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De esclavo adicto a la droga a amigo: Cómo mi hijo encontró la libertad

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“Ha ocurrido algo parecido a un milagro”, escribe Judy Klein, llena de gratitud y alegría

“Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado (…) Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre”, Juan 15,12; 14-15

“Nadie conoció mejor que Cristo el dolor contra el que intentamos insensibilizarnos tan desesperadamente, y todo el mal del mundo parece surgir de nuestro terrible miedo a que seamos básicamente indeseados”. Heather King, Holy Desperation: Praying As If your Life Depends On it, 66

Conozco a pocas personas que hayan experimentado las cadenas de la esclavitud como mi querido hijo de 26 años, Christian, que durante más de 10 años ha luchado contra una adicción a la droga que ha sido la ruina de su vida; una adicción empujada por la creencia despiadada y arraigada en su corazón de que no es querido.

Sin embargo, algo ha cambiado últimamente. Ha sucedido algo parecido a un milagro.

En vez de emplear palabras como vergüenza, rechazo, miedo y castigo, Christian de repente habla con el lenguaje del amor. En concreto, habla de que ha encontrado el amor personal, apacible y misericordioso de Dios hacia él, un encuentro que lo ha cambiado, bueno, todo.

“En mi vida siempre ha habido fracaso, sufrimiento, castigo”, compartió conmigo Christian en una conversación de hace dos días. “Pero cuando por fin me acerqué a Dios en silencio, en calma, con un corazón y una mente abiertos, escuché que susurró en mi corazón: Te quiero”.

Mientras yo escuchaba maravillada de agradecimiento, él prosiguió: “Desde que permití que un poco de ese amor se filtrara en los lugares más oscuros de mi corazón —en las cosas más oscuras que he conocido y hecho—, he visto que Dios siempre me ha amado, que solamente quería abrazarme y que siempre ha estado ahí conmigo”.

Así es precisamente como nos transformamos de esclavos a amigos de Dios.

Mi hijo tiene una “nueva forma de pensar”, como él mismo lo llama, y está todo relacionado con que ha llegado a creer que es objeto del profundo amor de un Dios misericordioso y que está llamado a vivir según esa realidad.

Esta nueva forma de comprensión le ha convencido de que muchas personas no están interesadas en Dios porque tienen una concepción errónea sobre quién es Dios, porque lo imaginan como un capataz punitivo y estricto, en vez de como “un Padre gentil cuyo amor y misericordia mantienen unido el mundo”.

Creedme, sé que las palabras pueden salir baratas. Pero cuando se escuchan esas palabras viniendo de lo hondo del corazón de un hijo, un hijo que sufre desde hace tantísimos años, sabes que algo ha cambiado radicalmente. Y el regocijo que sientes no puede ser más genuino.

“¡Dios no es castigo!”, declaró Christian categóricamente. “Él es amor y lo que Él quiere está en nuestros corazones. La gente tiene que saber que somos amados por un Padre que quiere curarnos, liberarnos y bendecirnos. Y no podemos saber eso hasta que sepamos personalmente quién es Dios”.

Christian continuó explicando que ahora reconoce que la recuperación —la libertad de la esclavitud de las drogas— no consiste en culparse por haber metido la pata o castigarse por haber fallado. “La recuperación consiste en sanar el corazón roto”, concluyó con convicción. “Consiste en abrirse, en confiar y en permitirnos ser vulnerables a Dios y a los demás. Lo que importa es que somos amados y que cuando vivimos nuestras vidas en base a ese hecho, nos hacemos libres”.

Sin duda, escucho la dulce libertad de un amigo de Cristo en la voz de mi hijo, un joven que ha descubierto al fin que los “amigos” de Cristo son “aquellos a quienes ama”. Veo la libertad de un hijo de Dios que finalmente ha escuchado la voz del Padre susurrando: Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco.

Tal es la libertad de los hijos de Dios, una libertad ganada únicamente a través del amor.

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