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No dejes a la economía decidir sobre tu matrimonio

SELF ESTEEM
Stock ASSO - Shutterstock
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Miren su alrededor con perspectiva, valoren lo que de verdad importa y afronten la crisis económica como una oportunidad

Una crisis económica debe servir a nuestro matrimonio para consolidar nuestro amor y crecer en virtudes porque vaya que se necesita de accionar varias de ellas para salir adelante.

No vamos a negar que pasar por una crisis económica en el matrimonio es de los retos más difíciles a los que una pareja se puede enfrentar. Seamos realista. Eso de que “contigo pan y cebolla”... ¿O será que a mí me gusta el pan untando con mermelada y crema de cacahuate y la cebolla caramelizada… y para eso se necesita lana (dinerito)?

Tampoco es verdad el otro extremo de que “cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana”, porque si ese fuera el caso, entonces,  ¿qué amor tan barato y mal fundamentado había entre nosotros?

No es posible que pueda más el miedo y el egoísmo que el amor. En fin… De todo se ve en la viña del Señor y desafortunadamente el índice de divorcios sigue subiendo a raíz de este tipo de vicisitudes.

Liz y Julio son un matrimonio de 25 años al que tuve la fortuna de asesorar hace algunos años. ¡Ya se imaginarán la cantidad de crisis de todo tipo y estilos por las que han pasado!

De hecho, cuando llegaron a mi consulta fue porque querían renovar y salvar su matrimonio. Habían estado separados algún tiempo y querían comenzar su relación de cero.

No me meteré en tantos detalles de su vida matrimonial. Me limitaré a que nos compartan una crisis matrimonial -a raíz de una económica- por la que pasaron porque la forma en que ambos eligieron afrontarla, después de tocar fondo, me pareció digna de hacerlo.

La manera en que Liz elige reflexionar y poner en perspectiva lo que verdaderamente tiene mérito e importancia en su vida es simplemente maravilloso y hoy en día pocas son las personas que se detienen a considerar y valorar esos detalles.

Hay una cantidad de enseñanzas y aprendizajes dignos de ser imitados Sé que su experiencia nos servirá a muchos.

Esta es la historia de Liz contada por ella misma.

Julio, mi marido, es un hombre al que honestamente me cuesta mucho encontrarle defectos, de esos que para mí sean de peso. Claro que no es perfecto, pero casi. Es un hombre íntegro, intachable y de negocios al que a veces pienso le falta malicia porque confía mucho en los demás. Él pone su ética y la compasión por sus semejantes antes que su beneficio personal y eso, entre otras actitudes, no le ha dejado avanzar económicamente tanto como ambos quisiéramos porque sus valores morales y virtudes humanas se contraponen al mundo consumista, hedonista y egoísta que hoy vivimos.

Nunca nos ha faltado nada porque trabaja y se esfuerza muchísimo.

Yo me considero ser una esposa normal, un ama de casa como hay tantas. Trabajo desde mi casa, gano buen dinero y de esa forma apoyo a la economía del hogar.

He sido de las afortunadas que pocas veces ha tenido que salir a la calle a trabajar por necesidad. Claro que cuando lo tuve que hacer, lo hice y punto.

El tema del dinero y las finanzas ha sido el talón de Aquiles en nuestro matrimonio. Confieso que era yo la que no sabía escuchar a mi esposo cuando quería hablarme del tema porque necesitaba hacerme saber cómo estaban las finanzas del hogar.

Me cerraba y me llenaba de miedo. Me bloqueaba y hasta de pleito terminábamos. Hasta que ambos decidimos que yo no sabría nada del asunto y que él se encargaría de resolver esa área del hogar. Muy mal hecho de mi parte haberle dejado esa carga solo a él.

Julio tenía muy buen trabajo donde ganaba muy bien. Nuestro matrimonio marchaba viento en popa. Un día cualquiera recibo la llamada de mi mamá para decirme que estaba repartiéndonos su herencia en vida y que a cada hijo nos tocaría una suma muy fuerte de dinero.

Yo no podría creer lo que estaba escuchando. Fue como una bocanada de aire fresco. Como buena mujer, mi imaginación comenzó a correr a hacer planes futuros para mi esposo e hijos. De inmediato me comuniqué con Julio para darle la súper noticia. A nadie más que a mi esposo le podía confiar la custodia y buen uso de tal cantidad de dinero.

