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¿Invitarías a cualquiera a tu boda? Él sí...

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Nykonchuk Oleksii - Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 18/10/17

Quiero tener un corazón en el que cualquiera pueda sentirse en casa a mi lado

Hoy Jesús me recuerda que la fiesta es para todos. Cuando algunos rechazan su invitación manda buscar a todos los que encuentran los criados por los caminos. Invita a los que nadie invita: La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda.

Me gusta que sea así. El corazón de Jesús es un corazón generoso en el que todos caben. En el mío no es así con frecuencia. No soy tan generoso como Jesús. No tengo hueco para los que no piensan como yo. No dejo que entre cualquiera que no pueda invitarme después a su fiesta.

Creo que a veces utilizo a las personas para mis intereses. Cuando no me son tan útiles las ignoro. ¿Es así? Me da miedo que me suceda. Me gustaría ser más hospitalario, más acogedor, tener un corazón sin barreras y no acoger solo a los que me quieren.

El otro día leía: Cuando nuestras almas están intranquilas, cuando somos llevados por miles de estímulos diferentes y a menudo conflictivos, y nos sentimos metidos por absoluta necesidad sicológica entre las personas, ideas y preocupaciones del mundo. ¿Cómo podemos crear un espacio donde alguien diferente a nosotros pueda entrar libremente sin sentirse un intruso? [1].

En mi corazón no caben todos porque está lleno de las cosas del mundo. Y construyo barreras y muros para que no entren todos. No tengo ganas de levantar puentes. Tal vez por eso a veces tampoco cabe Dios y lo que a Él le mueve y alegra.

Pero yo quiero tener un corazón grande. Sin puertas cerradas. Quiero invitar a muchos a caminar conmigo por el jardín de mi alma.

Leía el otro día: Se trata de la capacidad de mirar, cara a cara, las dimensiones de una fraternidad rota. Y en ella descubrir las semillas del Reino. Se trata de traer esperanza. De iluminar (a uno mismo y a otros) en los lugares de sombras. Con una luz distinta. Con ese amor infinito que nos hace tan humanos y nos acerca a Dios [2].

Esa mirada nueva sobre los demás trae luz en la oscuridad. Esa mirada cambia mi forma de acoger a los que están lejos de mí. Todos pueden participar en mi fiesta. Mi fiesta no necesita entradas exclusivas.

Pero tantas veces no es así. Me cuesta compartir mi alegría. Me la guardo. No invito a los que no se lo merecen. No invito al que no puede devolverme lo mismo que yo le entrego. Me siento tan egoísta. No salgo por los caminos a buscar a todos como hace Jesús hoy.

Él sí que sale. Su fiesta es para todos. Él no quiere estar solo en su fiesta. A mí parece importarme menos estar solo en mi fiesta. Sufro la soledad. Me duele. Pero me cuesta compartir mis alegrías y mis penas. Una alegría no compartida es menos alegría.

Quiero tener un corazón en el que cualquiera pueda sentirse en casa a mi lado. Quiero ser capaz de hablar de cualquier cosa con cualquiera, sin prejuicios. No quiero hacer acepción de personas. Ni tener temas tabú en mis conversaciones. No quiero vivir dejando a unos de lado y acogiendo a otros. No quiero poner barreras.

Muchas veces las pongo. Hago distinciones. Elijo. Este sí. Aquel no. No me dejo invitar por cualquiera. No me gusta cualquier fiesta. Y no invito a cualquiera a mi fiesta. Porque me parece que no encaja. O pienso que mi alegría no es la misma que la suya.

O tal vez no quiero compartir y abrirme y me vuelvo egoísta. Me gustaría ser más generoso con lo que a mí me hace feliz. Llenar de luz las oscuridades de los que sufren. Dar esperanza en su desánimo. Me gustaría yo mismo tener una fiesta en mi corazón en la que todos pudieran participar.

Pero a veces estoy de duelo y mi corazón de luto. Sufro y hago ver mi dolor y mi tristeza a los demás, para que sufran conmigo. Se me olvida que Cristo ya ha vencido. O me olvido. No tengo fiesta en mi alma. Y si me alegro no lo comparto. O dura poco mi alegría y se viste pronto de tristeza.

Tal vez no amplío el número de mis invitados a la boda para no sentirme incómodo. Quiero iluminar los corazones de los hombres. Temo no hacerlo. Quiero sembrar semillas del reino con mis palabras y mis gestos de apertura, de misericordia. Sé que mi amor puede cambiar el mundo.

Lo dice el P. Kentenich: El amor verdadero es como el sol, que abriga y da calor. Estimula y alienta todas las semillas que hay en el ser humano para que se desarrollen en plenitud [3].

Mi amor lo puede cambiar todo. Cambia el corazón de las personas. Las eleva hacia lo alto. Hace germinar sus semillas. Cambia también mi corazón. Porque el odio me seca y el amor me hace fecundo.

Quiero decir con voz fuerte que todos caben en mi alma, en el reino que Jesús ha sembrado dentro de mí. El invita a todos a compartir su vida. A compartir mi vida. Jesús lo hace y yo también quiero ser así. Me cuesta a veces. Quiero que todos quepan en mi alma. En el espacio sagrado de mi fiesta. En el amor de Dios en mí.

[1] Nouwen, El Sanador herido

[2] José María Rodríguez Olaizola, Ignacio de Loyola, nunca solo

[3] Rafael Fernández. Un paso audaz: El tercer hito de la familia de Schoenstatt

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