previo. Y al darme me hago más persona, más hombre, más libre.

Y sé que al amar más me hago más humano: Cuanto más se olvida uno de sí mismo al entregarse a una causa o a una persona amada más humano se vuelve y más perfecciona sus capacidades.

Quiero volverme más humano. Más consciente de mis límites. Más amante de mi vida. Sé también que solo no puedo hacerlo. Necesito el amor de Dios en mí. La fuerza de su Espíritu me levanta.

Decía el P. Kentenich: Debo adquirir posesión de mí mismo, llegar a estar en mis propias manos, llegar a ser señor de mí mismo. Sin la gracia sólo podremos hacer realidad todas esas funciones en una medida mínima.

Para poseerme necesito el amor de Dios en mí. El poder de su gracia. Sin María nada puedo. Sin su cuidado maternal. Sin su educación firme y segura. Al quererme de forma incondicional me ayuda a aceptarme y a amarme en mi debilidad. En Ella se sostiene mi autoestima. Su amor me salva.

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