Lo puse todo en sus manos. Él se encargaba de manejarlo, de invertirlo y de hacerlo rendir. Fueron unos años en que vivimos bien, digamos que igual que siempre, pero sin el estrés mensual de antes por las cuentas que había que pagar.

Nunca hemos sido ostentosos y la vida aburguesada jamás nos ha llamado la atención. Al contrario, el vivir desahogados y el tener un poco más de acceso a “cash” nos permitió ayudar económicamente aún a más personas menos afortunadas. De verdad, todo parecía un sueño. Yo experimenté la misma tranquilidad que cuando vivía cuando soltera y que mis papás me solucionaban todo.

Tiempo después comencé a sentir a Julio muy, pero muy estresado. Cada vez que le pedía dinero no me lo negaba, pero notaba algo en su actitud y rostro. Hasta que yo me animé a hacerle la gran pregunta: “¿Estamos en problemas financieros?”

Ya saben la respuesta… Debido a sus no tan acertadas decisiones de inversión y demás en unos cuantos años perdimos todo, hasta nuestra casa. Simplemente yo no daba crédito a lo que nos estaba pasando. De mediocre y fracasado no le bajé un pelo. Él me soportaba las ofensas y solo me pedía perdón. Lo insulté hasta que me cansé.

De verdad, hasta yo misma me desconocía. Había momentos en que me sentaba a reflexionar y a tratar de entender porqué estaba yo reaccionando así si de verdad el dinero nunca ha sido un motor en mi vida, mucho menos mi dios. Sentía una rabia que entraba por mi pecho y que se apoderaba de mí.

Una furia que me empujaba a insultar a mi esposo, a decirle que era un malogrado, bueno para nada y que me sentía terriblemente desilusionada de él. Que había sido una estúpida en confiarle todo “mi dinero” a un bueno para nada como él. De verdad que no parecía que fuera yo la que escupía tanta barbaridad.

La ira se apoderaba de mí. Lo humillé hasta que me cansé. Cada vez que le veía llorar, en vez de sentir compasión por él me llenaba de aún más rabia y ardía en mí el deseo de patearlo. Lejos de decirle palabras que lo tranquilizaran, me le quedaba viendo y con mi actitud soberbia le hacía ver que por “imbécil” le había pasado eso.

Estos episodios de furia infernal se los hice vivir a mi esposo varias veces. Cómo me arrepentía cuando volvía a la razón. Después del último dije ya no más, esto no es vida para nadie.

Julio me había pedido perdón desde el momento en que me dijo que estábamos quebrados y que fue mi primer episodio de locura. Ahí mismo y de corazón yo había elegido perdonarlo por lo que las otras escenas de ira habían estado de más. Si, es verdad, yo estaba sufriendo, pero mi esposo estaba sufriendo aún más porque traía el peso de todo.

Yo había perdido todo este dinero, pero estaba a nada de perder lo más importante, a mi marido porque su salud estaba cada día más deteriorada por el estrés que estaba pasando y al que yo le ponía más peso.

Esa tarde tomé mi auto y manejé hasta la Iglesia cerca de mi casa, bueno, de la que era mi casa. Entré… Ahí estaba el Santísimo esperándome para consolarme. Caí de rodillas delante de Dios y lo primero que hice fue suplicarle que me perdonara. Era un llanto ahogado el que tenía.

Me sentí tan mal porque había faltado a mis promesas matrimoniales: “en lo próspero y en lo adverso… amarte y respetarte siempre…” Le había faltado el respeto a Julio hasta el cansancio.

Ahí mismo pedí a Dios su ayuda para ser la esposa que Julio merecía tener, sobre todo en estos momentos tan difíciles para todos. Le pedí serenidad par aceptar nuestra realidad, la vida nos había cambiado radicalmente en cuestión económica. Le pedí que me diera el espíritu de desprendimiento para poner mi corazón solo en aquello que verdaderamente tiene valor. Le pedí fortaleza para seguir siendo el báculo y el soporte que mi esposo necesitaba y para no volver a caer en la tentación de ofenderle. Le pedí sabiduría para que de mi boca salieran únicamente palabras de aliento y de certeza de mi amor hacia él. Le pedí prudencia para actuar como actuaría una mujer virtuosa en busca de la santidad. Le pedí que incrementara en mí la certeza de que Él estaba en control de todo y la capacidad de saberle ofrecer mi sufrimiento. Le pedí que incrementara en mi corazón mi capacidad de gratitud para darme cuenta de todas las bendiciones que había recibido y que muchas veces había dado por hecho. Y como Dios siempre escucha y nos da respuestas, muy pronto recibí las mías.

