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No, lo que nos mantiene unidos no son, ni deberían ser, los hijos

COUPLE
Eugenio Marongiu - Shutterstock
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Nuestra intimidad es ese lazo de amor irrompible que va a mantener unido nuestro matrimonio para toda la vida. Intimidad es sinónimo de unidad

La RAE define a la intimidad como una amistad íntima, como una zona espiritual íntima y reservada de una persona o de un grupo, especialmente de una familia.

Cuando hago esta pregunta a las parejas invariablemente obtengo la misma respuesta. ¿Cuál es el lazo más fuerte e indestructible que siempre les mantendrá unidos? Y me responden que los hijos. Y claro, tiene lógica. Pero… Si de verdad fuera tan fuerte e indestructible, ¿por què sigue habiendo tanto divorcio?

Entonces no son los hijos los que nos mantienen unidos, sino nuestra capacidad de amor y compromiso mutuos, de entrega y de mantenernos como prioridad uno del otro. Los hijos son fruto de nuestro amor y una enorme bendición la cual -desafortunadamente- para muchas parejas ese amor -el más puro de los amores- no es suficiente para luchar contra sus egoísmos personales y evitar el divorcio.

Me explico mejor. Los hijos es lo más bello que la vida nos puede dar y por supuesto que hay que amarlos incondicionalmente, dedicarles nuestro tiempo, esfuerzo, etc. pero sin descuidar a ese ser quien en nuestro matrimonio debe seguir siendo prioridad, incluso antes que los hijos: nuestro cónyuge.

La intimidad en la vida marital va mucho más allá de un mero encuentro sexual. Es el permitir conocernos verdaderamente desnudos, pero del alma. Es comunicarnos nuestros espíritus sin miedo a ser juzgado porque entre nosotros solo existe amor, mismo que nos hace abrirnos a compartirnos todo de nosotros de una manera segura. Es permitir a nuestros corazones que dialoguen entre sì, muchas veces sin palabras. La idea es que nuestra relación matrimonial sea la más íntima de todas las relaciones humanas.

Ahora te voy a pedir que te remontes a aquellos años de cole, a tus clases de matemáticas cuando te enseñaban acerca de los conjuntos. Te pedían que pusieras 2 círculos unidos. De esa unión resultaba una intersección -algo en común- que quedaba en medio de ambos y que puede ser tan grande o pequeña como los círculos estuvieran uno de otro. A mayor lejanía de estos, más pequeño el vínculo. A menor separación, más grande el vínculo.

Pues justo esa intersección es lo que es nuestro vínculo matrimonial, todo eso que nos une y tenemos en común aparte de los hijos. Si durante los años hemos procurado hacer todo y de todo por mantenernos unidos por medio del amor, del respeto, de la compasión, del servicio mutuo, del perdón, de la Fe, compartiendo alegrías y tristezas, éxitos y fracasos, etc. significa que nuestro vínculo ha estado bien alimentado lo que significará que tendremos una unión sólida, impenetrable cual ciudad amurallada.

Si, por el contrario, cada uno ha hecho de su vida lo que ha querido apartándonos de nuestro fin en común que es hacernos mutuamente felices y ser uno del otro camino hacia plenitud. Si de alguna manera hemos caído en el egoísmo y nuestras prioridades de vida están alteradas o no coinciden, pues ya sabremos cual será el resultado.

Y esto lo podemos ver en la epidemia de divorcios que hay en los matrimonios cuando los hijos se han ido del hogar. Son parejas que se perdieron en el camino, que se olvidaron de que antes de haber sido padres fueron pareja. Se dedicaron a ser solo padres y se olvidaron de ser esposos, amigos, amantes, confidentes, socios, compañeros de camino, ayuda idónea uno del otro.

Pasan los años y cada vez tuvieron menos cosas en común porque se descuidaron de nutrir sus nexos de pareja. Los hijos, el único vínculo que les mantenía unidos ya no están. Ahora son dos perfectos desconocidos -emocionalmente hablando- viviendo bajo el mismo techo, comiendo en la misma mesa y durmiendo en la misma cama. Y claro, como esa sensación de soledad acompañada no es nada agradable, entonces se separan o, peor aún, se divorcian pensando que esa es la solución.

Insisto, para que nuestra intimidad crezca y que así nuestro vínculo sea cada vez más sólido es importante que la alimentemos a diario por medio detalles, de compartir actividades y gustos, de decirnos palabras de afirmación, etc. Créanme que es mucho más sencillo de lo que parece. También sugiero tomar en cuenta estos puntos.

  • Para alimentar nuestro vinculo es muy importante que cada uno salga de sí para entrar en el otro. Es decir, cambiar el egoísmo por el altruismo. En un acto sincero de amor y generosidad pienso más en ti, en tus gustos y preferencias y menos en mí.
  • Conocer las áreas de intimidad que existen y trabajar por alimentar cada una. Compartiré solo algunas que el Dr. Champan, en su libro “El Matrimonio: Pacto y Compromiso” nos sugiere y les reto a que busquen y encuentren más. Hasta puede ser un ejercicio divertido que pueden realizar en pareja:
    • La intimidad intelectual. Compartir pensamientos, experiencias, deseos o ideas que han servido de estímulo a una persona. Por ejemplo, compartir de un buen libro que acabo de leer y de esa fabulosa película que tanto me ha impresionado.
    • La intimidad emocional. Es el compartirse a sí mismo -emociones o sentimientos-. Es cuando ante lo que nos acontece en la vida nos abrimos y participamos lo que sentimos e invitamos al otro a hacer lo mismo.
    • La intimidad espiritual. Es lo que un individuo puede compartir de su relación diaria con Dios y que nos invita a la reflexión. Es decir, aquello que le da significado a su vida. Por ejemplo, compartir y reflexionar sobre el Evangelio dominical.

Conviene cuidar y nutrir nuestra intimidad como pareja porque será el vehículo que alimentará nuestro vínculo, ese que por más que pasen las tormentas, por más que las crisis nos visiten a nuestro hogar, será tan sólido que no habrá nada ni nadie que lo destruya. Además, se torna tan impenetrable que un tercero jamás tendrás cabida. Recordemos que para que un tercero entre se necesita que haya suficiente espacio entre los dos.

 

 

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