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¿Por dónde se pierde la comida que desperdiciamos?

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Urgen medidas para controlar el desperdicio, de forma que al aprovechar más y mejor los alimentos logremos una asignación más eficiente y justa

Con frecuencia se pone sobre la mesa el debate de qué sucede con el desperdicio de comida y el problema de las hambrunas. Según la FAO, alrededor de 1 300 millones de toneladas de comida al año, un 32% de lo que se produce a nivel mundial, se desperdicia. Se echa a perder y por lo tanto no va a satisfacer ninguna necesidad. Esto que se asociaría a una sociedad opulenta tiene su contraste en un mundo donde 900 millones de personas en el mundo pasan hambre. Por lo tanto, algo no se está haciendo bien.

Desde el punto de vista económico, el libre mercado debería eliminar esos desperdicios de forma que la producción se ajustara a las necesidades. La teoría sería que ni existiría desperdicio (excesos de oferta) ni existiría hambre (excesos de demanda), pero la realidad mundial es chocante y nos debe hacer reflexionar si esta ineficiencia y, por otro lado, esta injusticia no pone en jaque los mecanismos de asignación que hemos ido construyendo social y globalmente.

Los números muestran que una correcta reasignación de alimentos acabaría con las hambrunas pero el sistema de mercados no está dando lugar a esa eficiente y justa provisión.

Pero el problema no queda sólo en una cuestión de reparto sino que también acarrea problemas de sostenibilidad. Este desperdicio tiene una serie de costes ambientales. Si redujéramos este desperdicio el planeta lo agradecería también. Por ejemplo, se estima que la huella de carbono asociada a la cantidad desperdiciada de alimentos alcanza la nada desdeñable cifra de 3 300 millones de toneladas de equivalente de CO2 de gases de efecto invernadero anuales.

Por otra parte, la cantidad de agua necesaria para este desperdicio asciende a unos 250km3, lo que se corresponde a más de unas 25 veces el caudal del río Ebro durante todo un año. A esto hay que añadir que este desperdicio, al no ser normalmente compostado, emite gases de efecto invernadero a la atmósfera que son claves para el cambio climático.

 

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Por lo tanto, urgen medidas que controlen el desperdicio, de forma que al aprovechar más y mejor los alimentos logremos una asignación más eficiente y justa. Si en los países desarrollados se rebaja la sobredemanda, lo normal es que, dada una oferta, los alimentos se abaraten. Esto facilitaría la no expulsión de los mercados de los países subdesarrollados.

Las estimaciones de cómo se generan los desperdicios contemplan unas fases desde origen hasta la puesta al servicio ante el consumidor. Este 32% de la producción de alimentos que se desperdicia se distribuye de la siguiente forma.

Existe un desecho en origen que ronda el 12.5%. Esta fase se corresponde con la práctica de desechar fruta y verdura que no cumplen con requisitos comerciales. También está relacionada con la estrategia de políticas de precio consistentes en eliminar la sobreproducción para mantener los precios. Otra parte está asociada en origen a problemas de almacenamiento y tratamiento inadecuado que perjudica el alimento.

Otro desperdicio se realiza en distribución. En este caso implica un 1.6% muy inferior a la fase anterior pero igualmente preocupante. Tiene que ver principalmente con problemas en el transporte, o problemas de humedad y temperatura. También la forma de presentar el producto, apilar la fruta suele perjudicar el alimento que permanece en la parte inferior. Otra controvertida práctica tiene que ver con la retirada de los productos en los supermercados cuando se caducan o su fecha está cerca de caducar.

En la fase de restauración se desperdicia un 4.5% de los alimentos producidos a nivel mundial. Generalmente se debe a la mala calidad o mala preparación en caterings o restaurantes. La incorrecta previsión de compras y menús y el cálculo erróneo en raciones suelen ser causantes de gran parte de este desperdicio.

Y finalmente en la fase de hogar la cifra se dispara hasta alcanzar el 13.5%. Es la fase en la que más se desperdicia, en Europa, aproximadamente medio kilogramo por persona a la semana. En España se tiran alrededor de 1326 millones de kilogramos de alimentos por año. Esto se relaciona con los olvidos de sobras en frigoríficos, mala conservación, confundir fecha de caducidad con fecha de consumo preferente o en hacer provisión de exceso más allá de lo que se requiere para consumir.

Sólo en España se estima el coste del alimento desechado en 250 euros por persona y año. A nivel mundial ronda los 900 000 millones de euros al año. Tal vez, si tenemos la pretensión de dejar un mundo un poco mejor a nuestros hijos deberíamos comenzar por educarnos y educarles en no alimentar el desperdicio para respetar lo que nos alimenta.

 

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