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¿Sirve para algo orar?

Marko Vombergar-ALETEIA
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La oración es amistad con Dios y a un amigo no se lo puede valorar por su utilidad

Muchas veces escuchamos a personas que nos dicen: “Voy a rezar así me cargo las baterías”, o “necesito hacer adoración para obtener paz y tranquilidad”. Podemos escuchar muchas afirmaciones sinceras sobre la utilidad de la oración: “Para obtener lo que necesitamos”, “porque la oración nos hace crecer espiritualmente”, “porque la oración trae paz”, “porque es fuente de fortaleza y ayuda a superar dificultades”, etc. Pero ¿es útil la oración? ¿Es una actividad para lograr beneficios psicológicos?

Estas motivaciones que mencionamos son razones válidas para orar, pero el riesgo es quedarse en la mera utilidad, en la superficie. Porque todas estas razones para orar no aciertan con la realidad más profunda de la oración, no responden a las verdaderas razones del encuentro con Dios. Vivir en la lógica de la utilidad nos hace perder de vista el valor de la gratuidad.

Orar es un diálogo de amor entre el ser humano y Dios, no una forma de manipular y por ello no debería medirse en términos de su “utilidad”. El centro de la oración es la realización del amor de Dios en nosotros y nuestra respuesta a su amor en una entrega total. El acto de adoración es un acto de amor, de entrega total que no busca más que donarse al otro.

¿Una pérdida de tiempo?

Estamos demasiado acostumbrados a que todo tiene servir para algo, a que incluso los momentos de gratuidad deberían producir resultados, y esto nos trae una cierta ceguera espiritual para comprender las raíces más profundas de la vida de oración.

San Juan de la Cruz define su ideal de vida como “vivir en una atenta y amorosa expectación”, porque orar es esperar, es ser receptivo. La adoración no es un medio para alcanzar algo, sino que es estar ante la meta: Dios mismo.

Muchas veces tenemos razones de utilidad para acercarnos a la oración y cuando estas intenciones no se ven satisfechas, se puede pensar que la oración no es escuchada o que se considere una pérdida de tiempo, porque no se encuentran satisfacciones inmediatas.

Justamente es una pérdida de tiempo por amor, una entrega desinteresada: “Quién pierda su vida por mí la encontrará”. El jesuita holandés Piet Van Breemen escribe al respecto: “Quien consuma su tiempo por Dios verá que ese tiempo precisamente será el más valioso. Pero tengo que consumirlo realmente por él y resistir toda tentación de querer hacerlo productivo”.

Claramente esto no quiere decir que no haya frutos espirituales en la vida de oración, sino que expresa la necesidad de purificar toda intención utilitaria. La oración es amistad con Dios y a un amigo no se lo puede valorar por su utilidad, ni se va a visitarlo por los beneficios que comporta, aunque en su presencia nos sintamos más felices. Vivir en presencia de Dios nos llena de paz, pero si voy a buscar la paz en Dios, ya lo puse en segundo lugar, lo volví útil y secundario.

Vivir en la verdad

La oración no debería ser una parte de nuestro día, o una parte de nuestra vida, ni un intento de exigirle algo a Dios como si la oración le diera algún beneficio. El filósofo judío Martin Buber lo describe así: “La oración no está en el tiempo, sino el tiempo en la oración… invertir esta relación es abolir la realidad”. Vivir en relación auténtica con Dios, requiere tiempos especiales de oración, pero la vida entera está “en él”, como expresaba el apóstol Pablo: “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”. (Gal, 2,20).

Esto nos revela que las dificultades no están en la oración como tal, sino en nuestra forma de vivir. La oración no cansa ni crea tensión, pero puede suceder que nuestro modo de vivir nos complique el encuentro con Dios.

También puede ocurrir que la oración se vuelva un logro, un hábito rutinario vacío de sentido. Esto puede provocar una hipocresía que va penetrando otros aspectos de la vida. Lo que Thomas Merton llamaba “falsa interioridad”, dando la impresión de una externa piedad y devoción, pero es algo “ejecutado, pero no vivido”. La mecanización de la oración termina siendo un mero cumplimiento sin vida y que no transforma la existencia.

La verdadera oración es encuentro con otro que me transforma, que no me deja igual, que me interpela y me mueve a amar. Por eso es inseparable una auténtica vida de oración de una transparente transmisión de la fe y de una caridad efectiva.

¿Cómo empezar a orar?

Hay una diferencia fundamental entre el recogimiento y la concentración. La concentración exige mucho esfuerzo y tiempo, en cambio el recogimiento es “dejarse llevar”, es abandonarse sin ansiedad. De hecho a muchos les cuesta comenzar porque creen que no podrían sin concentración y de hecho esta es agotadora para la mayoría, lo cual la vuelve pasajera. En cambio el recogimiento demanda que no haya tensión, ni ansiedad y puede durar mucho tiempo.

Por ello es recomendable empezar la oración diaria con unos cuantos minutos de concentración para calmarse, pero luego lo importante es el abandono en Dios, el permanecer tranquilo y confiado porque Dios está siempre allí, esperándome, deseando el encuentro conmigo. Si es claro que Dios nos ama más a nosotros que nosotros a él, es evidente que nos desea más a nosotros que nosotros a él. Como expresa el Cantar de los Cantares: “Yo soy para mi amado objeto de su deseo”, es decir: “yo soy objeto del deseo de Dios”. Si partimos de la fe en este amor de Dios que nos busca y desea, orar es solo dejarse encontrar, estar disponible, abrirse al encuentro.

Bibliografía para profundizar:

Van Breemen, P, Como pan que se parte, Sal Terrae, Santander. 1998.

Van Breemen, P, Él nos amó primero, Sal Terrae, Santander, 2002.

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