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Mis celebraciones de Colón, Oktoberfest y Día de la Raza

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Algunos se preocupan por los inmigrantes que vienen a Estados Unidos y no logran integrarse. Pero después de presenciar tantísimas fiestas étnicas, yo no me preocupo

El haber vivido en varios lugares de todo el país me ha dado la feliz oportunidad de ver de cerca diferentes celebraciones étnicas.

Durante muchos años, Connecticut fue el lugar donde mi esposa y yo vivimos y tuvimos a nuestros bebés. Allí en New Haven, donde es famosa la sensibilidad de sus gentes en relación a la corrección política, todos los años el Día de Colón era un gran acontecimiento.

En New Haven las fiestas por Colón son vibrantes, con banderas italianas ondeando y tributos a los pies de la estatua del explorador. El desfile de New Haven de este año será el mayor de su clase en el Estado de Nueva Inglaterra.

Ahora vivimos en Kansas que, en palabras de Superman en la película El hombre de acero, “no puede ser más americana”. Y aquí, en el Benedictine College, la polca resonaba hasta entrada la noche la semana pasada y luego, volviendo en coche a casa después de la misa de domingo, vimos interrumpido nuestro camino por una alegre multitud congregada en un recinto al calor de la bandera alemana ondeando junto a una pancarta que leía ‘Oktoberfest’. Parece que todos los fines de semana puedes encontrar Lederhosen y meseras cargadas de cerveza en algún sitio aleatorio.

Pasé mi infancia en Tucson, Arizona, con una madre de México, así que pude presenciar las fiestas mexicanas. Nunca eran el Cinco de Mayo, que no era un día que mi madre o su familia reconocieran. Tampoco vi nunca un Día de la Raza (el Día de Colón al sur de la frontera) en Estados Unidos, aunque, según escribía Jennifer Braceras en The Wall Street Journal, “sin Colón, no habría latinos”.

El mayor festival mexicano al que asistimos fue, precisamente, un 4 de julio. Bisbee, Arizona, se convierte en una ciudad de fiesta con competiciones mineras, carreras de coches artesanales, música mexicana y/o country (os sorprenderían las mezclas de estilos) y banderas no mexicanas, alemanas o italianas, sino banderas estadounidenses.

Todo el mundo se preocupa por los inmigrantes que vienen a Estados Unidos y no logran integrarse. Pero después de presenciar tantísimas fiestas étnicas, yo no me preocupo.

Doy fe, por mi experiencia directa, de que no hay mejores “blancos, anglosajones y protestantes” que los italianos de Connecticut, mejores americanos “auténticos apasionados del rojo, blanco y azul” que los alemanes de Kansas y que nadie se emociona más con la bandera estadounidense que un ciudadano de México.

Libros como American Nations muestran que la asimilación no es solo posible, es inevitable. Los inmigrantes no solo se integran, sino que tienden a asumir las características políticas de los primeros ciudadanos de cualquier región en la que se instalan.

Celebrar nuestros países de origen no es una expresión de lamento del pasado. Es nuestra manera de alegrarnos por esos sabios italianos, alemanes, españoles o latinos que tuvieron el buen tino de abandonar sus países de origen para venir aquí. Estos recuerdos culturales no les desvían de su compromiso con Estados Unidos, más bien lo refuerzan.

Y Colón, con todos sus fallos, es el arquetipo de primer padre de todos ellos.

Hablando a los católicos en la Génova nativa de Colón, el papa Francisco comparó todas nuestras vocaciones con la de Colón: “Para ser discípulo es necesario el mismo corazón de un navegante; horizonte y valor”, declaró. “Es la virtud de los navegantes: saben leer el horizonte, ir y tienen el valor para ir”.

Esa es la mejor manera de celebrar el Día de Colón el 9 de octubre, el Día de la Raza el 12 de octubre o el Oktoberfest toda la semana si lo prefieres.

Honra la tierra de la que partió tu familia, da gracias por el puerto que recibió tu atraque y prepárate para la próxima distante orilla que te llama: el paraíso.

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