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Fernando Saperas, el mártir de la castidad

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Fueran tantas las vejaciones a las que le sometieron que hasta las mismas prostitutas se enfrentaron a los milicianos en favor de Fernando

Fernando Saperas es conocido como el mártir de la castidad y será uno de los 109 misioneros claretianos que este sábado 21 de octubre beatificará el cardenal Angelo Amato en la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona.

Saperas nació en Alió (Tarragona) el 8 de septiembre de 1905. Con tan solo 7 años quedó huérfano de padre. De esta forma, pronto tuvo que ponerse a trabajar para ayudar a su madre en el sostenimiento de la casa. Trabajó en el campo, de camarero, de comerciante…

En 1925 se incorporó al servicio militar, donde, paradójicamente, descubrió su vocación religiosa. En aquella época eran frecuentes las visitas de Fernando al santuario del Corazón de María, de los misioneros claretianos, situado cerca del cuartel de Santiago, en Travesera de Gracia, al que le destinaron.

Al terminar la mili, Saperas tenía ya decidido su ingreso en el convento y así se lo comunicó a su madre.

– «Madre, he pensado irme a un convento».

– «¡Poca vergüenza! ¿Tan mal estás en casa que quieres marcharte?», le contestó su madre al mismo tiempo que lo amenazaba con echarlo de casa.

En 1928 ingresó en el noviciado de Vich. Entonces, escribió a sus familiares: «Por mi, no paséis pena. La vida religiosa me prueba bien, gracias a Dios. Y…¡que dure! Encomiéndenme al Señor para que me conserve la vocación y persevere en esta congregación hasta la muerte».

Dos años después, el 15 de agosto de 1930, Fernando emitió la profesión religiosa, a la cual asistió su madre.

Comienzo de la persecución

Tras cinco años relativamente tranquilos, comenzó la persecución religiosa contra Saperas. En julio de 1936, el religioso tuvo que huir dos veces de la casa en la que habitaba para no ser apresado. Se refugió en casa de Ramón Riera, que era también el estanco y la taberna del pueblo. Allí trató de pasar desapercibido actuando como un jornalero más, pero cuando los lugareños soltaban blasfemias Fernando les reprendía.

– «Cuidado que te pueden matar», le advirtió Riera.

– «Si me matan, ¡alabado sea Dios!… Quienes nos persiguen son unos desgraciados, por los cuales solo atino a rezar. A mí me cuesta muy poco perdonarlos», respondió Fernando.

Incluso sus propios hermanos de comunidad le pedían «prudencia, cuidado, que caerá en manos de los rojos». A lo que Fernando respondía: «¡Qué cuentos! Si me matan por ser fraile, ¡seré mártir!».

Ante el peligro de ser denunciado por alguno de los clientes de la tasca y acabar apresado por el comité revolucionario, el religioso tuvo que huir de nuevo. Se encaminó entonces al pueblo de Montpalau, donde finalmente fue apresado por milicianos.

Mártir de la castidad

Durante el interrogatorio, uno de los captores le preguntó: «¿No has ido nunca con una monja?» La respuesta de Fernando Saperas fue contundente: «Matadme si queréis, pero no habléis de esas cosas». La contestación hizo que los milicianos le sometieran a infinidad de tentaciones de carácter sexual, todas rechazadas por el religioso, que consiguió morir sin romper su voto de castidad.

Tras esta respuesta, dos de los milicianos sujetaron por los brazos a Fernando y le desnudaron. Otro de ellos se quitó la ropa y se abalanzó sobre el religioso para violarlo. «¡Matadme si queréis, matadme; matadme, pero no hagáis eso!». La resistencia del apresado, de gran fuerza física, provocó que los milicianos desistieran de su propósito.

Ante la imposibilidad de violarlo, se lo llevaron a la localidad de Cervera. Allí «te llevaremos a una casa de prostitución. Si vas con una mujer a vista nuestra, no te matamos». Según un testigo, preso de los mismos milicianos, los captores le repitieron hasta diez veces la propuesta de llevar a Fernando al prostíbulo «y siempre oyeron la misma respuesta del hermano:

“¡Matadme, si queréis, pero eso, no!”».

«Le llevaron de prostíbulo en prostíbulo. Allí emplearon todos los medios posibles e imaginables para derrocar la fortaleza de Fernando. Empezaron con frases soeces, siguieron actitudes provocativas, incitaciones violentas, le desnudaron…», explican desde la oficina de información de los misioneros claretianos. «A cada provocación el hermano respondía: “¡Virgen soy, y virgen moriré!”»

Los milicianos sometieron a Fernando a infinidad de barbaridades. Tantas que hasta las mismas prostitutas se enfrentaron a los milicianos en favor de Fernando.

Fusilamiento

Sin conseguir su propósito, los miembros del comité de Cervera pusieron rumbo al cementerio. Allí colocaron en la pared a Fernando, que pidió permiso para hablar:

– «Perdónalos, Señor, que no saben lo que hacen». Y añadió: «Yo os perdono, yo os perdono».

– «Y, ¿de qué nos perdonas?», contesto uno de ellos. Acto seguido, el mismo miliciano gritó: «¡Apunten!».

– «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la religión!»

Los milicianos dispararon al religioso con cuidado de no darle en la cabeza para que durara más tiempo su agonía. Fernando no murió en el acto y, mientras la sangre salía a borbotones de su cuerpo, decía: «Madre, madre».

Era el 13 de agosto de 1936 cuando Fernando Saperas murió invocando a la Virgen. Fue enterrado en el cementerio de Tárrega.

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