Días después tuvimos una junta con nuestros hijos para compartirles lo que estábamos pasando y hacerles saber sobre los cambios que debíamos hacer para enfrentar esta situación. Las muestras de amor, compasión, apoyo y empatía de ellos, -sobre todo, hacia su papá, fueron simplemente algo que no puedo describir.

De esos regalos que te hacen ver que algo hiciste bien para merecer tener unos hijos como ellos. Quizá como jóvenes que son esperábamos que reaccionaran de una forma distinta, quizá más hacia la rebeldía y a la no aceptación, pero no, fue todo lo contrario. El apoyo y el amor que nos mostraron fue incondicional.

Mi esposo con el rostro desencajado no se cansaba de pedirles perdón por estarles haciendo sufrir, por ser el causante de pasar por esta mala racha económica.

Hasta que uno de ellos lo interrumpió y le dijo: “Papá, tengo vivas en mi mente las palabras que años atrás me dijiste. Que a ti te han traicionado mucho las personas, tanto en los negocios como de manera personal, porque siempre has creído que en ellas hay buena voluntad. Y que a pesar de seguir recibiendo traiciones sigues eligiendo confiar. Y eso papá, además de tu ética e integridad, del ejemplo de vida que siempre nos has dado y del amor que tienes por Dios hace que yo te amé y admire aún más. Por eso papá, yo sigo tus pasos y no deseo otra cosa más que un día ser como tú”.

Las palabras de mi hijo me hicieron poner los pies sobre la tierra aún más. Que un hijo varón de 23 años le diga a su papá semejantes palabras es porque verdaderamente existe una gran admiración hacia un padre que ha sido ejemplar toda su vida.

Ahí estaba mi respuesta. ¡Qué más le podía pedir a la vida! Mis hijos tenían -y tienen- un ser virtuosísimo como padre. Tenía todo frente a mí y mi absurda soberbia y mi dolor me habían cegado para reconocer una vez más al maravilloso ser que tenía como esposo porque no solo era ejemplo de vida para ellos, también para mí.

Eso me hizo poner las cosas en perspectiva y verlas en su justo medio. Si, es cierto que mi esposo no es el más atinado para manejar las finanzas, pero que se compara ese defectillo a todo las cualidades y bondades que hay en él.

Caí en cuenta que ni juntando todas las malas inversiones, negociaciones o fracasos laborales y económicos que mi esposo haya tenido a lo largo de su vida se comparan a una sola de sus virtudes y cualidades.

Él me ha motivado a ser quien soy, me ayuda a sacar lo mejor de mí, me da lecciones de humildad y de perdón. Me trata como a una reina, me llena de cuidados, ternura, compresión. Vive pendiente de mí y de mis hijos y de que no nos falte absolutamente nada.

Que es todo este dinero comparado con tantrismo amor, con una vida llena de virtudes… ¡Nada! No hay ni comparación. El dinero eso solo eso, dinero, un bien temporal que debe servirnos para unirnos y no para separarnos.

Después de tanta reflexión renové mis promesas matrimoniales con él.

A toda crisis para que verdaderamente se convierta en oportunidad hay que hacerle frente de una forma virtuosa y no escondernos de ella por miedo.

Si vivimos con esperanza y hacemos lo que nos corresponde iremos hacia adelante con la certeza de que habrá solución y de que en algún momento tendrá término o caducidad, es decir, que no es para siempre.

Toda crisis trae consigo una gran enseñanza para nuestra vida. La mía fue corroborar que nuestro amor es sólido y que ni todo el oro del mundo se compara con un solo día junto a mi esposo.

Por último, como madre y mujer me congratulo por haber sabido elegir a ese hombre, a Julio, como compañero de vida, como mi camino de santificación y padre para mis hijos. En esta vida me he arrepentido de muchas cosas, pero sé que jamás lo haré de haberme casado con él y de haberles dado ese papá.

 

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