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¿Por qué nos duelen tanto los malentendidos?

Antonio Guillem/Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 30/10/17 - actualizado el 30/10/17

¡Qué sano preguntar antes de hablar de más, antes de sentirme ofendido!

A veces me parece que no formulo bien las preguntas y por eso no me entienden. No saben lo que pretendo decir y me contestan lo que no quiero oír. O su repuesta va por un lado distinto al que yo había imaginado.

El otro día un niño respondió mal a un problema planteado por el profesor. La pregunta rezaba: «Escribe con dígitos los números siguientes». Aparecía una lista de números escritos con letra. El niño al contestar colocó al lado de cada número el número siguiente: Treinta (31).

El profesor lo que quería es que pusiera en dígitos el número que aparecía escrito en letras. Por eso entendió que estaba mal la respuesta y le dio cero puntos. En realidad el niño había interpretado mal la pregunta. El número siguiente significaba para él lo que él escribió.

La falta de entendimiento supuso un suspenso y la frustración del niño. Todo por haber formulado la pregunta de tal manera que puede ser interpretada de formas diferentes.

A veces me pasa a mí lo mismo. Hago una pregunta y creo que todos deben entenderme. Digo algo y pienso que sólo hay una interpretación posible de mis palabras. Pero me equivoco. No siempre mis palabras son bien entendidas. Leen entre líneas. Interpretan mis afirmaciones. No siempre está tan claro lo que digo.

En una ocasión un marido me contó algo que le pasó en su matrimonio. Estando con su mujer en los primeros años de casados ella le confesó conmovida: Nunca he querido a nadie más que a ti.

El marido guardó silencio un momento largo pensando. No quería equivocarse en la respuesta. No sabía bien a qué se refería ella. Estaba claro que antes de su mujer había tenido otras novias. Podía decirle que la quería mucho, pero no que no hubiera amado a nadie más en su vida antes que a ella.

Pero antes de responder preguntó. A lo mejor la estaba entendiendo mal. Buscó aclararlo. Efectivamente, su mujer no quería decir que nunca antes hubiera habido otra persona en su vida. El más de su afirmación se refería a la intensidad de su amor hacia él. Nunca antes había amado con tanta intensidad. Nunca había querido con esa hondura, de esa forma tan pura y verdadera.

Ella esperaba de él la misma respuesta. Por eso sintió pena al percibir las dudas de su marido. Menos mal que pudieron aclararlo y no lo dejaron pasar. Él respondió lo mismo. Nunca había amado de esa forma. Se rieron.

Los malos entendidos son muy frecuentes en nuestra vida. Nos alejan de personas. Crean conflictos innecesarios. Por culpa de las confusiones nos sentimos heridos. Nos duele el desamor y la ofensa.

Tengo que reconocer que no siempre formulo bien las preguntas que hago. Y no siempre digo con claridad lo que pienso, lo que quiero, lo que espero. A veces callo y creo que los demás saben por dónde voy. Pero tengo que aceptar que mis silencios se pueden interpretar de muchas formas. A veces me enfado y no dejo ver claro el motivo de mi rabia.

Los malos entendidos me alejan de las personas a las que más quiero. Juzgo mal sus gestos, sus silencios, sus palabras, sus acciones y sus omisiones. Pongo en el corazón del otro deseos que no existen. Creo que piensa de una manera cuando no es así. Creo ver lo que no hay en sus motivaciones. Veo intenciones ocultas que nunca han existido en su alma.

A veces es necesario aclarar las cosas para evitar un daño mayor. Me detengo, aclaro, pregunto. Guardo silencio. Escucho mejor.

¡Qué sano preguntar antes de hablar de más, antes de sentirme ofendido! Las palabras no son unívocas. ¡Cuánto tengo que cuidar las palabras que digo y las que callo! No tiene un único significado todo lo que hago.

Una frase no siempre significa lo mismo, depende de lugar de la coma, de la forma como la expreso, de los gestos corporales que la acompañan, depende de quien lo escucha. En ocasiones no sé interpretar bien lo que me quieren decir. Y no siempre logro decir lo que de verdad siento y pienso.

Creo que la confianza es la piedra angular de toda relación. La confianza en el otro es la base del amor. Confianza en lo que piensa, en lo que siente. Confianza en su verdad. En su sinceridad. En su amor.

Comenta Ernest Hemingway: La mejor forma de saber si puedes confiar en alguien es ofreciendo primero tu confianza.

Ser confiado es un don, una gracia que tengo que pedirle a Dios cada mañana. Puede que haya perdido la confianza en alguna persona. Puede que alguien me haya defraudado. Sé que la desconfianza es el caldo de cultivo para la ira, la rabia, el rechazo, los malos entendidos y los juicios de valor.

Si creo en la bondad y en el amor que hay en el otro no voy a interpretar nunca mal sus intenciones. Y si me han herido a mí, tendré que aprender a confiar de nuevo en aquel que me hirió pero sé que me ama. Necesito hacerlo por mi bien, por mi libertad interior.

Quiero volver a pensar que esa persona a la que amo me quiere y que tal vez se ha confundido en sus palabras. O ha dado por supuestas ciertas cosas. O ha dicho lo que no quería decir. O quizás he malinterpretado yo sus palabras.

Tengo que saber perdonar y volver a confiar. Creer en el otro. Es un camino largo. Quiero aprender a mirar con amor a los demás, sin prejuicios, sin juicios.

Y cuando realmente confío sucede lo que leía el otro día: Confiar no es saber todo sobre alguien, sino no necesitar saberlo. Si confío dejaré de mirar con lupa todo lo que el otro hace. No lo controlaré. No intentaré saber todo lo que piensa y hace. No dudaré de él, ni de sus palabras. Creeré en su bondad, en sus buenas intenciones.

Y me bastará para vivir con paz y no inquieto. Puedo confiar en muchas personas. Prefiero ser ingenuo e inocente. Prefiero pecar de confiado antes que ser desconfiado en esta vida.

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