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El cultivo de la palmera aceitera en Petén (Guatemala) y la generación de “desiertos verdes”

MANOS UNIDAS
Facebook Cooperativa Manos Unidas y Su Gente Bella.
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La última frontera de resistencia frente al avance de la palma aceitera en la región

“Parece limpia, es de una exuberante belleza, pero la laguna está contaminada. Y de esa laguna depende la vida de los 700 habitantes de la Cooperativa Manos Unidas, una comunidad perteneciente al municipio de Sayaxché, departamento de Petén, al norte de Guatemala”.

Así inicia la periodista Nazaret Castro un reporte sobre la Cooperativa Manos Unidas, que se ha convertido –según el reportaje publicado originalmente en Equal Times y reproducido por el portal Desinformémonos– en la última frontera de resistencia frente al avance de la palma aceitera en la región, pues es la única comunidad que aún conserva tierras; y lo es, aseguran sus habitantes, “porque las tierras gozan de propiedad colectiva”.

Amenazas veladas, oscuros argumentos

En la investigación sobre el cultivo y las estrategias de las empresas que están comerciando palmera aceitera, Castro destaca que la Cooperativas Manos Unidas está enfrentando una batalla para que no suceda lo mismo que pasó con comunidades vecinas en la que los campesinos fueron forzados a vender con “amenazas veladas y oscuros argumentos”.

En la Cooperativa los campesinos todavía pueden cultivar maíz y frijol y alquilar tierras a las comunidades vecinas que han visto cómo sus parcelas se empobrecían por el gran número de nutrientes que exige el cultivo de la palmera aceitera, misma que está siendo cada día más cotizada en el mercado.

“No por ello se han librado de los impactos de la palma. La laguna de la que tomaban el agua y el pescado está contaminada, y sus cosechas se han visto afectadas por el cambio climático derivado de la deforestación: más calor y menos lluvia. También han sentido, aseguran, el impacto de los agroquímicos que le aplican a la palma, y el aumento de las plagas”, denuncia Castro en su reportaje.

La zona del Petén, en Guatemala, es de una enorme exuberancia. Sin embargo, también lo es de una enorme pobreza. La falta de agua corriente ha hecho daño a las comunidades que tienen que tomarla del río La Pasión o de la laguna, en ambos casos contaminada por los químicos del cultivo de la palmera aceitera y porque se están secando los pozos artesanales.

Las normas para un ecocidio

Hasta hace 15 o 20 años la región del Petén era solamente selva. Pero llegó el cultivo de la palma aceitera por parte del grupo industrial guatemalteco HAME. Cuando se dio a conocer el ecocidio del río La Pasión, en Sayaxché, por el desborde de las lagunas de oxidación, lo que provocó una enorme mortandad de peces y contaminación extrema en 150 kilómetros del río, cayó asesinado a tiros quien denunció este hecho: el campesino Rigoberto Lima.

“La única salida al hambre y la sed es lo mismo que la causó: la palma. La desesperación lleva a estos campesinos a aceptar condiciones laborales que recuerdan a los tiempos de la esclavitud”, dice Castro en su reportaje.

Según una campesina de San Juan de Acul, citada por la periodista, hombres y mujeres: “trabajan muchas horas por poco dinero, sin horarios fijos, y se tienen que comprar ellos el equipo. Pero no hay más de adónde. Si hubiera otra fuente de ingresos, no se aprovecharían de la necesidad, pero tenemos que comer”.

“Aquí, la mayoría de la gente trabaja en la palma. Salen de aquí a las 5 para llegar a las 6 a la plantación, y trabajan hasta las 3 de la tarde por jornales de 60 quetzales (unos 7 euros), que es menos del salario mínimo (de 83 quetzales por jornal en el campo). Cuando llega el día de cobro, no les quieren pagar. Les tratan mal y los amenazan con echarlos si protestan”, afirma uno de los líderes de la comunidad de El Mangal, en el extenso reportaje publicado por Equal Times / Desinformémonos.

Campesinos e investigadores: “Esto será un desierto verde”

Los campesinos denuncian que tras 20 o 25 años de siembra de palma aceitera, las tierras ya no sirven para nada. Y esto lo confirma un estudio realizado en el Valle de Polochic por la investigadora Sara Mingorria, del ICTA (Universidad Autónoma de Barcelona).

En él se muestra que, debido a la gran cantidad de nutrientes que demanda, el monocultivo palmero elimina la capa orgánica del suelo y provoca infertilidad. Se requieren 25 años para lograr que la zona en la que se plantó palma aceitera vuelva a ser fértil, pues “el suelo queda tan debilitado que, por más que se abone, los componentes se pierden y desaparecen”.

Mingorria añade que estas plantaciones suelen denominarse “desiertos verdes” porque “este tipo de árbol no permite que se forme vegetación a su alrededor”.

“Cuando eso suceda, si no lo impide la terca resistencia de las comunidades indígenas y campesinas, las empresas buscarán otro territorio donde hacer rentables sus inversiones, dejando a su paso tierras desertificadas, ríos contaminados y pueblos despojados. Y todo, en aras de la rentabilidad de una commodity que cotiza al alza en los mercados financieros, termina diciendo Nazaret Castro en su reportaje.

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