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La verdadera marca de una gran mamá

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Algo de ánimo para todas las madres que creen que decepcionan constantemente a sus hijos

Cuando Liam, mi tercer hijo, tenía una semana de vida, lo dejé durmiendo en medio del sofá y fui a la cocina a preparar el almuerzo para mis otros dos hijos, que pintaban tranquilamente en su dormitorio. A los pocos segundos de empezar a untar mantequilla de cacahuete en una rebanada de pan, escuché un golpe sordo contra el suelo seguido de un agonizante momento de silencio.

Ya había empezado a esprintar hacia el sofá durante ese terrible silencio, tras dejar caer el pan y el cuchillo sobre la encimera. Apenas tenía un pie fuera de la cocina cuando escuché el llanto de bebé más dulce y terrible que jamás escuchara, y ya lo acunaba entre mis brazos antes de que parara por primera vez para tomar aire.

No me sorprendió ver mientras me acercaba a mi hija de 18 meses de pie ante su hermano, con su regordete pulgar en la boca y los ojos abiertos como platos por el susto. Tuve que alejarme de ella para evitar que mi furia de mamá osa cayera sobre ella porque, por supuesto, no había tirado al bebé del sofá para hacerle daño. Simplemente quería verle y no era capaz de levantarlo del sofá, así que hizo lo más lógico: lo bajó del sofá. No tenía culpa de nada.

La culpa era mía. Dudé por un instante, temerosa de que si llamaba al médico pudiera informar a los servicios sociales; cuando se me pasó esa fugaz duda, me reprendí con aún más intensidad por dejar que mi miedo fuera más importante que la vida de mi hijo. En ese momento, supe sin lugar a dudas que yo era la peor madre que existiera en el pasado o en el futuro. Supe que mis hijos tendrían suerte de sobrevivir a mi incompetencia y que el daño que soportarían sería inexcusable.

El recuerdo volvió como una inundación cuando leí el artículo de Elizabeth Mannegren en Scary Mommy sobre cómo se le cayó su bebé en el suelo de baldosas de su baño.

Nos sobrecargamos de culpa. Entre heridas y accidentes, abunda la culpa materna. ¿Por qué no lo vimos venir? ¿Por qué no supimos prevenirlo? Pero, por horribles que nos sintamos, los accidentes aislados no nos convierten inmediatamente en “malos” padres. De ser así, no quedarían padres “buenos”.

Durante nuestra breve estancia en el hospital, el personal sanitario intentó tranquilizarnos diciéndonos que “ven este tipo de cosas muy a menudo”. Yo esperaba que las enfermeras me juzgaran, que me dieran lecciones sobre cómo debí haber agarrado mejor al bebé, sobre cómo ser mejor madre… todas las cosas por las que yo ya me estaba castigando mentalmente. Pero en cuanto me derrumbé de inmediato delante de la primera enfermera que vi, ella se limitó a sonreír y asentir con compasión: “Son cosas que pasan. A mí se me cayó mi hija cuando tenía un par de meses… en un aparcamiento con suelo de cemento”.

Resultó que nuestra pediatra había pasado exactamente por mi misma experiencia con su segundo bebé, incluso con lo del sándwich de mantequilla de cacahuete. Fue comprensiva y tranquilizadora y me recordó que, en adelante, dejara al bebé fuera del alcance de su hermana. Incluso me elogió por no haberle gritado a la pequeña. Y por fortuna, mi hijo estaba bien.

Quizás este recuerdo sea el más fuerte, pero mis años de maternidad están repletos de otros similares. Mis conversaciones con otras madres a menudo giran en torno a nuestros propios sentimientos de culpa e incompetencia, y el miedo a estar defraudando a nuestros hijos.

Sin embargo, como mis amigas y yo nos recordamos mutuamente, el mismo hecho de que nos preocupemos tanto por nuestros hijos prueba que no somos las peores madres del mundo. Por supuesto, cometemos errores, somos humanas. Lo que nos hace buenas madres es que reconocemos nuestros errores y aprendemos de ellos para seguir amando a nuestros hijos y aprendiendo de ellos. De hecho, esta es la característica de una madre fantástica.

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