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¿Cómo es posible superar el egoísmo?

Comaniciu Dan - Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 16/10/17

La abnegación es enterrar una semilla para que florezca en el momento menos pensado

Mirar con amor a los demás sólo es posible cuando logro que mi ego se reduzca. Sólo cuando mi orgullo insano deja paso a la humildad. Mi búsqueda enfermiza de mi comodidad y felicidad, cede ante el deseo de hacer felices a los otros. Es un camino largo. Lo quiero recorrer.

Leía el otro día: De ahí la necesidad de abnegación. Que no es negarse a sí mismo, sino sobre todo afirmar al Otro. Abnegación es otra palabra que nos asusta. Y nos debe asustar si la entendemos como una anulación de la propia identidad, como una forma de perfeccionismo moralizante o como un puro voluntarismo.

¿De qué se trata entonces? En un mundo a veces excesivamente ego-centrado, se trata de recordar que la única afirmación válida no es la de uno mismo. Abnegarse es la cruz de la moneda. Afirmar algo –Dios y el prójimo– es la cara. Abnegarse es dejar que disminuya un yo que, si se infla demasiado, me cierra a Dios y a los otros. Todos conocemos gente tan llena de sí que nada más cabe. Abnegarse es, en realidad, afirmar a los demás y al Dios que nos vincula a los otros tanto como a uno mismo [1].

Necesito ser más abnegado para abrirme a la belleza de Dios y de los hombres. Más abnegado para mirar con amor y bondad también al que me rechaza, al que no me quiere, al que habla mal de mí, incluso al que me odia. Quiero un corazón más grande y lleno de bondad en el que la abnegación sea una forma de ser, una forma de vida.

El otro día una persona me dijo que quería renunciar a algo que le correspondía en justicia. Yo no estaba de acuerdo y trataba de convencerla de lo contrario. Pero me dijo algo que me enseñó mucho, me dejó pensando: Quiero hacerlo porque estoy convencida de que vivir así es lo que de verdad cambia el mundo.

Yo le dije que no lo entendía: Pero si no lo va a ver. No va a ver tu renuncia. Y no va a cambiar su forma de mirar. Pero añadió: No importa que lo vea. Basta con que Dios sí lo vea. El mundo cambia por dentro. Como la semilla enterrada.

Le di la razón. Mi abnegación silenciosa y no valorada cambia el mundo por dentro aunque aparentemente el mundo siga siendo igual de injusto. Parece una renuncia inútil, un gesto de abnegación perdido que no sirve para nada, un acto de amor estéril. Pero no es así.

Pienso en la vida de los santos anónimos. ¡Cuántas semillas caídas en tierra que han muerto para dar vida! Nadie sabrá tal vez de mis renuncias, de mi abnegación. No verán mi amor generoso. No sabrán de mi amor oculto. Pero no creo que importe. Mi gesto mudo de abnegación tiene tanto sentido porque acaba cambiando mi propio corazón.

Tal vez no lo vean. Incluso puede que algunos lo malinterpreten e imaginen intenciones ocultas en mí que yo no tengo. Pero estoy seguro, es mi fe, es mi certeza, que al cambiar mi vida por dentro cambia también el mundo que yo toco.

Venzo mi ego en el silencio de mi entrega. Y el tú se llena de una vida que viene de Dios como una cascada. Mi semilla enterrada da un fruto que yo no veo. Lo tengo claro, esa forma de vivir es la que cambia todo.

Mi renuncia hace brillar el cielo lleno de estrellas. Tal vez vivir así es lo que merece la pena. Aunque duela. Porque el sacrificio siempre duele. Pero yo renuncio a mi ego para que crezca el amor verdadero y disminuya ese odio y ese rencor que tanto mal me hacen.

Quiero aprender a vivir así. Enterrando mi ego. Seguro que así mi vida será distinta, más fecunda, eso seguro. Por eso decido vivir sin derechos. No quiero sentirme con derecho a nada. Seré más feliz porque no esperaré nada de la vida.

No pensaré que es injusto cuando no alcance lo que deseo. Nadie me ofenderá nunca. No tendrán poder sobre mí. Sé que viviré más libre cuando no espere ningún reconocimiento, cuando no espere alabanzas por mi entrega, cuando no busque privilegios en la vida.

Creo que aún me queda mucho por aprender. Renuncio a mis derechos, a mis privilegios, también a aquello que me corresponde en justicia. Me pongo manos a la obra. Desde dentro cambio el mundo. Poco a poco. La semilla de paz enterrada en la tierra dará fruto.

Quiero cambiar este mundo tan lleno de odio. Con gestos que lo cambien todo. Esos gestos que no sé hacer, pero que Dios me enseña. Esos gestos sencillos y silenciosos que el mundo no valora. Esa abnegación por la que me niego a mí mismo. Dejo de lado mi ego. Y me dejo hacer por Dios.

[1] José María Rodríguez Olaizola, Ignacio de Loyola, nunca solo

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